Zaragoza: Gesto diocesano contra los deshaucios

Gesto diocesano

El Gesto Diocesano de Zaragoza ha centrado sus esfuerzos este curso en la lucha contra los desahucios, la pobreza energética y la exclusión residencial. Después de seis años de camino en apoyo a las víctimas de la crisis, se planteó un gesto concreto para mostrar la solidaridad con las familias desahuciadas o en riesgo de serlo, desde la profunda convicción de que es una injusticia que no puede continuar, pues es contraria a los derechos humanos.

Este compromiso se concreta en la cesión de viviendas para un alquiler social; dinero destinado a prevención de desahucios y de la pobreza energética; tiempo para formar un equipo de voluntarios que pueda acompañar a personas y familias acogidas a alguna de estas iniciativas.

Ofrecemos a continuación algunas reflexiones que iluminan el trasfondo de este compromiso cristiano en defensa del derecho a la vivienda. Nos hacemos eco de las palabras del papa Francisco a los asistentes al encuentro de movimientos sociales en el Vaticano, en el mes de octubre pasado: “Hay tantas familias sin vivienda… porque nunca la han tenido o porque la han perdido…  Familia y vivienda van de la mano… un techo, para que sea hogar, tiene una dimensión comunitaria: y es el barrio… donde se empieza a construir esa gran familia de la humanidad… Hoy vivimos en ciudades modernas, orgullosas y hasta vanidosas… que ofrecen innumerables placeres y bienestar para una minoría feliz… pero se le niega el techo a miles de vecinos y hermanos nuestros, incluso niños, ciudades que construyen torres, centros comerciales, hacen negocios inmobiliarios… pero abandonan a una parte de sí en los márgenes, las periferias”.

Y no podía ser menos que la Iglesia se preocupara de éste, y del conjunto de sufrimientos que afectan al ser humano. La Doctrina Social de la Iglesia, que podemos definir como encuentro del Evangelio con la vida de los pobres, así lo requiere, ya que su fundamento básico es la prioridad y la dignidad de la persona; una dignidad negada y pisoteada de tantas formas.

Y esto plantea un reto de enormes dimensiones, pues la crudeza de la realidad social lleva a muchas personas a realizarse la pregunta sobre Dios y su existencia: ¿Dónde está Dios mientras todo esto ocurre? (desahucios, suicidios…). ¿Por qué lo permite, por qué no interviene? ¿Es posible seguir hablando de un Dios omnipotente, justo y misericordioso?…

La dureza de lo real y el sufrimiento del inocente se pueden estar convirtiendo en roca del ateísmo. Y el problema no sería el laicismo, sino como la propia Evangelii gaudium señala, la idolatría, ya sea del dinero, de la técnica, del poder… En ese contexto, a la vista del inmenso mal y del injusto sufrimiento, también nos resulta difícil a los cristianos hablar de Dios.

Cuando nos acercamos a las personas afectadas por los desahucios, descubrimos cómo se materializa en ellas  la violencia ejercida sobre las víctimas: pierden sus empleos, pierden sus casas y se encuentran con sus vidas hipotecadas por la codicia de otros. En esas personas descubrimos una versión contemporánea de la esclavitud: los que en una ocasión cometieron el error de firmar una hipoteca, quedarán condenados de por vida. El desahuciado, se convierte en una especie de apestado, y se ve sometido a una condena financiera que ahonda aún más su camino a la exclusión social: va a permanecer como moroso en ficheros de acceso público, podrá ser embargado de por vida (nóminas, cuentas bancarias, herencias…) encontrando, además, grandes impedimentos para encontrar trabajo, alquilar vivienda, contratar línea telefónica o percibir ayudas públicas.

Un problema que “rompe” totalmente a las personas. En primer lugar, son empujadas a vivir estas pérdidas, (trabajo, vivienda…) como un fracaso personal, y ello en un contexto social que rinde culto al éxito (deportistas, actores, ejecutivos…). Ese sentimiento de fracaso lleva a que el problema se viva de forma personal, o se reduzca al ámbito más íntimo, y hace que se enmascare lo que es un verdadero drama social. Además, cuando los medios de comunicación se hacen eco, es para reducirlo a lo que llaman “historias humanas”, que contribuyen a enmascarar el problema y seguir responsabilizando a las víctimas, pues se suelen eludir dimensiones estructurales y luchas colectivas.

Se trata de un problema cuya complejidad hace que perdamos de vista las verdaderas dimensiones éticas de las decisiones de los agentes que intervienen: la especulación de las entidades financieras, con la complicidad de las administraciones públicas, especialmente a través de los políticos; las leyes injustas que dificultan el ejercicio del derecho a la vivienda consagrado por la constitución… todo parece enmarañarse y ocultar que, a la vista de los resultados, son comportamientos criminales. La negación del derecho a la vivienda mata; y hay responsables que toman decisiones que llevan a ese resultado.

Acabamos citando de nuevo al papa Francisco: “Digamos juntos desde el corazón ¡Ninguna familia sin vivienda!”

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here