Zapping religioso en la era digital

Uno de los datos más sorprendentes de la religiosidad popular española es el incremento progresivo de cofradías, hermandades y pasos de Semana Santa. La hermandad de la Macarena de Sevilla cerró el año 2017 con 13.841 socios y en lo que va de 2018 ya superan los 14.274. Si en 1989 cuando todos los investigadores de la religiosidad proclamaban la secularización a los cuatro vientos España contaba con 100.000 cofrades; ahora que los sociólogos presumen de asistir a un tiempo post-cristiano y los pastoralistas se quejan de la falta de vigor en la práctica religiosa resulta que ya superamos los 215.000 cofrades en toda España.

En una ciudad como Córdoba con un censo aproximado de 800.000 habitantes, más de 300.000 son cofrades de cuota, es decir, casi todas las familias están social y económicamente comprometidas con la religiosidad popular. Los concejales de Podemos y el PSOE que gobiernan la ciudad llenan el palco de autoridades porque saben que cualquier cofradía o hermandad de la ciudad o provincia tiene más afiliados que todas sus agrupaciones políticas juntas. Aunque muchos piensan que se trata de un ejercicio modélico de hipocresía moral, otros lo interpretan como una lección de pragmatismo político.

Aunque no es fácil explicar este crecimiento espectacular y desproporcionado de la religiosidad popular que se está produciendo en nuestro país, puede enmarcarse en la metamorfosis de la conciencia religiosa que se está produciendo a nivel global. Aunque es cierto que esta religiosidad popular española merece un capítulo aparte como ya indicó Charles Taylor cuando describió nuestro tiempo como una “Edad secular”, el cofrade español se siente tan ciudadano del mundo como el que más y está tan afectado por la globalización como cualquier otro ciudadano europeo. En este sentido, aunque en España las nuevas formas de la experiencia religiosa desemboquen en una cofradía o hermandad, el hecho relevante es la pervivencia de la religiosidad tradicional en el ciudadano global.

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Esta pervivencia puede interpretarse en términos de zapping o zapeo del sujeto ante la religiosidad, como si el sujeto pudiera elegir cómodamente el canal de religiosidad con el que desea sintonizar. Se trata de una religiosidad a la carta donde el ciudadano se relaciona con la religión de una forma nueva, más calculada, emocional y selectiva, como si la conexión con la trascendencia estuviera a su disposición y fuera algo disponible. Es una religiosidad calculada porque es la persona misma quien elige los días del año, el tipo de dedicación y el tipo de compromiso que quiere asumir. Como devoción calculada tiene sus momentos y forma parte de una identidad elegida. En tiempos de modernidad líquida las identidades son calculadas, elegidas y fruto del zapeo motivacional.

También es una religiosidad emocional donde la imaginería, el simbolismo y la sensibilidad tienen un protagonismo desbordante y desmesurado. Con independencia de la vida profesional que se desempeñe, el cofrade recupera las emociones, los sentimientos, las pasiones y toda una dimensión epidérmica de la vida que hasta entonces estaba oculta y escondida. La metamorfosis emocional del costalero, el cofrade o el hermano es total. Toda la vida se presenta a flor de piel. En una apelación a la circularidad de las estaciones, las edades y los tiempos, se retorna a la circularidad significativa de la vida emocional.

También se trata de una religiosidad selectiva, como si el creyente moderno pudiera presumir de sus dioses y devociones. Atrás quedaron los tiempos en los que los dioses hablaron primero y se manifestaron a nuestros antepasados. Los criterios para entrar en una hermandad o cofradía son convencionales y construidos, es decir, podemos elegir la tradición, los rituales y los significados con los que deseamos visibilizarnos ante los demás. En la era digital donde los vínculos son líquidos y vulnerables, las tradiciones son fruto de la selección, del capricho y de la soberana libertad.

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Son tiempos desconcertantes para una fenomenología de la religión nueva, apasionante, llena de paradojas y contradicciones. Una fenomenología para la que no valen los antiguos modelos de racionalidad porque estamos en los albores de un tiempo nuevo. La secularización no ha comportado una desnarrativización, una de-simbologización o una desmitologización de la experiencia religiosa. Con el nuevo zapping religioso mostramos que seguimos buscando, que buscamos ciertos centros de gravitación con los que traer equilibrios a nuestras vidas.

Un zapping religioso que no puede leerse en términos de arbitrariedad o capricho sino en términos de búsqueda apasionada e inquietante. Buscamos espacios y expresiones significativas que nos ayuden a demorarnos, a descubrir y degustar el arte de la demora. Como si cada primavera estuviéramos a tiempo para elegir entre la figura del turista que vagabundea aceleradamente los significados del mundo y la figura del peregrino que descubre serenamente lo que Byung-Chul Han ha llamado “el aroma del tiempo”.

 

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