La última película de Ken Loach: “Yo, Daniel Blake”

Fotograma de la película "Yo, Daniel Blake"

La última película de Ken Loach [“Yo, Daniel Blake”] vuelve a sus temas clásicos: la pobreza en la Inglaterra urbana. La película se estrena en España hoy viernes 28 de octubre. Aquí está la reseña de Farnces Murphy, aparecida en “Thinking Faith”, revista online de los jesuitas británicos.

A pesar de todos los titulares sobre los contratos laborales de cero horas, los bancos de alimentos y el sistema asistencial, muchos británicos se mantienen confortablemente al margen de la esfera de influencia directa de las políticas y prácticas en cualquiera de esas áreas. Algunos pueden sentirse llevados a la indignación o incluso a la acción por lo que perciben que son los fallos del sistema pero, para muchos, la ignorancia es una bendición.

Pero no para Ken Loach, que de nuevo ha elegido expresar en la pantalla su escándalo ante la propensión de la sociedad a estampar la puerta en la cara de quienes están en necesidad, honesta y sincera, de alguien que les eche una mano. Su último comentario sobre la moderna Gran Bretaña es la historia ficcional-pero-totalmente-real de Daniel Blake, un carpintero a quien los médicos no le dejan volver a trabajar tras un ataque al corazón, pero a quien le han denegado la solicitud de ayuda por enfermedad.

Loach sigue a Daniel mientras salta, con buen pero desvaneciente humor, por los aros que se colocan entre él y una resolución de su situación. Entre tanto, Daniel firma una improbable pero auténtica amistad con Katie, una madre soltera con dos hijos, que también se siente desconcertada por el sistema.

No hay modo de evitar la politización de esta película (especialmente desde que Jeremy Corbyn prestó su voz al mensaje, acudiendo a la premiere del film) y Loach tampoco lo querría. Tampoco hay mucho espacio para las sutilezas, aunque su factor de shock no está tan guiado por el entretenimiento como lo estaba en Benefits Street y otros programas similares.

La demanda de un sistema de bienestar que realmente sirva a aquellos para quienes existe es tan cruda y sin filtros como el rodaje que, de un modo en parte incongruente, le valió a Yo, Daniel Blake la Palma de Oro de este año. Y es que el glamour de Cannes es totalmente opuesto a la presentación, totalmente visceral, que la película hace de la pobreza en la Gran Bretaña moderna.

Hay una escena concreta que se grabará en tu memoria a largo plazo (y debería hacerlo): es cuando Katie visita el banco de alimentos. Lo mismo podría decirse de la disonante petición que le hace a Daniel: “No me des más amor”. Cuando San Ignacio nos anima en los Ejercicios Espirituales a imaginar lo que sería conocer pero aún así rechazar el amor de Dios, si eso fuera posible, nos conduce a contemplar cómo es el Infierno. Teniendo eso en cuenta cuando escuchamos a Katie, es fácil ver la profundidad de la desesperación en que se ve envuelta como su propio infierno en la tierra.

Incluso dentro de los estrechos parámetros dramáticos que permite la burocracia, todavía hay una batalla, potente y emotiva, que se libra a lo largo de toda la película. No es el héroe contra el villano, sino ‘cualquier persona’ contra el sistema. Como Daniel descubre, es casi imposible derrotar la propia némesis cuando la única arma disponible es una serie interminable de formularios y citas. De modo que, ante un enemigo anónimo y sin técnicas de combate efectivas, ¿qué se puede hacer? Restablecer las reglas del juego. Definirte a ti mismo de modo que tu oponente no pueda entenderte. No soy un cliente  ni un usuario, dice Daniel. Soy un ciudadano. Soy un buen vecino.

“¿Y quién es mi vecino, mi prójimo?” Jesús respondió a esta pregunta con la Parábola del Buen Samaritano. Solemos quitar de la parábola algo que esta película celebra con su reparto de samaritanos, encabezados por Daniel Blake: el valor de la amabilidad y la generosidad, de la misericordia. Pero hay otra cara de la moneda, tanto en la parábola como en la película: una crítica mordaz de las instituciones que intentar calcular el valor monetario de la dignidad humana y que ven la auténtica necesidad como una molestia. Y esto es lo que se llevarán los espectadores de esta película, desgarradora y magnífica.

1 Comentario

  1. No hay que ir muy lejos para ver los despropósitos de los gobiernos.
    En España, cuando una persona sufre una baja de 18 meses queda al albur de que el tribunal médico le “estime” una invalidez que no en todos casos se consigue, con lo que la persona y su familia queda en manos de un destino incierto y que gracias a los familiares y amigos supera con justeza (solidaridad), que no gracias a los gobiernos.
    En España, las personas que sufren drogodependencias, son ninguneados citándoles en múltiples sitios para tramitar algo de lo que no son conscientes, sin facilitarles un medio de transporte, bono, billete o algo “personal” que les facilite el transporte para atender las citas (que en numerosas ocasiones no se celebran por la imposibilidad de llegar, bien por su estado físico o bien, por necesidades económicas … ¿increíble, verdad, pero cierto?), y así podríamos destacar múltiples situaciones impropias de un país avanzado, pero es lo que hay.

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