El yihadismo debía confiar en Dios

Los yihadistas debían confiar (creer) en Dios y los que no lo somos también. Cada vez que hacemos de Dios una idea, un conjunto de principios filosóficos y normas morales, en vez de una persona que nos acompaña e interpela desde los hechos y circunstancias concretas que nos toca vivir, tomamos el nombre de Dios en vano. Hay que admitir que a partir de nuestra experiencia, siempre limitada,  es necesario discernir, contemplar, tratar de ver qué se nos pide en cada encrucijada de nuestra vida. Si los yihadistas creen en Dios lo lógico es que confíen en El, que admitan que acabar con la injusticia del mundo no es algo que ellos pueden conseguir por sí solos ni mediante la imposición, menos aún si ésta se basa en la violencia física.

Yihadismo
Fanatismo

Esta postura no es, sin embargo, privativa, ni mucho menos de los yihadistas. Entre los creyentes cristianos, y católicos en particular, se aprecian actitudes igualmente intolerantes que identifican a Dios con una idea en vez de con un ser vivo. Uno duda de si en determinadas circunstancias muchos no reaccionarían de forma igualmente violenta. Más aún existen hechos cercanos, sin necesidad de remontarnos a las Cruzadas, que muestran cómo la religión ha sido la principal motivación que ha impelido a matar.

Y esto ni siquiera es exclusivo de los que nos denominamos creyentes en Dios. Tampoco el ateísmo o el agnosticismo es una garantía de tolerancia. Existen otras muchas adhesiones que buscan imponer las ideas propias amparándose teóricamente en la ciencia, la patria, o en un principio cualquiera de liberación de toda la humanidad. Como Raúl González señala en un reciente artículo, “en vez de infundir la lógica contemplativa de lo divino en el manejo del poder, han llevado la lógica eventualmente violenta del poder a la imposición de creencias y estructuras religiosas”. Si excluimos la referencia a lo divino y religioso la afirmación es igualmente válida. Vivimos en un mundo prometeico, que pone las ideas por delante de la vida, que confía en la propia iniciativa y esfuerzo antes de considerar las circunstancias y consecuencias de su acción.

Pometeico procede del griego prometheos, que significa el primero que pensó (diccionario de María Moliner). Al mismo tiempo se le define como el “acto que aporta a la sociedad beneficios eminentes que propician su prosperidad”.  Pensar libremente y  actuar con la intención de beneficiar a  todos y especialmente a los que más lo necesitan  parece   un ideal inmejorable. Sin embargo, cuando se es incapaz de acallar nuestros propios pensamientos y renunciar al yo para poder captar realidades que se nos escapan y tener una actitud de disponibilidad, es fácil caer en la autosuficiencia. Incluso la ciencia y los adelantos tecnológicos acaban por desvirtuarse (me referiré a ello en un próximo artículo). Ivan Ilich contrapone lo que denomina epimeteico, reconocimiento de la propia vulnerabilidad y  una manera de hacer que pasa antes por la entrega que por el dominio, a lo prometeico.

La actitud prometeica conduce a lo que los griegos denominaban la hybris, la desmesura que nace de la soberbia y el engreimiento.  Aun cuando tengamos razones bien fundadas es posible que nos equivoquemos. En el plano lógico jamás existe la última palabra. La obstinación en pensar que se es el único que tiene razón (“mónos phoreín”) implica sobrepasar los límites del que piensa correctamente porque está abierto a la realidad (“phoreín”). Supone, no poder ni querer entender el discurso y  las razones del otro, de los otros. En vez de entretejer las creencias (juicio/justicia de los dioses) con las normas de convivencia (la comunidad política), a causa de su insolencia, de su arrogancia (la “hybris”), pasa de constructor de lo bello/bueno (hypsípolis) a lo contrario (“ápolis”). Al creerse el único que puede juzgar, tener un espíritu o razones que nadie tiene, sobrepasa los límites, no logra entretejer, no respeta las normas elementales de educación y convivencia (Este párrafo está inspirado en la obra de Cornelius Castoriadis, Figuras de lo pensable, Frónesis, Cátedra, Universidad de Valencia, 1999).

La mayor parte de los terroristas yihadistas son jóvenes que, incluso cuando hay una aparente integración (“Nunca hubo problema. Los chicos se interrelacionaban con el pueblo”, Maria Dolors Vilalta, concejala de Ripoll) son captados por quienes desde su ceguera les ofrecen un sentido a su vida que no encuentran en otra parte. En unas sociedades que nos decimos herederas del cristianismo y donde hay una presencia importante de creyentes cristianos, nos deberíamos preguntar si no hemos hecho de Jesucristo un superhombre, un héroe, un dios todopoderoso que manipula al hombre a su antojo, que en vez de dar sentido a nuestra vida juega con ella. A Jesús de Nazaret se le reconoce como el hijo predilecto de Dios, el enviado de Dios que tenía que venir (Mesías), no porque sea un hombre con superpoderes mágicos, sino precisamente porque se abrió completamente a la voluntad de Dios como ningún otro hemos hecho. Todos somos hijos de Dios y el mismo Jesús afirmó: “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mí mismo, sino que el Padre que mora en mi, él hace las obras. Creedme que yo soy en el Padre, y el Padre en mí; de otra manera, creedme por las mismas obras. De cierto, de cierto os digo: El que en mi cree, las obras que yo hago el también las hará; y aun mayores que estas hará” (Juan 14, 10-12).

Sin duda es necesario mantener y mejorar en lo posible las medidas de seguridad, que las familias asuman su responsabilidad y las comunidades musulmanas expresen su repulsa por los atentados. Igualmente es fundamental que el sistema educativo y el entorno social propicien la integración de emigrantes y refugiados. Nada de esto bastará, sin embargo, si no somos capaces de mostrar con nuestras obras, especialmente a los más jóvenes, que la vida tiene sentido y que entregar la propia vida nunca puede hacerse a costa de la vida de los demás.   

Imagen principal: viñeta de El Perich. La otra imagen es de El Roto, diario El País

1 Comentario

  1. Una pequeña matización, para un acuerdo de fondo, Dices: “Cada vez que hacemos de Dios una idea, un conjunto de principios filosóficos y normas morales…”, pero yo creo lo que mueve las conductas religiosas/espirituales es la fuerza de los símbolos, mucho más cercanos al mundo de los afectos y cargados de contenido emocional que pueda ser cualquier idea o sistema, y mucho más fácilmente inculcable que un elaborado sistema de ideas; otra cosa es el uso y la interpretación (la exégesis, en último término) que se haga de ese símbolo. Como bien señalas, hasta de un crucificado (=un ajusticiado con cargos políticos por los medios más denigrantes posibles en su época) es posible hacer un emperador de poderes semejantes al de aquel que posibilitó su ejecución; seguramente porque la fuerza de ese tipo de poder, su capacidad de victoria, es más intuitiva que la paradójica de la debilidad aparente de quien entrega la vida. Para llegar a conocer esta última fuerza es precisa una experiencia de renuncia, y creo que ni natural ni culturalmente somos muy procilves a ella.

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