Os propongo, sencillamente, apagar por un momento vuestras redes y enfrentarnos juntos a esta pregunta: ¿para qué estás en las redes sociales? Creo que conviene preguntarse de vez en cuando qué hacemos metidos en todo esto de internet, Twitter, Facebook, Instagram, blogs, webs, aplicaciones… Conviene preguntarse porque nos ayuda a resituarnos, rompe rutinas y da la oportunidad de buscar sentido y orientación. Conviene preguntarse porque el ritmo imparable de los últimos años ha incrustado en nuestra vida una realidad hasta entonces desconocida y nos ha abierto nuevos espacios, que sin duda nos ha cambiado y nos hace vivir y convivir de un modo concreto. Conviene preguntarse, en definitiva, para saber dónde estamos y a dónde queremos ir. O, como poco, plantearnos si queremos llegar a algún lado.

Las respuestas que se me ocurren son muchas y muy diversas, abarcando un abanico enorme de fines. Bien pudiera ser que “estemos” por inercia pura y dura, por ser lo que toca en una ley no escrita, porque son los signos de los tiempos y queremos aprovecharlos, porque se ha hecho imprescindible y no tiene pinta de venir a menos, porque nos aburrimos y sirve de diversión fácil y entretenida, por motivos más profesionales y por curriculum, para construir un mundo mejor a través de iniciativas y participar activamente a través de nuestra opinión, por las oportunidades que da en infinitos campos, por debatir y discutir, por conocer lo diferente y distante, por llenar huecos y vacíos personales, por sorpresa, por determinación de “jefes”, porque me dejé seducir por la novedad, porque no puedo parar, porque está casi todo el mundo, por compartir, por descubrir, por estar al día de lo que sucede en el mundo, por una pseudo-obligación de masas que nos ha empujado a vaciar nuestro tiempo de otras cosas a cambio de respuestas inmediatas y mensajes muy efímeros, porque somos frikis en algo y aquí hay espacio para todo, porque queremos convencer a otros con nuestras ideas, porque hemos sido convencidos por el empuje del “es lo que hay”. En definitiva, que “estamos” es un hecho y ahora lo que se ha vuelto un misterio es por qué y para qué. ¿Qué nos trajo a las redes, qué nos prometió este nuevo mundo, qué hemos encontrado y hacia dónde seguimos navegando? ¿Tiene todo esto algún sentido? ¿Es mera dormición de sueños o despierta por el contrario esperanzas posibles? ¿Aporta algo verdaderamente nuevo, o viene a tachar de nuestro futuro lo nuevo que estaba por venir? ¿Por qué no sentarse a dialogar con sinceridad qué es lo que supone actualmente que seamos personas-en-red?

Todas las cuestiones anteriores me parecen de una importancia radical en cualquier caso. Se las plantean muy seriamente las grandes compañías, las empresas, las instituciones más poderosas. Todos esos grandes imperios de la comunicación lo tienen claro. Pero, ¿qué pasa con las personas, en qué momento yo, que vivo en tantos frentes ya de por sí decidí y me lancé al abrigo de esta nueva experiencia? ¡Qué importante es encontrar respuestas, sinceras y sólidas, sobre lo que está ocurriendo en mi vida! Es cierto que las redes sociales forman parte indiscutible del entorno actual de cada persona, pero “si ellas no se salvan”, es decir, si no adquieren profundidad y sentido, relación con el conjunto y me integran, “yo no me salvo”.

Pero vamos a dar una vuelta más a la pregunta, porque internet se ha convertido en un espacio de convivencia, en un hábitat, en un continente creado y en creación. En lugar de para qué, siendo importante, la vivencia en la red obliga a una pregunta de mayor calado aún: para quién estoy en las redes. Y, nuevamente, el elenco de posibilidades se abre ante mis ojos. Unas, eso sí, más restrictivas, más cerradas, más controladoras. En la red parece que puedo seleccionar mejor las personas que tengo cerca y dominar un poco más mi entorno. Estas respuestas cerradas me llevan a mis grupos, amigos, conocidos, simpatizantes… Otras personas, sin embargo, han descubierto que es un hervidero para la apertura, la novedad, salir del entorno habitual, quizá para estar y sentirme con alguien como de ningún modo me han hecho sentir en lo cotidiano. También tenemos un grupo de personas que se centra en un tipo de población concreta, en un “segmento” según dicen los expertos, para verter sobre ellos determinados contenidos e impulsar iniciativas. Por ejemplo, el profesor con sus alumnos, el médico con pacientes, políticos con ciudadanos, empresarios para consumidores, buscadores de trabajo con empresas… Algunos están para sí mismos y su propio éxito, mientras que otros apoyan y colaboran con gran desinterés en temas ajenos que llaman su atención. Ciertamente es innegable que, hoy por hoy, una gran mayoría de la población, velada o inconscientemente, se busca a sí misma en la red –dicho esto no de forma egoísta, sino como búsqueda interior- y también está abierta a conocer a otros. La distancia y el entorno propician y cultivan ambas realidades. Sólo hace falta escuchar lo que se lee, aprender a ver lo que aparece más allá de lo que se muestra, intuir por dónde van los tiros y las palabras que terminan convirtiéndose en llamadas para el encuentro.

Saber que en la red puedo preguntarme por quién me puedo y quiero encontrar, me lleva a otra cuestión diferente al hilo de mi propia libertad: ¿Quién me espera? ¿Me esperará alguien, seré esperado? ¿Por quién? ¿A quién puedo encontrar de semejante modo, y qué espera de mí? Esta pregunta os la dejo, ahí, resonando sola y fuerte.

Ya digo que, de vez en cuando, conviene preguntarse ciertas cosas y aprender a resituarse, valorar lo más importante porque puede pasar desapercibido y la rutina devorar presencias propias y ajenas. Si no soy yo quien se sitúa en el mundo con mi libertad y voluntad, con indiscutible ayuda y dependencia de los demás, serán otros quienes decidan, elijan, piensen e incluso sientan y lleguen a vivir por mí la vida que me fue regalada.