Y si fuera yo…

Por Raúl Sánchez Pérez. Cirujano Cardiaco Infantil del Hospital La Paz de Madrid.

El silencio de un hospital de madrugada es muy revelador. Puedo decir que la lección más importante de Medicina no la he tenido en las facultades, ni viendo a otros brillantes compañeros médicos. El momento más impactante y que más medicina me ha enseñado, sin duda, ha sido cuando era yo el que estaba ingresado en un hospital o cuando acompañaba a mi madre en una habitación incomoda de un hospital. Es ahí, cuando percibes la importancia de la misericordia, la importancia de hablar desde el corazón y ponerse cerca de aquel que sufre.

Sábado por la mañana. Me dispongo a empezar la guardia en el hospital, visito a todos los enfermos de una larga lista y cuando reviso todos, observo que Juan, de la habitación 107, todavía sigue ingresado y me pregunto – ¿Qué raro, si estaba de alta ayer? – “ ¡Juan! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no te fuiste ayer?”, le pregunto; a lo que Juan me contesta: – “Sabía que estaba de alta, pero nadie me esperaba en casa y aquí me quedé, porque al menos en el hospital vosotros me preguntáis todos los días como estoy”. Después de esto el corazón se te encoge y piensas que donde anda la misericordia.

En el dolor más extremo aparece la misericordia más auténtica, que es aquella misericordia gratuita, donde nos damos y damos sin saber por qué y para qué…

A punto de salir del hospital tras terminar la jornada de un día cualquiera, nos avisan que hay trasplante cardiaco, tenemos un posible donante de corazón. Un niño ha fallecido en algún lugar de este mundo y su corazón servirá para que otro niño pueda vivir, increíble. Pero lo más duro, que ese niño que ha fallecido tenía una enfermedad degenerativa, de esas enfermedades que lentamente te van apagando y que los padres respiran con una lágrima siempre en el borde de la pupila… pero lo más duro, es que dentro de ese dolor los padres sabían que si podían hacer algo para que su niña diera vida, lo harían. Tremendo, pensar cómo estos padres mantuvieron vivo el corazón de su niña, sabiendo que no era para ellos, sino para alguien anónimo, donde la lágrima esa noche sería de alegría… El milagro se produjo y así fue, qué grande el dolor y qué grande la misericordia.

No es casualidad que las llamadas urgentes de una familia necesitada a una posada se produzcan de noche, o en el momento que estás a punto de salir del hospital tras una dura jornada de trabajo, es decir, “cuando no viene bien”. Ya recogiendo mis cosas de la consulta, una monjita andaba buscando un pediatra, con la mala suerte que se encuentra con el pediatra nuevo. Y con mucha valentía, porque cuando uno vive para los demás, el miedo es siempre menos, me dice: – “Yo soy Sor Virtudes (típico nombre de monja, pienso yo) de la casa cuna que acoge a niños sin hogar y con malformaciones y usted ¿quién es? Le explico quién soy y me dice que acababa de llegar una niña a la casa cuna, la niña se llama Maika, está malita y aparece con un informe, casualidades de la vida, el informe está escrito por mí. Maika venía de otra ciudad donde meses atrás yo había trabajado… Maika nació una madrugada del verano, estando de guardia, me llama la matrona y me dice que ha nacido una niña con la cabeza muy rara, la ecografía confirma que apenas tenía encéfalo y que en pocos meses fallecería. La familia, muy pobre, no puede asumir el cuidado de la niña y la entrega a la Comunidad Autónoma y la trasladan a este centro en otra ciudad cercana. Siete meses estuvo Maika en este mundo, solo se comunicaba con un leve quejido y cuando ya estaba muy malita, las últimas semanas de vida, solo le calmaba la presencia y la misericordia de aquella monjita. De esto hace ya varios años, y al pensar en misericordia no puedo parar de acordarme de la familia de Maika, de su padre, de su madre y de Sor Virtudes…

Otras veces el dolor es eso, dolor, y el desierto se hace presente y la misericordia es imposible, porque no entendemos nada. Estando un domingo por la mañana de guardia en la Unidad de Cuidados Intensivos neonatales, la situación clínica de un niño de unos pocos días con una malformación cardiaca nos obliga a tomar la decisión de poner un tratamiento urgente vía endovenosa. Se trata de un pequeño prematuro que pesa solo 1000 gramos. Le explico a los padres la importancia del tratamiento y que las posibilidades de que haya una complicación son pocas, menos de un 1%. Cuatro horas después estoy sentado en el mismo despacho, explicándole a los padres con lágrimas en mis ojos, que el niño hizo esa maldita complicación que solo vemos en un 1% y que se está muriendo su niño y no tengo nada que ofrecerle, que la medicina de hoy no puede hacer nada por su hijo, y así con todo el dolor del mundo, a la hora fallece su niño… no pude encontrar aquí la misericordia, solo dolor, lágrimas, impotencia, desierto y quedarme al lado de aquellos padres, sin poder decir nada, que me miraban pensando porque le pusimos, porque le puse ese medicamento, por qué el 1% se transformó en el 100%. Y después de eso tienes que levantarte y seguir, porque a veces la misericordia no la vemos, pero tiene que estar…

20 días tiene Aïd, un pequeño sirio, que probablemente nunca conocerá su país, nacido en Melilla y engendrado en su tierra, la milenaria Siria. A la llamada del Ángel, Aïd, dentro de su madre, y su familia tuvieron que salir de su país porque querían matarlo. Y esta vez, sí había sitio en la posada. Me llaman unos vecinos que acogen a refugiados y me dicen que el pequeño Aïd está enfermo. La familia de Aïd está de paso por Madrid dirección a Centroeuropa, a reunirse con algún familiar también refugiado. Con cierta incertidumbre, voy a verlo con mi mujer Erika, y la emoción nos invade al ver la escena: la madre de Aïd, de 16 años, sentada en la cama, con el vestido típico Sirio, dándole el pecho, orgullosa de su niño y con la esperanza de que el mundo que vea su niño sea mejor que el que le ha tocado vivir a ella hasta ahora. Un simple catarro hace que tenga que retrasar su viaje a Alemania el pequeño Aïd. Al salir de esta posada, Erika no puede contener las lágrimas, lágrimas de misericordia, de que la vida está ahí… y que sin duda acabamos de estar con Cristo nacido, resucitado, de Belén al barrio de la Ventilla, sin papeles, escondido…

Y sí, todavía algunas veces me pregunto: – y si fuera y yo, y si fuera mi madre y siempre pienso que ahí esté Jesús, ahí, en la lágrima al borde de la pupila y en el dolor más grande se hace Presente. Ahí sin duda está Dios, y ahí, de forma increíble, sencilla, vemos el milagro de la vida, el milagro de la misericordia.

Nota final: este artículo fue publicado por la revista Razón y Fe en su número de diciembre de 2015. Agradecemos la gentileza y todas las facilidades para reproducirlo aquí.

Escribir un comentario

Please enter your comment!
Please enter your name here