Vuelta al cole

In illo tempore, hace años, cuando yo era niño, vivía en Asturias y llegaban estas fechas –pongamos que, en torno al día de san Ramón Nonato, en el que, al decir de don Camilo, un moro hubo de matar a traición a Lázaro Codesal, mientras hacía no sé qué, debajo de una higuera; o en la cercanía del aniversario de la muerte del monstruo de Córdoba en la plaza del sitio aquél donde los lugareños afirman que, con tres de los suyos, suman dos pares…-, digo que cuando llegaban estas fechas, ya me empezaba yo a poner nervioso, irascible, arrebatado, de mal humor.

La cosa, ciertamente, no era para menos: el verano empezaba a dar coletazos evidentísimos; y el otoño, a asomar con descaro ostensible un hocico arisco y desabrido; las pumaradas ya tenían la fruta en sazón y los guajes nos aprestábamos a ir a manzanes…; las nueces pintaban la cáscara -aquella de la mona de Samaniego- y empezaban a madurar; las fiestas y romerías de los pueblos a la redonda muy raramente se celebraban ya sin abundante orbayu; por los caminos y calellas revolaban a su vez más hojas otoñales de las que me apetecía pisar; la televisión empezaba con la matraca de las colecciones y los fascículos –idiomas, literatura clásica, plumas estilográficas, maquetas de bólidos…-; y lo peor de todo: cada cuarto de hora, la radio y la tele cañoneaban a madres y escolares con metralla de la gorda, camuflada bajo el lindo reclamillo de una inexcusable cantinela: aquella de la “Vuelta al cole”… ¡Qué delirio!…

Me enervaba. En un ejercicio de imaginación anticipatoria, aplicaba yo entonces los sentidos y contemplaba, temeroso y azorado, la que se me venía encima… que, aunque no eran precisamente las penas del infierno, distaba mucho de asemejarse al paraíso, por más que estuviéramos en el Principadoen aquellas ocasiones. Veía con los ojos de la imaginación, sentía por la piel de mi fantasía, oía a través de las orejas de mis figuraciones, olía desde mi ensueño…

Experimentaba por anticipado el levantarme temprano, muy temprano, demasiado temprano, aún a la noche cerrada; notaba el aullar del viento, el cuchillo del frío, el encharcar de la lluvia; machacaba con el tacón de la bota derecha el hielo vidriado en los charcos del camino, para luego salir corriendo, echando aliento, parejo al humo; percibía con total limpieza aquel olor a goma y lapicero al cruzar la puerta del aula… Me echaba para atrás aquel calor pegajoso, de vaho reconcentrado en las ventanas estancas, después de cinco horas de lección. Por lo demás, me angustiaban las prisas y las carreras para llegar antes de que se cerrara la puerta; me aburrían las presentidas y soñolientas clases de por la tarde, cuando el reloj se aquieta y las horas parecen coagularse. Ya estaba precaviendo los deberes, las monótonas, las aburridísimas tareas para mañana. Empezaba a descontar – ¡cómo no! – los inapelables castigos y los correspondientes ceros en conducta…

Antes de la herida aplicaba el vendaje y me buscaba las mañas, ideaba yo estrategias, trataba de espabilarme para quitarme de en medio: proyectaba en el magín las tácticas que mejor me hubieran de servir a la hora de sustraerme a las pullas y de cubrirme de los golpes y cogotazos de los abusones. Entonces lo del bullying aún no se llamaba así, pero acoso escolar y cabrones perversos, de muy variadas y entreveradas capas y pelajes, los hubo –los hay y, por desgracia, los habrá- siempre…

¡Con qué ahínco y recurrencia me acordaba yo cada día de sus santas y venerables señoras madres! ¡Con cuánta desenvoltura llevaba yo a cabo la síntesis, una verdadera aufhebung que para sí quisiera el maestro estucardio, cuando tildaba de caracoles a los progenitores masculinos de aquellos mis compañeros más miserables y canallas! Crismando de dicha guisa, conseguía yo aludir –siquiera fuera de manera analógica y puramente metafórica- a la trinidad de las perfecciones que cualquier sujeto pasivo, padre de un abusón, merece por méritos de transitividad; a saber: ¡la honra de verse transfigurado, ipso facto, en un ser arrastrado, en un bicho baboso y lamelibranquio… y, a mayores, en un animal zafio y cornudo! ¡Con qué brío deseaba yo que algún rayo desquiciado partiera por la mitad a aquella caterva de perturbados que disfrutaban haciéndonos sufrir a los débiles! Debo confesar que en el día de hoy –cautivo y desarmado… ¡Ah, no!… Eso, no: ¡eso es de otra cosa! ¿En qué estaré yo pensando-… Digo que aún es el día – ¡Dios me perdone! – en que no puedo con ello: No soporto – ¡me estomaga! – la chulería; me irrita la prepotencia; no puedo aguantar los atropellos, ni el despotismo, ni que nadie se prevalga de la fuerza –venga de donde venga; ya quiera ser legítima o bastarda.

Esa suerte de urticaria que me reconcome el alma cuando veo una injusticia –política, social, económica, profesional…-; la comezón que me aqueja las entrañas cuando percibo una arbitrariedad; el desasosiego que me invade en el momento en que noto cualquier tropelía o desafuero contra los desamparados y los humildes debe venir de aquella fuente; puede muy bien haber tenido como origen la necesidad de aprender a buscarme la vida cuando era escolar. El caso es que ahora va conmigo a todas partes: forma parte de mi carácter. Sí que se trata de una segunda naturaleza, de un verdadero ethos, adquirido a fuerza de praxis… Y, además, sin gran esfuerzo, me convenzo de que, en situaciones como esas, hay que poner la otra mejilla. Pero entendámonos: no de manera irenista ni de forma ingenua, sino más bien con modo adecuadamente estudiado y táctica diseñada de forma cabal. No cabe otra: la justicia y la solidaridad nos piden dar la cara, hacer frente a los malvados, oponerse a los protervos, pugnar contra los vesánicos… que haylos y son muchos y muy poderosos. Pero conviene hacerlo con arte, de manera virtuosa. Esto es: con astucia, con cautela, con valentía, alejada tanto de la pusilanimidad del cobarde, cuanto del atolondramiento del temerario…

  • La eficacia requiere estrategia en todos los ámbitos de la vida, ¿verdá usté?…
  • ¡Ya lo creo, amigo mío! Pero no me distraiga ahora, que pierdo el hilo… Déjeme volver a la preparación remota de mi vuelta al cole, que aún me parece que nos queda el rabo por desollar…

Y así es. Todavía nos falta por reseñar el punto que concernía a los profesores; la sempiterna faena que requería aprender a conocerlos, esforzarse por entender bien sus resabios, sus querencias, sus manías, sus chaladuras, sus traumas y sus complejos. Había que hacer un curso acelerado de tauromaquia del docente y aplicarse con buen tino a capotearlos con gallardía, a muletearlos con valor, a lidiarlos con buen temple…

¡Menos mal que, para eso, funcionaba –y funcionaba muy bien- Radio Macuto! ¡Qué suerte teníamos de que hubiera memoria –así: a secas; que lo de “memoria histórica”, según yo lo veo, no deja de ser una redundancia; o si se quiere, ¡una gilipollez del tamaño de la Bola del Mundo, que busca embutir albarda sobre albarda!

¡Muchas veces hube de rezarle y darle las gracias a san José de Calasanz, aragonés, de Peralta de la Sal, en la provincia de Huesca y patrono de educadores, por permitir que entre escolares se llevara a efecto la transmisión socializadora de cómo se las gastaba el claustro!

Los colegas -amigos, primos, vecinos- que estaban en cursos superiores ya nos iban aleccionando. Verbi gratia: “El Chino, que os va a dar Matemáticas este año es un sádico: ten mucho cuidado con él…” El de Latín –al que por mal nombre motejábamos Diviciacus– era cura, pero ni por esas: la sentencia de los mayores resultaba tumbativa: “No te fíes. Ése, debajo de la sotana, esconde a un hijodeputa con pintas…” La Pichirichi, impartía Física y Química. Según decían, “no hay un dios que la entienda, pero –añadían con retintín- tienes que andarte muy fino…” Cuando, en mi inocencia, preguntaba que por qué, me espetaban: “como está un poco bastante buena… hay que hacer como si no lo estuviera… Tú, como si nada… Ya sabes… como en el Cara al Sol: tienes que mantener impasible el ademán. De lo contrario, eres carne de septiembre”. Y por supuesto: ahí nos quedaba el de Historia… “¿A qué no sabes por qué lo llaman Atila?… ¡Porque es el rey de los unos…! De modo que mucho ánimo; ¡Ah: y que sepas que don Maisimimo el Peladilla está loco… Así que: salud que no falte… y que Dios te ampare, chaval…”

Quitando lo de la de Física y Química, que a mí no me planteaba mayor problema –que para eso siempre fui el más pequeño del grupo, el Pibe… y que todavía las hormonas no se me habían disparado-, el panorama, en su conjunto resultaba acongojante…: El Chino, Diviciacus, la Pichirichi, Atila, don Maisimino el peladilla… ¡Como para salir de estampía, suplicando a pulmón lleno: “Padre mío, aparta de mí este cáliz”! Pero no: a fin de cuentas, todo acababa por alinearse y encajar; y para cuando llegaban los difuntos y daban las notas de la primera evaluación, ya estaba uno en perfecto estado de revista, volando con velocidad de crucero rumbo al turrón y los villancicos… De ahí a la primavera, era un salto de nada: los días crecían, las mimosas echaban su alegre y amarilla flor, los jilgueros y los tordos empezaban a revolucionarse… la primavera, con Rubén, pujaría en nada por venir… Y junio estaba a tiro de tres…

¡Y de nuevo, ladera arriba, como un Sísifo cualquiera, volveríamos a subir al monte de la adolescencia la pesada carga del bachillerato! Y ello, hasta que la piedra hubo de rodar definitivamente aquel junio de 1975, cuando Lisboa vivía graves tensiones en sus calles; por estos pagos reinaba un fresco general de Galicia, que tendía a dominar toda la península; y la Selectividad, al menos para un servidor –concluido el rito de paso, como era debido-, había dejado ya de ser un desafío y tocaba ponerse manos a la obra… pasar página y ¡a otra cosa!

Pero esto ya habría de ser en Madrid, en la Facultad de Filosofía que la Universidad Pontificia Comillas hacía un par de años había trasladado a Canto Blanco

Menos mal que, a partir de entonces, y con el correr de los años, fueron tornándoseme las aficiones. Por ejemplo, recuerdo que, en mis tiempos de facultad, cuando se acercaban estos momentos de la vuelta al cole, encaraba la circunstancia –oppositum per diametrum– con ilusión renovada y con verdaderas ganas de volver a empezar: de hecho, cuando el regreso a las clases resultaba inminente, solía andar silboteando durante semanas enteras el Begin the Beguine, aquella fabulosa melodía que Cole Porter compusiera, allá por los años 30 del XX. ¡Y venga de silbos y a darle fuelle al tarareo…! No se podía negar: definitivamente, estaba muy contento y deseoso de reanudar los estudios.

Los profesores habían dejado de ser el enemigo; ninguno tenía mote; incluso, alguno de ellos, pasaba a ostentar el muy respetable título que lo habría de subir a la categoría de maestro. Todos, sin duda, me aportaron lo mejor de ellos mismos. Quien, ideas; quien, estilos de vida; la mayoría actitudes y templanza; todos, siempre, presencia de ánimo, esfuerzo, rigor, sistema, talante, erudición, bonhomía, consejo, buen hacer… A ellos, en gran medida, debo lo que ahora soy… y lo que al fin –para bien o para mal- acabaré por llegar a ser cuando me muera. Les guardo a todos ellos muy honda gratitud. Y, por fortuna, no estoy solo en la causa: como no cabía otra, somos muchos los antiguos alumnos que sentimos por los profesores comillenses -de cuando entonces- un sincero y agradecido reconocimiento vital: El Círculo de Filósofos de Comillas que echamos a rodar hace unos meses y que preside nuestro querido Paco Querol, es un ejemplo de lo que se dice. Por cierto: si hay alguien ahí fuera, leyendo estas reflexiones – ¿habrálo, Dios mío? – y se siente concernido, que contacte con nosotros. Que se apunte – ¡es gratis! – al Círculo, con sólo enviarnos un correo electrónico, pulsando aquí: circulo.filosofos@comillas.edu

Aunque nunca acabé de saber con certidumbre si Cervantes iba en serio o si habría algo de retranca en sus elogios, ¡qué razón tenía al ponderar, en el Coloquio de los perros, el buen hacer de los maestros de la Compañía de Jesús en el estudio que tenían en Sevilla! No hay que tener mucha imaginación para proceder a extrapolar y suscribir lo que decía uno de los tusos –Berganza, creo que era el que hablaba: “No sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme a mí tan poco o nada della, luego recibí gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que juntamente con las letras les mostraban”  http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-coloquio-de-los-perros–0/html/ff31b1bc-82b1-11df-acc7-002185ce6064_32.html

–  ¡Ahí queda eso, compañerín!… ¡Y que cuando quieras, vuelves!

–  Muy reconocido… Habré de tenerlo en cuenta…

Y héteme aquí que ahora, mutado mi papel desde hace más de treinta años, me veo en la tesitura de tener que volver al cole, pero en calidad de docente, de profesor que enseña Ética… Empresarial.

Sí, sí: ya sé… que no puede ser; que no la hay; que si se trata de un oxímoron… que viene a ser como un círculo cuadrado, como un objeto imposible… Podemos aducir casos y ejemplos donde la contradictio in adiecto queda palmaria. Recordemos aquellos rotundos y emblemáticos títulos de sendas y controvertidas publicaciones de hace un tiempo: La Ilustración del Clero, de una parte; y El Pensamiento Navarro, de otra… ¿Cabe lo uno? ¿Es posible lo otro?… Juzgue quien lea… y ¡averígüelo Vargas! Porque, vamos a ver, dice el otro: ¿Puede darse de veras una justicia militar?… So weiter und so fort! ¿A qué seguir?…

Ya te vi, lectora amiga, que cuando dije que impartía Ética Empresarial en ICADE fruncías el entrecejo; noté cómo se te disparaba una sonrisa burlona y cómo chispeaban irónicos esos tus ojos… ¿misericordiosos? – ¡Ah, no!… ¡Esto tampoco viene aquí! -… Esos tus ojos, sin más…

Comprendo tu escepticismo y lo comparto. No pienses que no me he planteado, a lo largo de más de un cuarto de siglo que ando en estas trochas, qué sentido tiene lo que hago en la cátedra… Más allá de que cada quien – ¡y no iba yo a ser menos! – vive de su trabajo, no siempre me quedo tranquilo.

Cierto que esto de la enseñanza es, en principio, una ocupación tan digna como cualquier otra… Pongamos por caso… un suponer, tan decorosa, cuando menos, como el noble oficio del herrador; o tan sutil y provechosa al bien común como la diestra y benéfica competencia de la que hacen gala, entre otros, los capadores de gorrinos, los alfayates de los toreros, los consultores en business strategy, los buzos de la Infantería de la Marina española, los misarios de catedral o los brigadas de la Benemérita…

Ahora bien, cuando me paro a contemplar mi estado y a ver los pasos por do me ha traído… me pregunto: Garcilaso, hermano… ¿no estaré yo siendo, en el mejor de los casos, un engrasador de la maquinaria de un sistema injusto? ¿No estaré contribuyendo a perpetuar ideológicamente un modelo socioeconómico culpable de males y desatinos sin cuento…? ¿Es posible enseñar ética en un sistema que parece no tenerla?

La respuesta es: ¡Sí!… Pero ahora no puedo extenderme más, que ya me está saliendo largo en demasía este artículo… No te quepa duda de que, otra vez, volveré a ponerme en situación, a componer el lugar, a repensar por qué es bueno, deseable y conveniente actuar de forma ética en la empresa… más allá de lo pragmático y lo más obvio –porque genera confianza, lealtad y reciprocidad; porque promueve un entorno favorable a los negocios; porque da buena imagen y construye reputaciones sólidas, capaces a plazo medio de traducirse en unos nada despreciables beneficios económicos; porque sirve para anticiparse a los problemas y a la regulación; porque atrae y retiene talento, y genera orgullo de pertenencia…; porque, en suma, constituye la condición de posibilidad de una empresa rentable y sostenible

Y es verdad: todo eso es cierto. Pero más allá de todo ello, urge incardinar la reflexión de la ética organizativa y empresarial en el más amplio contexto de la moralidad del sistema capitalista en su conjunto. Habría que subrayar el momento del nivel meso-ético, apalancándolo en el micro-ético, esto es, en el que apunta al sujeto individual, a la persona que es la que, a fin de cuentas, actúa moralmente…  Y todo ello, apuntando hacia el horizonte macro-ético, hacia el objetivo último de la justica sistémica, del progreso social y de la construcción de un mundo más humano para todos.

No me voy a aburrir cuando, dentro de unas semanas, vuelva al cole y me ponga ante futuros empresarios y directivos a reflexionar con ellos sobre la dimensión ética de la empresa y la gestión, llamadas a colaborar en el despliegue de un desarrollo sostenible.

4 Comentarios

  1. El olor de los libros nuevos era lo único que me gustaba de la vuelta al cole. En otras circunstancias y época, suscribo todo lo que he leído. Interesante y nostálgico.

  2. El único lado bueno de “la vuelta al cole” era la visita a la papelería a comprar los Alpino nuevos.
    La pontificia de Comillas fué una gran experiencia de crecimiento en todas direcciones.
    La docencia de Ética, el mejor de los caminos. Bienvenido “profe”

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