La oportunidad de volvernos pequeños

Mirador de Azuaga: Higuera. Foto de Juan Carlos Antequera

La semana pasada, José María Rodríguez Olaizola publicó un post en su facebook que aún me resuena … un post que me seguirá resonando durante mucho tiempo porque ya me resonaba mucho antes de haberlo leído.

A veces ocurre esto (al menos a mí me pasa): hay ideas que se asoman a tu cabeza, te rondan, van y vienen, difusas, como un boceto apenas intuido … y de golpe y porrazo … CHASSSS …las reconoces en las palabras de otro, precisas y brillantes, guiñándote un ojo traviesas, sabedoras del tiempo que hace que las buscas.

Pues algo así me ocurrió con ese post de Olaizola:

“No me preocupan demasiado ni la influencia, ni el poder, ni los números. Me preocupa, eso sí, que encontremos un camino para que el evangelio ayude a configurar una sociedad lo más humana y digna posible (…).

Pero, ¿preocuparme por el final de un ciclo -como creo que es este-? No. Eso no me inquieta. Porque, junto a los problemas, veo oportunidades (…). La oportunidad de vivir contracorriente. La oportunidad de repensar qué es lo que contamos, y cómo hacerlo para ser creíbles, en lugar de adormecernos en formas y modos que a muchos dejan indiferentes. Y la oportunidad de que (…) podamos bajarnos de algunos pedestales, escuchar más y reconocer equivocaciones (…).

Tenemos la oportunidad de volvernos pequeños.” 

¡Cuántas oportunidades donde nadie parece buscarlas! ¡Qué maravilla de paradoja y qué despistados andamos algunos! Quizá esa sea la esencia del mensaje (podéis leerlo completo aquí), un mensaje que entronca con otros que he ido encontrando y que guardo en mi caja de hallazgos luminosos.

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Uno de ellos es la diferencia entre espiritualidad y religiosidad que explica James Martin en su libro “Más en las Obras que las Palabras” (os dejo aquí la referencia), y que me dio pie a mantener una larga e interesante conversación con mi entonces compañero de despacho (no lo nombro porque conozco de sobra su gusto por la discreción, solo diré que es un sabio que se oculta en una pequeña comunidad fronteriza y que hace varias décadas fue mi profesor de Estadística I y II).

Recuerdo que mi profesor expuso entonces, de forma absolutamente desapasionada y con todo lujo de ejemplos y argumentos, cómo la religión, con sus estructuras, sus normas, sus jerarquías y su necesidad de control, puede ser incluso contraria a la espiritualidad original, porque las energías tienen que emplearse en perfeccionar la organización y hacer que funcione.

Y este riesgo parece que está por todas partes. Hace poco me hacía la misma reflexión mi amigo Julián Casas, comentando lo frecuente que resulta en la evolución de las organizaciones que, con el transcurrir de los años y los éxitos, se pierda de vista el objetivo fundamental para el que fueron creadas, su vocación fundamental … su principio y fundamento.

Sin duda hacerse grande y exitoso es un riesgo, mayor cuanto más grande y exitoso se es, un riesgo que nos obliga a revisar periódicamente si seguimos alineados con nuestra misión, con aquel sueño del que partió todo. Aquí los auditores internos tenemos mucho que decir … si nos dejan, claro está.

Y todo esto lo cuento el día que mi familia celebra sus primeros veinte años (últimamente siempre me coincide la fecha del artículo con la de alguna celebración familiar :)). Veinte años en los que hemos tenido que hacernos pequeños muchas veces, para entendernos mejor y, sobre todo, para querernos más (y mejor) y seguir afrontando cada etapa del camino con su plus de dificultad.

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También para acoger y sabernos acogidos en los días difíciles, para agradecer y sentir y gustar que todo es don. A veces a la pura fuerza, no os engaño, que la vida no te pide permiso para reducirte el tamaño o recalcularte la ruta. Pero creo que sí hemos conseguido mantener nuestra referencia primera, aquel sueño que dibujábamos en el horizonte y que nos sigue guiando para celebrar cada año, cada encuentro, cada ocasión de volvernos pequeños … Y esta vez junto a todos vosotros :)).

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