“Volkswagen Gate”: ecología y salud

Al escuchar la palabra “Ecología”, esta suele remitirnos a imágenes bucólicas de naturaleza, animales y flores… Si acaso, a alguna imagen humanizada en forma de niños y niñas, las próximas generaciones, en un marco futuro idealizado. “Soft ecology”. Y sin embargo, hechos como el reciente “ Volkswagen Gate ” nos recuerdan, al igual que la Laudato Si, que  el cuidado de la casa común tiene que ver con el medio físico donde se desarrolla la vida, sí, pero también con las condiciones mismas de la vida humana. “Hard Ecology”.

Efectivamente, el escándalo de la manipulación de las emisiones por parte de Volkswagen ha puesto sobre el tapete múltiples cuestiones: la deficiencia de los controles regulatorios, la pugna del modelo anglosajón-estadounidense y el renano-europeo, la caída de la reputación de este… La variable ecológica ha venido sobre todo por el fraude del marketing verde que nos vendía una reducción de emisiones contaminantes que no era tal.

Sin embargo, una de las derivadas que llamativamente no está apareciendo apenas en el debate actual, salvo en círculos especializados, es la implicación estructural de las emisiones habituales de los vehículos en la salud de las personas. 

Ya en 2012, la Organización Mundial de la Salud (OMS) concluía que el humo del diésel causa cáncer de pulmón. A través de un estudio de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, el grupo de la OMS encargado de revisar qué partículas ocasionan esa enfermedad, se revelaba que el humo del diésel, desde 1988 considerado como posible carcinógeno, subía al primer escalón, el de las sustancias que causan cáncer con seguridad. En ese nivel está el amianto, el benceno, o la radiación solar.

Más recientemente, la misma OMS avisaba que también en su contribución a la contaminación atmosférica, los vehículos diésel son más dañinos que los de gasolina. Y que, como recoge asimismo la Laudato Si (20) la contaminación es el principal problema ambiental en todo el mundo, con un efecto importante ya en la salud de población, estimándose  en más de 7 millones al año las muertes prematuras por  la contaminación en las ciudades.

De esta manera, así como el diéselgate se convierte en un problema que trasciende lo económico y lo ecológico, para convertirse en una cuestión de salud pública, la Ecología debemos concebirla, no ya en la preocupación por algo en teoría exterior y ajeno al ser humano, sino que nos enfrenta al hecho de que nuestra calidad de vida, nuestra vida misma se está viendo ya afectada por las amenazas medioambientales. Vida humana y ecología se ven de esta manera totalmente imbricadas.

Y al constatar esta verdad nos situamos en una perspectiva nueva ante el debate de la libertad, muchas veces planteado frente a las tímidas medidas propuestas del control del tráfico en nuestras ciudades. Pero sobre eso volveremos otro día.

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