Este año es, sin duda, apasionante desde el punto de vista político. Sin salir de nuestro país, hemos celebrado ya elecciones municipales y autonómicas, tenemos las catalanas a la vuelta de la esquina y las generales en el otoño. ¿Cómo debemos vivir la política los cristianos? Creo que no podemos desentendernos de la acción política, sospechar de ella de modo sistemático o dejarla en manos de otros actores. Muy hondo y razonable es el anhelo del papa Francisco: “¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común” (Evangelii Gaudium, 205). Nos habla de directamente de una llamada concreta: vocación política.

Por ello, además de mirar con interés, debemos implicarnos. ¿Qué podemos hacer, como cristianos y como entidades de Iglesia? Me parece que hay una serie de cosas que podemos hacer para contribuir a una regeneración de la política, desde la óptica del bien común y la lucha por la justicia evangélica. Lo resumiré con cuatro verbos: suscitar, formar, discernir y acompañar.

  1. En primer lugar, debemos suscitar vocaciones políticas. En el proceso de maduración creyente, todas las personas deben crecer en su deseo de servir a los demás y de transformar la sociedad, para hacerla más acorde al sueño de Dios. Eso supone numerosas mediaciones (familiares, profesionales, culturales…) entre las que no podemos olvidar el compromiso cívico, asociativo, sindical, vecinal y político. Es un error pensar que la vivencia cristiana de la caridad se agota en el terreno íntimo o, como mucho, en las relaciones interpersonales.
  2. Para ello, es imprescindible también favorecer procesos de formación socio-política. Hay que conocer la doctrina social de la Iglesia y las herramientas de análisis de la realidad social; es necesario aprender sociología, economía, política internacional o asuntos culturales; cada vez es más imprescindible familiarizarse con los testigos de nuestra historia y tejer redes con otros actores. La autonomía de la esfera secular y la complejidad de nuestro mundo exige, también a  los cristianos, rigor en el análisis y en la propuesta. Y, como en otros ámbitos de la formación cristiana, hay que combinar una formación genérica para todos junto con una formación más específica para aquellas personas que se van implicando de manera más activa e intensa.
  3. Un tercer paso consiste en discernir esas posibles vocaciones políticas, cada vocación política. Si vivimos una espiritualidad encarnada, es de esperar que muchos cristianos desarrollen un deseo de entregarse a los demás a través de diversas mediaciones profesionales, empresariales, educativas, militantes, en el voluntariado… Las posibilidades son muchas, y entre ellas no podemos obviar el compromiso cívico, ni olvidar que éste puede desembocar en el terreno político, también en el marco de los partidos y las instituciones. Como digo, las posibilidades son amplias, pero deber ser discernidas. Nada se puede dar por supuesto, ni para descartar de antemano ni para asumir como algo obvio.
  4. Hay un cuarto elemento igualmente valioso pero que, con demasiada frecuencia, pasamos por alto. Me refiero a acompañar esas vocaciones políticas; o, mejor dicho, acompañar a las personas que, desde su fe cristiana y su compromiso social, deciden implicarse en la política activa. Demasiadas veces a estas personas las dejamos solas, las criticamos desde fuera, las orillamos en la comunidad cristiana… Se trata de un servicio abnegado, difícil y muchas veces incomprendido. Me parece que como Iglesia tenemos una seria responsabilidad  en acompañar a estas personas en su compromiso público, sin que ello signifique estar de acuerdo o legitimar sus decisiones concretas. En estos momentos, en España, este es un reto muy relevante, porque numerosos cristianos están entrando en política, desde distintos partidos y coaliciones, en tareas de gobierno o de oposición. Necesitamos, como comunidad cristiana, acompañar a estas personas y generar espacios de encuentro más allá de las legítimas diferencias.
  5. Una última aclaración. La Iglesia no es un lobby y los cristianos en el terreno político nunca debemos convertirnos en un grupo de presión para lograr intereses particulares; más bien debemos apostar por el advocacy, la incidencia pública a favor del bien común y de las personas y grupos más débiles. Por ello, hago mías las palabras del papa Francisco: “¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!” (Evangelii Gaudium, 205).

Nota final: Este artículo se publicó originalmente en Alfa y Omega, revista de la diócesis de Madrid, y fue reproducido después en el blog de Cristianisme i Justícia. Fue escrito en el contexto del II Taller de fe y compromiso socio-político, organizado por Cáritas Española, el Movimiento de los Focolares, la Comunidad de Vida Cristiana (CVX) y la Compañía de Jesús, a través de los centros Cristianisme i Justícia, Pignatelli y entreParéntesis. En él participaron 25 jóvenes de todo el territorio español y de diversas procedencias eclesiales, unidos por el deseo de profundizar en su compromiso creyente en la sociedad. Tuvo lugar en  San Sebastián, entre los días 26 y 30 de agosto de 2015.