Vivir con el corazón abierto

A los pocos meses de su operación, Elie Wiesel publicó un librito que rápidamente fue traducido. Recogía algunas notas sobre la operación del corazón a la que se había sometido y llevaba por título “A corazón abierto”. Aunque este judío universal y escritor incansable haya publicado miles de páginas, las que recoge este ensayo tienen un valor especial. Son útiles porque plantea reflexiones curiosas y útiles sobre la enfermedad o el amor.

En algún momento de dolor recuerda lo siguiente: “He aprendido mucho acerca de mí mismo y acerca de lo que me rodea. Sobre todo, que, cuando el cuerpo se vuelve prisionero de su dolor, una pequeña píldora o inyección resulta más eficaz que el pensamiento filosófico más brillante.” (25)

Lo más valioso de sus reflexiones no se encuentra la descripción que realiza de su estancia hospitalaria sino la descripción de algunos momentos determinantes por los que han pasado quienes han estado hospitalizados. Hay un momento en el que abre los ojos y se pregunta: “¿Es el alba o el crepúsculo? Elisha se encuentra en mi habitación. ¿Desde cuándo está ahí?… pronunciar su nombre me hace bien. Como siempre, para salir de una angustia, me aferro a él y él me ayuda a recobrarme.”

En la vida hospitalaria cada vez son más importantes los nombres y su gestión como elemento de humanización, acompañamiento y generación de salud. No es lo mismo que venga un doctor, una enfermera, un celador, una auxiliar o un especialista. Para un paciente, las voces están personificadas y se asocian a experiencias o momentos de cura, limpieza, alimentación, sedación o sanación. La voz de una persona determinada tiene un significado preciso para el paciente y le permite distinguirlo de los ruidos del pasillo.

Al final de un capítulo Wiesel se pregunta, “¿Estoy preparado para morir?”. Y se responde en el capítulo siguiente: “¿Se está preparado alguna vez? Algunos de los filósofos griegos antiguos y de los maestros jasídicos afirmaban haber pasado su vida preparándose para morir. Pues bien, la tradición judía a la que pertenezco asonseja otra vía: “Ubajartá bajaim –dice la Escritura-. Elegirás la vida” Y a los vivos. Con la promesa de vivir mejor, más moralmente, más humanamente.”

Aunque hay reflexiones interesantes sobre su cuerpo, en un momento del libro recuerda lo que fue su despertar de la operación, aquel momento en el que, desde la camilla, se despierta de la anestesia y nos dice: “Me invade un sentimiento de gratitud. Todavía bajo los efectos de la anestesia, trato de murmurar: – Gracias, gracias, doctor.

En aquel momento ¿pensé también en dar gracias a Dios? –después de todo, se lo debo, está claro-, pero no estoy seguro de haberlo hecho. En ese preciso instante, solo al cirujano. Su mensajero, sin duda, me inspiraba el agradecimiento.” (70-71)

Hay otros momentos del libro en el que vuelve a plantearse la relación del cirujano con Dios. Se pregunta por la intervención de Dios en su operación y el tipo de Dios en el que él está pensando, como si ya no valiese su ingenua mentalidad infantil y tuviera que construir una mente compleja que también contara con la presencia del mal: “¿Acaso el mal encarnaría para Dios una de las vías que conducen al Bien?” (80-81)

Aunque no responde con un tratado de Teología a esta antigua pregunta, Wiesel aprovecha para recordarnos lo que el llama el silencio de Dios en Auschwitz. Nos remite a sus reflexiones en su primer libro, La Noche, y nos recuerda que a pesar de todo el sufrimiento que le provoca querer explicar la presencia de Dios en el Mal, sigue manteniendo la fe en el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob.

Hay momentos importantes en la narración cuando traslada esta fe al lenguaje. “Aunque haya sido maltratado, deformado y pervertido por los enemigos de la humanidad… sigo aferrándome a las palabras, porque nos corresponde a nosotros transformarlas en instrumentos de comprensión más que de desprecio. Tenemos que escoger si deseamos servirnos de ellas para maldecir o curar, para herir o consolar.” (90)

También hay momentos emotivos para no dejar a ningún lector indiferente: “Un día, al principio de la convalecencia, el pequeño Eliyah, de cinco años, viene a visitarme. Lo abrazo, diciendo: – Cada vez que te veo acojo la vida como regalo.

Me observa largamente, con cara serie, y responde: – Abu, tú sabes que te quiero; y yo sé que te duele mucho. Dime, si te quisiera más, ¿te dolería menos?

En ese momento –estoy seguro-, Dios contempla su creación sonriendo.” (85)

 

(Las citas corresponden al libro de E. Wiesel, A corazón abierto, Sígueme, Salamanca, 2012, trad. M. Huarte)

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Agustín Domingo Moratalla
Profesor de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Valencia y director de la sede de la Universidad Menéndez Pelayo en la misma ciudad. Colabora habitualmente con los medios de comunicación en el ámbito de las Éticas Aplicadas. Es Vice-presidente del Comité de Ética Asistencial del Hospital Clínico Universitario de Valencia, Evaluador Acreditado de EFQM, miembro de varios consejos de redacción de revistas de filosofía moral, miembro fundador del Observatorio para la Convivencia Escolar de la Comunidad Valenciana y miembro de la Comisión Valenciana de Reproducción humana asistida. Su línea de investigación es: ETICAS DEL CUIDADO EN LA ERA DIGITAL.

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