¡Que viva il dolce far niente!

Ricardo Lobato García, licenciado en Derecho, profesor y secretario general de la Universidad Pontificia Comillas… tenía unos sesenta años, porte abacial, un más que evidente parecido con Laureano López Rodó, mucha retranca y gran afición a vacilar al personal. Era alto de porte, buen mozo, de complexión recia, moreno de tez, fumador compulsivo. Era también salmantino, aficionado a los toros, y tremendamente socarrón: gastaba mucha sornaLet me give you an example

A veces, tomábamos café juntos por las mañanas. Cuando sonaba el timbre que daba la señal de inicio de la primera clase y nosotros nos dirigíamos a paso lento hacia el aula, él, indefectiblemente decía aquello de: “¡Bueno, muchachos! ¡Que tengáis un buen día! ¡Yo voy a ver si no hago nada!”

¡Voy a ver si no hago nada! Esta frase merece su exégesis. Hombre: cierto es que no llega a aquella otra de Adorno: “¡Buena pregunta!”, dicen que dijo el maestro… y a responderla hubieron de dedicar las enteras dos horas y media de la sesión. Sí, creo que era Adorno… Tenía un seminario con diez estudiantes un miércoles a las 12:00 en Frankfurt; y antes de empezar, una de las alumnas había preguntado: Herr Professor, ¿se puede fumar?”

La de “el señor Lobato” no llega a tanto, pero tampoco deja de tener su aquél…: ¡Voy a ver si no hago nada!… Demuestra una intención clara, manifiesta, deliberada de tratar de no hacer nada. De hecho, cuando alguno –o con poco sentido del humor o con más fina ironía aún- le replicaba: “¡Pero hombre de Dios, ¿cómo dice usted eso? ¿Qué van a pensar de usted?… ¡Van a acabar convencidos de que es usted más vago que la chaqueta de un guardia!”, don Ricardo se venía arriba y matizaba con guasa: “¡Yo con esa intención voy!… Con la de no hacer nada.  Lo que pasa, es que nunca acabo de conseguirlo… nunca me dejan salirme con la mía!”

Se dará cuenta la amable lectora –y esto va dicho para que me siga motejando de “machista” una gentil corresponsal: ¡a ver si me lo explica!-, digo que se dará cuenta la afable lectora de que ahí tenemos un matiz reduplicativo muy interesante. Algo muy propio de la estructura lógica del habla castellana, que siempre habrá de resultar llamativo, porque, de manera implícita, pero evidente, busca –en una pirueta conceptual- negar la negación… No hacer nada, tomado en el más literal de los sentidos, equivale a hacer algo… Con lo cual se desface el tuerto… queda patente la sorna del antiguo secretario general de Comillas y se mantiene a buen recaudo la fama que siempre tuvo de eficiencia y de ser gran trabajador.

Pero mientras nos quedamos con la copla y la voluntad de no hacer nada –más aún diría: de hacer no-nada, que esto tiene también aprovechamiento semántico y práctico-, permítaseme otro travelling retro, una suerte de flash back nostálgico y sentimental.

Compongamos el lugar… Luminosa mañana de otoño, años setenta –digamos que hacia 1976 o 1977… Universidad Autónoma de Madrid, Facultad de Filosofía, mediados de octubre, clase de primera hora: Lógica Matemática. El profesor, Alfredo Deaño, ha empezado a presentar el curso. Ya ha indicado a los estudiantes cuáles son los objetivos que pretende conseguir con la asignatura.  Ha dicho que hay varios buenos manuales en castellano –el Garrido, el Sacristán…-, pero recomienda como como bibliografía principal sus dos volúmenes de Introducción a la Lógica Formal, publicados en Alianza Universidad. Empieza a desgranar el programa: primero, la cuestión terminológica –Lógica Clásica y Lógica Moderna, Lógica Formal, Logística, Lógica Matemática, Lógica Simbólica, Cálculo Lógico…-; glosa a continuación los apartados principales que se habrán de estudiar durante el primer semestre –la Lógica de Enunciados-; y antes de que le dé tiempo a hacer lo propio con la Lógica de Predicados, chirría una voz –atiplada, pero acre; desagradable, medio denterosa– e interrumpe el discurso de aquel joven maestro –que, por cierto, muy poco después habría de morir en plena mocedad académica…- con el consabido mantra de: “Y esto, ¿pa qué sirve?”

Quien, con enfado palmario y de manera estentórea se agita, puesto en pie y enardecido, es Carlitos… Sí. Carlitos. Llamémosle así. Es un muchachito que -enamorado de las canciones, de los jerseys de cuello vuelto y de las gafas redondas y doradas de Rosa león- lleva tiempo queriendo que lo admitan en la ORT; busca, a toda costa, fungir de meritorio … y le importa sobremanera que se note; que se vea que él no se amilana; y que desprecia todas esas sandeces de la Filosofía Burguesa en aras de la Revolución… Por eso, siempre que puede –como es el caso- mete baza y trata de distinguirse.

Gasta Carlitos una barbuca rala –una carrera formigues, dirían en Riosa. Luce una chiva que, aunque es fruto de no haberse afeitado en más de un año, malamente le cubre su carita-aniñadita-de-pijín-de-casa-bien, que ahora –queriendo freudianamente matar al padre, un falangista de pro, afiliado a la Hermandad de Excombatientes que lidera Girón de Velasco, el León de Fuengirolava de maoísta, de rojo de toda la vida y quiere congraciarse con otros tres compañeros –estos, ya, sí, de carné, de los que dicen que hablan de tú  a tú al camarada Inchausti. Y ya de paso, quiere Carlitos epatar a los dos policías de la secreta que están infiltrados-matriculados en el mismo curso. Se trata de dos ex seminaristas: uno, de Astorga, había colgado los hábitos poco antes de cantar misa; y al otro, se le habían tornado las aficiones mucho antes: no había sino estudiado el bachillerato en el seminario menor de Uclés. Los secretas, un si es no es alineados con la pregunta del intrépido rojelio, esbozan una sonrisa cuando el bueno de Carlitos le espeta a Deaño, por segunda vez, aquello que ya va dicho: “Y esto, ¿pa qué sirve?”.

“¡Para nada!”, le responde el profesor. “Esto a usted no sirve para nada. Ahora bien: ¿Quiere usted algo realmente útil?: ¡Cómprese una navaja suiza!... ¡Sí, hombre, sí!: ¡Una navaja suiza!” Y, del tirón, enumeraba las funciones de la chaira… “¡Esto sí que es útil!”, le decía: “Tiene hoja grande y pequeña, sacacorchos, abrelatas, destornillador, abrebotellas, pelacables, punzón, pinzas, palillo de dientes, tijeras, quitaescamas, quitaanzuelos, regla en cm y en pulgadas, lima para uñas y de metal, cincel, alicates multiusos, lupa de cinco aumentos, bolígrafo de presión, alfiler de acero inoxidable…”

La cara de gilipollas que se le quedó a Carlitos era como para haberla enmarcado. Y el descojone de la clase, creo que aún debe de resonar por Canto Blanco

Y ahora la moraleja: A estas alturas del curso, no quiero sino descansar, olvidar para hacer hueco; borrar el disco duro de mi cabeza para volver a reiniciarlo a la vuelta; desatender durante una temporada unas agendas que -¡ay!- otros me suelen marcar con mayor valimiento sobre mí que yo mismo… Trataré de no dar palo al agua, de hacer –si acaso- muy poca cosa… Voy, como Ricardo Lobato, con el ánimo decidido a no hacer nada… y, aunque suene a contradictorio, a intentarlo de veras. Ahora bien, como sé que eso habrá de resultarme imposible, trataré, cuando menos, de que lo que haga no tenga utilidad inmediata… Recomiendo a quien no lo haya leído, la lectura de un opúsculo de cierto interés -Nuccio Ordine: La utilidad de lo inútil, editado por Acantilado. Yo, en mi línea, aprovecharé para leer cosas inútiles, pero –al menos para mí- tremendamente fructíferas. El año pasado fue la Ilíada; éste, atacaré la Odisea… o la Eneida… o, de nuevo el Quijote… Por el mero placer del disfrutar… Veré y escucharé los DVDs de ópera. El año pasado fue Rossini; éste les toca a Donizetti y a Bellini… Verdi, una vez más, entero, en 2018, si Dios nos da salud… Saldré al monte a identificar pájaros… Y cuando me canse de descansar, contemplaré. Callaré, apagaré el telefonillo, desconectaré la tablet, desenchufaré el ordenador… dejaré los libros de lado, cerraré los cuadernos…

Quisiera poder responderle a un profesor que tuve en Oviedo, cuando niño. Se llamaba Santos Cañal, pero le motejábamos con el bonito y taurino nombre de El Cordobés… Dizque por su manera perfiladísima de entrar a matar a la hora de ponernos las notas… Era también guasón, del encaste de los zumbones. Por eso, cuando quería burlarse de algún estudiante pardillo, te interpelaba con aquello tan sorprendente -¡hablamos de guajes de diez a doce años!- que decía: “Tú, además de no hacer nada, ¿qué haces?”

A esto. A esto es a lo que me gustaría poder responderle ahora, convencido: “¡Nada!” … Le diría. “ ¡Ni hago nada ni quiero hacer nada!… Al menos durante el verano: ¡Que viva il dolce far niente!

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