Violencia contra las mujeres y religiones (2)

En el contexto del 7-NMarcha estatal contra la violencia de género, mi reflexión continúa tirando de este hilo. En España han sido asesinadas más de 43 mujeres en lo que va de año. La violencia de género es cotidiana en las noticias y en nuestros ambientes. Los cuerpos de las mujeres sostienen la vida familiar y social en todo tiempo, especialmente en los de crisis y sin embargo son los más violentados y vulnerados. La Conferencia Episcopal Española se ha pronunciado por primera vez ante la violencia de género, hace menos de un año, en la Instrucción Pastoral Iglesia, servidora de los pobres, pero apenas le dedica más que cinco líneas y en las parroquias rara vez se predica sobre la igualdad de género, se denuncia el patriarcado o se reflexiona sobre la necesidad de la construcción de nuevas masculinidades [por cierto, Jesús de Nazaret y San José son una buena referencia  de ello].

Como reclama la teóloga asiática Chung Hyun Kyung, es urgente incorporar la epistemología de los cuerpos rotos de las mujeres en la ciencia, en la cultura, en las religiones. Sobre todo estas últimas han de asumir también su complicidad en la perpetuación de la violencia y comprometerse con su erradicación. Para ello, han de revisar concepciones tradicionales sobre la autoridad y el poder masculino, la concepción negativa sobre el cuerpo de las mujeres, su identificación como objeto a disposición del varón y la exaltación esencialista de valores femeninos tales como el sacrificio y el aguante.

Hace más de 15 años el Consejo Mundial de las Iglesias, en un informe (Cartas Vivas),  llevado a cabo para analizar y abordar la cuestión de la problemática de la violencia contra las mujeres, se planteaba algunas cuestiones que todavía hoy siguen sin resolverse:

“No puede afirmarse que la iglesia, a lo largo de su historia, ha actuado en connivencia e incluso legitimado la violencia contra las mujeres, excluyéndolas de los procesos de decisión de la jerarquía y del testimonio  visible de la iglesia. Quizás esta sea una de las claves del por qué los hombres actúan de una forma tan abusiva hacia las mujeres en general y consideren este abuso como normal. Durante mucho tiempo la iglesia ha tapado el asunto de la violencia, quizá por temor a que dañe a su propia imagen ¿Ha llegado ya el momento de que los líderes de las iglesias  proclamen que la violencia contra las mujeres es pecado?(la cita es de Robin GURNEY, Springs within the Valleys. Reflections on the European response the Ecumenical Decade of Churches in solidarity with women, Conference  of European  Churches, Geneva, 1997, 47-58).

La práctica de Jesús de Nazaret con las mujeres resulta enormemente clarificadora, hasta el punto que un texto como el de la mujer adúltera (Jn 7,53-8,1) tuvo muchas dificultades hasta ser asumido como canónico.

La lectura reciente del texto de la escritora nigeriana Chimamanda Adichi, Todos deberíamos ser feministas, me ha devuelto la pregunta si todo esto no tendrá también que ver con el “imaginario dominante al uso” de un Dios que es varón y blanco y legitimador de poder  hegemónico y patriarcal. Quizás por eso, la imagen metafórica Dios es negra pueda ayudarnos en la ruptura con el patriarcado y la violencia de género al subrayar que las mujeres somos a imagen y semejanza de Dios; que nuestros cuerpos representan también a Cristo; y que su dignidad es inviolable. Todavía somos muchas las mujeres que esperamos que algún día se hable de todo esto en las iglesias y en las clases de religión.

Fotos: Chung Hyun Kyung y Chimamanda Adichi.

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