Vigilancia panóptica en la revolución digital

Ilustración del artista y activista Gianluca Costantini

La revolución tecnológica y digital nos ofrece un sinfín de herramientas con las que organizar, promover y fortalecer el activismo y la movilización ciudadana. Sin embargo, también otorga a los gobiernos represores un rastro fácil de seguir cuando quieren dar con las personas que están detrás del activismo digital.

Son muchos los países que legislan y actúan para acabar con el poder que tiene la generación conectada para promover cambios. En 2013 Bangladesh aprobó una dura ley de comunicación digital que permitía perseguir cualquier crítica sobre las actuaciones del gobierno. La organización Human Rights Watch denuncia que desde que se promulgara esta legislación, se han abierto 1271 acusaciones, muchas de las cuales implican a varias personas.

A finales de julio en Bangladesh un autobús atropellaba a dos niños que iban a la escuela, desatando una oleada de protestas estudiantiles que paralizaron la ciudad de Dhaka. El movimiento #RoadSafetyMovement, originado y alimentado en las redes sociales (Facebook fundamentalmente) se trasladó a las calles bloqueando distintas carreteras de la ciudad, exigiendo a los conductores que mostraran sus carnets de conducir y los certificados de inspección técnica que la ley obliga a tener en regla, pero que rara vez son requeridos por la policía.

Las movilizaciones, que originariamente exigían una mayor seguridad en las carreteras, se extendieron hacia una protesta contra la corrupción y la impunidad del gobierno de Sheikh Hasina y su partido Awami League. Tras varios días de manifestaciones, el gobierno apagó los servicios de 3G y 4G mientras la represión policial se tornaba violenta y desproporcionada. Al menos 140 manifestantes heridos y 30 activistas digitales detenidos por participar en la difusión de rumores y propaganda a través de Facebook; y habrá muchos más, teniendo en cuenta que la policía metropolitana de Dhaka ha identificado ya más de 1.200 perfiles de redes sociales que podrían acabar detenidos. Se ha llegado incluso a detener y torturar al famoso fotógrafo Shahidul Alam por la entrevista que dio a Al Jazeera y los post publicados en Facebook durante las movilizaciones.

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Las fotos, videos y mensajes que se utilizaron para movilizar a las y los estudiantes, son ahora las pruebas que se usan para detener activistas. Ahora muchos estudiantes borran como pueden el rastro digital de sus protestas; tienen miedo de compartir y apoyar digitalmente el movimiento #RoadSafetyMovement en #Dhaka. Otros aprovechan las redes sociales para interpelar a los medios de comunicación locales e internacionales pidiendo que cubran la historia.

Lo que está pasando en Bangladesh es un ejemplo paradigmático de los múltiples peligros que se avecinan por esa vigilancia panóptica que ya estamos sufriendo y naturalizando. El panóptico era una estructura arquitectónica que diseñó el filósofo Jeremy Bentham a finales del siglo XVIII, y que se usó fundamentalmente para las cárceles. Se trata de prisiones en forma de círculo, en el medio del cual se colocaba una torre que permitía observar a todos los prisioneros, sin que ellos supieran si estaban o no siendo vigilados en ese momento.

Lo alarmante del panóptico no es la estructura en sí, sino el impacto psicológico que ejerce. El hecho de que exista la posibilidad de ser observado, aunque no haya constancia real de que sea así, ya modifica tu comportamiento. Esta idea fue recogida posteriormente por Michel Foucault, que desarrolló la teoría del panóptico en su libro ‘Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión’ de 1975, según la cual, el poder busca vigilar a sus ciudadanos y ciudadanas con el fin de controlar y corregir su comportamiento.

El mero hecho de que nos sintamos vigiladas ya hace que nuestro comportamiento cambie. Cuando los activistas de Bangladesh vieron que el gobierno había vigilado sus perfiles de Facebook, lo que dijeron, las fotos que compartieron, los likes que dieron… la mayoría, presos del pánico ante las posibles represalias, borraron publicaciones, conversaciones o dijeron en sus perfiles que se habían equivocado con sus críticas al gobierno. Se quebró la movilización o, al menos, bajó mucho su intensidad por la cultura del miedo.

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Todo lo que compartimos en redes no solo se puede ver, sino que actualmente se vigila. Aunque muchas veces se nos olvide, empresas y gobiernos tienen una radiografía de los datos y huellas digitales que vamos dejando por la red. El activismo digital global tiene el enorme reto de encontrar y difundir los mecanismos de protección y gestión de la privacidad necesarios para evitar que esto suceda.

Y mientras, en los lugares donde nos creemos ingenuamente seguras, inquietémonos con lo actuales que son las reflexiones de Huxley en Un mundo feliz: “Esa manía de hacer las cosas en privado, lo que en la práctica se traduce en no hacer nada.

 

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