Vientos del Pueblo (en homenaje a Miguel Hernández)

Hace setenta y cinco años, moría el poeta Miguel Hernández , autor del Vientos del Pueblo, víctima de la (in)justicia y se unía así su muerte a las de Federico García Lorca y Antonio Machado… Poetas muertos de la sinrazón que también produce monstruos… pero que también –a la contra-  siguen despertando iniciativas, sugerencias, proyectos, bellos todos ellos, que rompen la experiencia local y la multiplican en el poliédrico espejo de lo global. Uno de ellos es el que, en este año, está buscando acercar a la sociedad española la realidad que viven las personas refugiadas procedentes de Siria en Grecia, reflejando, como en un espejo poliédrico , donde también nos vemos desde España, su dura vida y realidad a partir de la obra de Miguel Hernández.

Se trata del proyecto “Vientos del pueblo sirio” que, buscando apoyos para la movilización social, la solidaridad y la concienciación hacia los refugiados, se acerca a las personas refugiadas a través de actividades teatrales basadas en los poemas y textos de Miguel Hernández, a los que se añaden fotografías en una exposición itinerante y con documentales propios.

Las cuatro responsables de esta iniciativa (teatro y cine, fotografia y versos, concienciación permanente )  allá y acá son Mario Hernández, director de cine y teatro; Paloma Jiménez, trabajadora social; Rubén García, fotógrafo; y Soubhi Hamaui, refugiado sirio, hoy médico en Elche. Partieron a Lesbos el 25 de julio, para trabajar con la organización no gubernamental española ProemAid, una de las pocas que continúa en la isla, y la Fundacion Miguel Hernandez . Han representado obras de teatro .Y han permanecido en Lesbos hasta el 15 de agosto. Paloma Jiménez dice “cuando leímos Para la libertad fue muy impactante. En la cara de todos se reflejaba el mismo sentimiento que en los versos”

Porque los refugiados de allá son carne “sin norte que va en oleada hacia la noche siniestra, baldía. ¿Quién es el rayo de sol que la invada? Busco. No encuentro ni rastro del día”, que escribía Miguel Hernandez en ETERNA SOMBRA.

O carne invadida de pena . Como tan gráficamente reflejaba Gonzalo Fanjul en Abril: 

“Los refugiados y migrantes de Grecia se mueren de pena. Se matan de pena. Si, han leído bien, se matan. Se están suicidando. El otro día uno directamente se quemó a lo bonzo en el campo de Quíos en Grecia. También los hay que se matan duramente con una droga que se llama Shisha, también conocida como la matapobres. Es muy barata y te mata en seis meses. Aquí es una muerte que comparten refugiados y griegos desesperados en situaciones de precariedad que no podemos ni imaginarnos. Globalización del dolor y la desesperación, frente a eso sí que somos todos iguales”

Muertos de pena o niños a punto de morir porque unos 60.000 inmigrantes y refugiados siguen atrapados en Grecia, entre ellos 20.000 niños y unos 2.400 menores no acompañados, viviendo en una situación “dura y desesperada” que podría empeorar a partir de agosto, ya que muchas de las ONG que les prestan ayuda dejarán de recibir fondos de la UE, alerta Save the Children.

Y que sería imperdonable aunque tan solo fuera uno, un niño tan solo,  «muerto niño, muerto mío,/ Nadie nos siente en la tierra/ donde haces caliente el frío» que diría el poeta de Orihuela.

Lo sabemos. La vida de Miguel Hernández, sobre todo la que invade el poemario Viento del pueblo, está cargada de angustia y dolor; lo que le lleva al compromiso y en  definitiva, a la esperanza que tenían sus textos como bandera de sus poemas, incluso en sus últimos momentos, y que ha sobrevivido a su propia muerte.

Paralelismos forzados en dos “biografías-sintesis” que recogió el  periodista Alejandro Torrús: Por un lado un Miguel Hernández completamente destrozado y harapiento que cruzó huyendo  la frontera que separa España con Portugal. Quiso vender el reloj de oro que le había regalado el futuro Premio Nobel de Literatura Vicente Aleixandre y con ese dinero , desde allí coger un barco para América. En definitiva, huir de la barbarie. Delatado y entregado, moriría tres años después en una cárcel enfermo de tuberculosis.

Y por otro, Bahar, refugiada de Siria, que  huía del ISIS y de la Guerra de Siria y que vio como su marido fue brutalmente asesinado por participar en las protestas de la primavera árabe en Siria. Decidió viajar a Dinamarca escondida en una caja parecida a un ataúd y sobreviviendo a base de dátiles. Lo consiguió.

Para que miles de ciudadanos sirios – o de cualquier otro punto de la tierra – continúen llamando la atención y suscitando ayuda para que su final pueda ser diferente al del poeta, proyectos como este u otros que tú mismo amable lector o tu grupo generen, son imprescindibles. La hospitalidad es tarea de pequeños y grandes . Y muchas son las instituciones de Iglesia que lo hacen ( Red Migrantes con Derechos, Campaña por la Hospitalidad del SJM ,  etc ) junto con otras instituciones y asociaciones civiles Ya que el gobierno no facilita su llegada, opciones como la que os narro nos la acercan para seguir reclamando. No solo los imprescindibles  pasillos humanitarios tan bien planteados por la ejemplar Comunidad de San Egidio. Sino también trabajando con este y otros pasos por la reforma integral sobre las líneas de actuación política de cara a acoger, proteger, promover e integrar a los emigrantes y refugiados ( los verbos son del papa Francisco)  en una labor que vaya más allá de  tapar grietas al sistema.

Entre todos haciendo verdad lo que Miguel Hernandez gritaba en la dedicatoria de Viento del Pueblo (1936-1937):« Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplando a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas. Hoy, este hoy de pasión, de vida, de muerte, nos empuja de un imponente modo a ti, a mí, a varios, hacia el pueblo. El pueblo espera a los poetas con la oreja y el alma tendidas al pie de cada siglo.»

Un pueblo inmenso, pueblo de “refugiados”, calificativo que añadimos nosotros con atrevimiento aun a riego de romper el encanto del mismo verso. Vientos del un pueblo que a todos nos llaman a “esparcir  el corazón y a aventar la garganta”.

Quizás sea solo la poesía lo que nos queda ante el silencio de la administración pública. Los recursos para obtener la acogida y/o la reubicación  a través de las peticiones legales, no han dado resultado alguno.

Quizás en este aniversario de Miguel Hernández, lo único que ya “nos queda sea la palabra” que diría Blas de Otero. O los versos de Celaya hablando de la “poesía como arma de futuro” .

Quizás el año que viene nos olvidemos que el 28 de marzo de 1942 Miguel Hernández fallecía en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Lo hacía muy herido  y con los ojos abiertos. Nunca se negaba a mirar. Nadie consiguió cerrárselos. “No lo sé. Fue sin música./Tus grandes ojos azules/abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante,/cielo de losa oscura,/masa total que lenta desciende y te aboveda,/cuerpo tú solo,/inmenso,/único hoy en la Tierra,/que contigo apretado por los soles escapa”, escribió Vicente Aleixandre sobre su amigo Miguel.

Quizás esos ojos estén contemplando la tragedia de nuestro tiempo. La global tragedia del refugiado a la que cualquiera y desde cualquier acción, sitio, letra, o verso hemos de responder .

«Que mi voz suba a los montes / y baje a la tierra y truene, / eso pide mi garganta / desde ahora y desde siempre./ Acércate a mi clamor, / pueblo de mi misma leche, / árbol que con tus raíces / encarcelado me tienes, / que aquí estoy yo para amarte / y estoy para defenderte / con la sangre y con la boca / como dos fusiles fieles. / Si yo salí de la tierra, / si yo he nacido de un vientre / desdichado y con pobreza, / no fue sino para hacerme / ruiseñor de las desdichas, / eco de la mala muerte, / y cantar y repetir / a quien escucharme debe / cuanto a penas, cuanto a pobres, / cuanto a tierra se refiere ».

Quizás por eso escribo. Por eso canto. Por eso escogí hoy su eco.

Nota :  La fotografía de portada es del Diario Público 

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