La vida es una tómbola, ¡de identidad y separación!

LA DISPARATADA TÓMBOLA DE LA IDENTIDAD !!! Dibujo: Jorge Álvaro González @lineograma

El auge de las identidades elegidas nos enfrenta, cada vez más. Necesitamos construir narrativas que refuercen el valor de lo común desde el respeto a la diversidad.

Vivimos tiempos en los que cada vez es más complicado sentarse a la mesa y dialogar de política con aquellos con los que no estamos de acuerdo. Todos lo hemos experimentado. La sociedad se polariza y nuestra democracia se resiente. Es decir, hemos pasado de una democracia sentimental a una democracia resentida.

La crisis social, económica, pero también de valores ha desatado nuestros peores miedos. Estos alimentan nuestra necesidad de pertenencia y protección. Entonces, entregamos nuestra valiosa libertad e individualidad a colectivos identitarios a cambio de una supuesta seguridad que, más bien lo contrario, nos lleva al enfrentamiento.

Mi identidad define mi ser político.

La política ya no va sobre las ideas que pensamos. Se ha convertido en aquello en lo que sentimos que somos. Soy catalán, andaluz, feminista, católico, homosexual, musulmán, judío, caucásico, latino, asiático…

Hay un nombre para este fenómeno, Política Identitaria. Es la tendencia por la que la gente de un determinado grupo social, raza, género o etnia se organiza políticamente en torno a una característica identitaria común con el propósito de promover dicha causa.

Dichos movimientos son positivos cuando tratan de combatir y eliminar la discriminación a la que han sido sometidos dichos grupos. Es decir, cuando tratan de destruir la política de las identidades en favor de la igualdad, el respeto mutuo y la convivencia.

El movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos combatió las políticas de identidad para construir una sociedad donde se pudieran ver a las personas como individuos, en lugar de como miembros de un colectivo, y estos tuvieran los mismos derechos independientemente del color de su piel. En palabras de Martin Luther King en su famoso discurso: “Tengo un sueño, un sueño donde mis cuatro hijos pequeños no sean juzgados por el color de su piel, sino por su carácter y personalidad”.

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La identidad de un grupo se puede acabar definiendo en oposición al otro.

Las identidades se establecen en relación con una serie de diferencias que se han convertido en reconocimiento social. Pero existe el peligro de que la diferencia se convierta en vaga otredad para asegurar su propia certeza. Reclamar la propia identidad colectiva puede reforzar la dependencia de ese otro dominante, reforzando una jerarquía opresiva.

Escribía el profesor Michael Ignatieff hace unas semanas que “hay algo insaciable en el reconocimiento que exigimos por nuestras identidades en estos días”. Queremos ser reconocidos como iguales, pero también queremos ser valorados como individuos únicos. Queremos que nuestras identidades colectivas, como mujeres, como personas homosexuales, como minorías étnicas, sean reconocidas como iguales, pero también queremos que tengan un derecho único a la reparación y al reconocimiento. Y ante tanta petición, algún punto tiene que ceder, y lo que parece estar cediendo es la propia capacidad de la sociedad democrática liberal para mantenerse unida.

Un sistema político marcado por diferentes identidades puede fragmentarse fácilmente. Y si los valores, preferencias o intereses de dichas identidades son muy diferentes, es muy fácil pasar de la fragmentación al enfrentamiento. En Irlanda del Norte, católicos y protestantes ciertamente tenían identidades fuertes, al igual que los hutus y los tutsis en Ruanda, lo que no fue parte de la solución, sino del problema.

Otro problema, como ha señalado el profesor Ricardo Hausmann, es que le economía moderna necesita la movilidad de conocimientos diversos. Las sociedades abiertas educan y atraen a individuos que tienen variados y valiosos tipos de conocimiento y, al hacerlo, prosperan. Pero la política de la identidad tiende a rechazar a los individuos por sus diferencias, lo que limita la prosperidad económica de lugares y regiones.

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Pero el peligro más grande reside en que las identidades grupales pueden manipularse para obtener ventajas políticas.

Eso es precisamente lo que está ocurriendo actualmente con populistas de las extremas derecha e izquierda. Estos, a falta de ideas que resuelvan nuestros problemas, se dedican a alimentar nuestros miedos con identidades emocionales y resentidas que nos llevan a la defensa de lo propio rechazando al otro. Pero las identidades no son fijas, como tampoco lo son las reglas de conducta que ellas conllevan.

El filósofo Kwame Anthony Appiah escribe en su último libro que no existe una identidad esencial llamada negra o blanca. Para él, la identidad es una mentira que nos une cuando permitimos que nos encarcele, pero también es mentira cuando nos creemos libres para elegir nuestras identidades a voluntad.

Nos enfrentamos a un desafío que no podemos ignorar. La historia nos alerta de las consecuencias de hacerlo.

Políticos como Nelson Mandela y líderes como Gandhi son admirados, y con razón, por haber practicado una política y un lenguaje de la inclusión. Todos –blancos y negros, ricos y pobres– tenían cabida en las sociedades que proponían. Sin embargo, hoy parecen llevar la delantera quienes practican la retórica de la división y la separación: el muro de Donald Trump y las fronteras cerradas de Viktor Orbán atraen a gran número de votantes.

Por eso, necesitamos crear coaliciones que puedan superar nuestras diferencias, fortalecer nuestros bienes públicos compartidos, reconstruir los mecanismos para la movilidad social y económica y reconocer, una vez más, la identidad humana que tenemos en común.

Nuestra sociedad española, y también europea, tiene que trabajar para construir una narrativa compartida centrada en los valores liberales y demostrar que estamos orgullosos de nuestro modelo de estado, precisamente, porque encarna dichos valores. Se puede defender lo propio sin enfrentarse al otro y construir sobre lo que nos une, y no sobre lo que nos separa.

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Decía el Padre Anthony de Mello en uno de sus maravillosos cuentos que el hombre no es cruel por naturaleza. Se hace cruel cuando tiene miedo y es infeliz. Entonces, se entrega a una identidad: una ideología contra otra; un clan contra otro; un sistema contra otro; una religión contra otra. Y en medio, el ser humano es aplastado.

Somos lo que elegimos, somos el domicilio que habitamos, el menú que comemos, la copa con la que brindamos, el libro que leemos, el ocio que disfrutamos… Somos las decisiones superficiales y las más profundas, las que tomamos entre tómbolas y las que tomamos en serio. Somos muchas identidades y también ninguna. Somos diferentes e iguales. 

Por eso, sigamos el instinto de nuestro corazón, no de nuestra identidad, para evitar los errores y horrores del pasado.

OFERTAS DE ULTIMA HORA !!! Dibujo: Jorge Álvaro González @lineograma

1 Comentario

  1. Gracias, Ignacio, por tus reflexiones. Gracias a este post he descubierto el último libro de Kwame A. Appiah, con un título bien provocador (“The lies that bind”), un subtítulo bien interesante (creed, country, color, class, culture) y una temática bien actual (rethinking identity). Además, he visto que también Francis Fukuyama ha publicado recientemente sobre el asunto. Y veo que el debate, en Estados Unidos, está justo comenzando. Por ejemplo: https://www.nytimes.com/2018/08/27/books/review/francis-fukuyama-identity-kwame-anthony-appiah-the-lies-that-bind.html en el NYT, https://www.wsj.com/articles/politics-we-are-all-aggrieved-minorities-now-1536283248 en el Washington Post y https://www.economist.com/books-and-arts/2018/08/23/francis-fukuyama-and-kwame-anthony-appiah-take-on-identity-politics en The Economist. Habrá que seguir la pista a este debate y a esta cuestión. Gracias de nuevo, Ignacio.

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