Vida compleja, infancia medicalizada

Sento Briet
Psicólogo Clínico y Orientador del Colegio Nazaret
www.psicologosdealicante.es

La vida se ha complejizado y como consecuencia de ello las aulas muestran hoy situaciones cada vez más variadas, difíciles, con problemas individuales y grupales nuevos, que muchas veces los docentes no alcanzamos a dar respuesta. La infancia se ha transformado y hoy asistimos a la existencia de múltiples formas de vivir la infancia que plantean complejos desafíos a la sociedad en general y a la escuela en particular. Ante este complejo panorama, resulta preocupante observar como tiende a instalarse en el ámbito de lo escolar y con el aval de cierta ciencia, una nueva tendencia según la cual todo “problema” se trata en realidad de un “trastorno” y como tal, puede y debe ser “eliminado” de la manera más rápida posible.

En ese sentido, un Manual como el DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Desordenes Mentales de la American Psychiatric Association en sus diferentes versiones), no suele tomar en cuenta la historia, ni los factores desencadenantes, ni lo que subyace a un comportamiento, y limita las posibilidades de pensar y de interrogarse sobre lo que le ocurre a un ser humano. Cuando un padre o un docente encuentra problemas en el ajuste comportamental o emocional del menor suelen recurrir a solicitar ayuda a gran parte de los servicios privados o públicos relacionados con la salud mental y emocional infantil, se encuentran con una tendencia cada vez más generalizada: la medicalización de ciertos síntomas que manifiestan los niños o, por lo menos, aquellos que resultan ser los más molestos en el aula o el hogar.

La patologización de la infancia y posterior medicalización de la misma, ha irrumpido desde hace unas décadas en el discurso escolar y familiar como solución posible para terminar con la desatención, la hiperactividad o la dificultad para aceptar límites que manifiestan hoy no pocos alumnos en las aulas y en los hogares. ¿Es posible considerar al TDHA como un “diagnóstico-comodín”, que parece obviar las condiciones tan cambiantes que imperan en la actualidad? ¿No se estarán convirtiendo en patológicos algunos aspectos de la conducta infantil sin tener en consideración que se definen en un contexto social muy inestable? ¿Podríamos entender a los niños con dificultades para prestar atención en clase (desde un inicio “patológicos”) como sujetos con distintas posibilidades y que quizás que están atravesando momentos difíciles?

Tengamos presente que esta tendencia, si bien resulta relativamente novedosa en la población infantil, tiene sus antecedentes entre los adultos, padres y maestros e incluso los mismos profesionales de la salud. Apelamos con frecuencia y casi con naturalidad a “estimulantes” para rendir mejor en el trabajo, “antidepresivos” para anestesiarnos frente a ciertas pérdidas, o “ansiolíticos” para regular la perturbación emocional. De esta forma, se hacen presentes en el ámbito escolar ciertos discursos y prácticas provenientes del ámbito de la salud que pretenden operar sobre la infancia y definir sus principales problemáticas de la misma manera que han venido haciéndolo con los adultos. Es decir, ofreciendo soluciones rápidas y “eficientes” a los problemas que se presentan a diario, en última instancia “medicalizando la vida”.

Esto deriva en un efecto inmediato que es desresponsabilizar a las escuelas y las familias; la causa de la dificultad es atribuida entonces a supuestos déficits de carácter biológico de los niños, para los cuales existen paliativos bioquímicos. Este modo de proceder tiende a abordar, diagnosticar y patologizar a la infancia entendiendo que los obstáculos que se presentan en los procesos de enseñanza y de aprendizaje o los llamados “problemas de conducta” que expresan los niños en las escuelas, parecen ser suficientes para establecer un diagnóstico. Tomemos como ejemplo lo que sucede con los niños inquietos a los que les cuesta prestar atención en clase. Mientras múltiples estudios muestran que, la atención de los chicos de hoy en día es diferente, (básicamente múltiple: pueden escuchar música mientras conversan y responden en el chat) comprobamos a la vez el significativo incremento niños que llegan a las escuelas diagnosticados como “TDHA (trastorno por deficit atencional con hiperactividad) y por ese motivo, medicados con estimulantes y otro tipo de medicamentos (las estadísticas oscilan entre el 6% al 10% de la población de los niños en edad escolar (Soutullo, 2003). Tampoco parece saludable y/o educativo solucionar el problema patologizando a los niños como si algunas expresiones de su conducta fueran indicativas de una enfermedad que puede superarse con medicación y sin analizar que quizás puede ser un indicador de otras problemáticas.

Ojalá propiciáramos espacios de reflexión con los padres y docentes para trabajar con ellos y que consideraran las dificultades como diferencias y no como déficits o trastornos. Se me ocurren como principios de solución acercar a padres y docentes herramientas que favorezcan la posibilidad de entender a los menores de esta compleja sociedad actual, como sujetos que pueden aprender de otras maneras. Su papel hoy en día es protagonista y su función educativa, irrenunciable.

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