Víctimas de la Iglesia

Desde hace muchlibro-victimas-iglesia-ppcos años, somos muchas las mujeres que esperábamos este libro. Un libro que como nos dice Luis Aranguren, su editor, quiere hacer justicia al olvido deliberado que ha maltratado a las víctimas de la Iglesia, arrinconándolas y, en buena parte, confinándolas al silencio. Un libro que, lejos de ser un relato de morbosidad y resentimiento, lo es de esperanza y reconciliación, testimoniando, desde una experiencia narrada en primera persona, que  hay vida más allá de la noche de los abusos sexuales, que la recuperación es posible. Pero para ello es imprescindible que la Iglesia mire a los ojos a las víctimas y se comprometa con ellas “hasta el final”, exigiendo responsabilidades y desenmascarando la doble moral y la complicidad con los victimarios. (ver enlace: Homilía del papa por las víctimas de abusos).

Tres voces se articulan en el libro. La central es la voz anónima de la protagonista, que, desde el inicio del mismo, confiesa con desnudez y libertad conmovedora la finalidad de su testimonio:

Sé bien qué significa ser víctima de alguien que con su abuso maltrata el cuerpo, mata el alma y envenena el nombre de Dios. Sé lo duro que es reconocerse como víctima y comenzar y recorrer el camino que lleva a la supervivencia y desde allí a la vida. Sé cuánto odio somos capaces de sentir a causa de la traición de la confianza. Sé cuánto cuesta romper el silencio que nos ata a los agresores. Sé cuánto dolor experimenta quien se topa con Dios en el infierno de los abusos. Porque lo sé, porque lo he sufrido, porque hay vida después de los abusos, queremos dedicar este libro a todas las víctimas de los abusos sexuales en la Iglesia, que a causa del maltrato, la humillación, el rechazo, la banalización, el desprecio, la sospecha, la negativa a pedirles perdón, el miedo, la soledad, la depresión o la falta de esperanza, siguen esperando, aunque sea con rabia y desdén que la Iglesia les pida perdón, les tienda la mano y les diga: estaré contigo hasta el  final”.

Las otras dos voces son las de dos personas cualificadas con las que la protagonista ha atravesado la densidad de su infierno hasta ir poco a poco sanando su dolor y recuperando su vida, más allá del desgarro y la violencia del incesto espiritual, que es la expresión como la autora designa  a los abusos sexuales por parte de los clérigos.

Una voz es la de José Luis Segovia, sacerdote y acompañante espiritual y la otro la de Javier Barbero, psicólogo clínico. Para el primero, las victimas lo son primariamente de sus depredadores. Pero también de la Iglesia, que no asume sus responsabilidades y que participa de un  pecado de omisión e incumplimiento de un deber de diligencia y cuidado, ya que a menudo parecen estar más preocupados por querer preservar el honor de la institución y prevenir escándalos que por su apoyo incondicional a las víctimas.

Para Javier Barbero, en el proceso terapéutico son fundamentales dos cuestiones. La primera es la decisión de la víctima en ubicar su situación como tal en la centralidad de toda su existencia y anclarse en ella o en ir ganándole terreno y ubicarla cada vez más en la periferia. O dicho de otra manera, vivir asumiendo las cicatrices que van a recordar siempre que ha habido herida, o con la posición vital de vivir con las heridas abiertas para siempre. La segunda es la necesidad de romper el silencio y visibilizar de manera que transfiera su responsabilidad a quien le corresponde y no cargue sobre sí como culpa.

Por eso, como reivindica la autora, es a la Iglesia, independientemente de lo que hagan las instancias judiciales, a quien corresponde hacerse cargo de este mal con el que los agresores han corrompido a las víctimas. Es urgente desentrañar la verdadera naturaleza de los abusos y son las iglesias locales las que deben escuchar a las víctimas y crear para este fin espacios visibles en los que poder ser acogidas y curadas. De otro modo, es imposible que la Iglesia conozca el avance real del problema.

Paradójicamente, en medio de la violencia y el desgarro que constituye la experiencia narrada, el libro es un canto al amor  y a  la esperanza en un itinerario vital donde la fe ha sido sostén y agarradero para resistir y afrontar la violencia de quien la predica y la pervierte. Como afirma la autora: “Las mismas manos que administran el perdón y celebran la eucaristía son las que nos abusan y dominan, nos atrapan y agreden. Es un sacrilegio, y ese sacrilegio nos enloquece, nos destruye y nos convierte en culpables de un crimen del que en realidad solo somos sus víctimas”.

El libro es un relato de pascua, un relato de resurrección por la fuerza del amor, del Dios que desciende a los infiernos humanos y desde adentro y desde abajo acompaña, libera, es fuente de resiliencia y cuidado. Por eso, es también una confesión de fe en el Dios que actúa a través de las relaciones terapéuticas y sanadoras que acompañan y revelan que el amor existe, resiste y libera frente al poder del miedo, la violencia y las formas más sutiles e infames de engaño y dominación que en nombre de Dios intentan destruir lo más humano.

Comenzaba este post diciendo que hace mucho tiempo muchas mujeres en la Iglesia esperamos este libro, pero el viernes santo, en una meditación sobre el Crucificado después de leer un fragmento, al terminar la oración, se me acercó con timidez un hombre mayor que me preguntó si yo era la autora, cuando le dije que no, me respondió que llevaba  toda la vida esperando a que alguien se atreviera a escribir un libro sobre ese tema y que desde niño siempre le había preocupado mucho. Le miré a los ojos y él me abrazó.

Imagen tomada de: Vida nueva

3 Comentarios

  1. Hasta donde yo se, a día de hoy (2016) la Iglesia ha pedido perdón varias veces por activa y por pasiva. Injusto es manifestar lo contrario.

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