“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva”

Por Laly Serrano Pérez

Presidenta de Fides Banca Ética

Hace ya casi un mes sucedió esta pequeña historia de gente pequeña. Hace ya casi un mes … pero sigue dando vueltas en mi cabeza, y mi querido José Luis Fernández Fernández, poblador habitual de este blog, ha sido muy tenaz (y muy generoso) en su invitación a que la escribiera.

Todo comenzó como suelen comenzar todas las cosas importantes: con la llamada de un amigo. Esta vez fue mi amigo Diego Isidoro, antes misionero en Perú y ahora párroco en dos pequeños pueblos de Badajoz y delegado de migraciones de la diócesis. Diego tenía que organizar la jornada de convivencia que, con ocasión de la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2017, iban a celebrar en Mérida las tres diócesis extremeñas. Su idea era celebrar un día festivo, y también reivindicativo, en el que todos se sintieran acogidos, fuera cual fuera su lugar de origen, su historia personal, su pertenencia o no a movimientos de Iglesia o de la sociedad civil.

No era una tarea sencilla, y fue buscando amigos y colaboradores para encomendarles alguna de las múltiples tareas que tenía que acometer: café con dulces de bienvenida, visita al Teatro Romano y a la Basílica de Santa Eulalia, palabras de bienvenida del obispo, manifestación con pancartas, actos reivindicativos en la Plaza de España con asistencia de representantes del Ayuntamiento, eucaristía en la concatedral, comida compartida en el colegio de los Salesianos, convivencia con festival musical … Parecía una misión imposible con tanta actividad que tenía pensada.

Mi cometido era doble: invitar a la Plataforma Refugiados Extremadura para que participase como representante de la sociedad civil, y escribir un manifiesto reivindicativo a partir de la Revista Migraciones de la Conferencia Episcopal.
La invitación a la Plataforma era algo sencillo. Lo que no era sencillo era que asistieran. Ya habíamos tenido algún desencuentro, porque, lamentablemente, no es raro que nuestras creencias o ausencia de ellas, y sobre todo nuestros egos, se antepongan al objetivo común de defender a los más débiles. Yo sólo podía invitarles y esperar.

El día de la Jornada salí de casa algo desanimada. El manifiesto me había ocupado demasiado tiempo en una semana ya bastante complicada, aún no sabía quién iba a leerlo, y a un molesto madrugón en domingo, se sumaba la expectativa de una fría y larga jornada por las calles de Mérida. Pero el desánimo se esfumó en cuanto llegué al café de bienvenida.
No sé bien cómo explicar las sensaciones que tuve a partir de aquel momento. Era como si yo, aunque en medio de la gente, pudiera observarlo todo desde fuera, percibir todas las emociones circundantes. Así vi llegar a los más de 300 participantes, de más de veinte nacionalidades de cuatro continentes. Todos con sus pancartas de colores y sus sonrisas infinitas. Esas que brotan cuando uno se siente a gusto y listo para la fiesta.

También vi a la familia de Siria que llegó a Cáceres hace unos meses, con sus cuatro niños, pequeña avanzadilla de esos 17.000 que no acabamos de acoger. La casualidad quiso que se sentaran a mi lado en la Basílica de Santa Eulalia y que rezáramos juntos, nosotros el Padrenuestro y ellos alguna oración en su lengua. El padre me miró y se desvivió para explicarme, con muchas señas y más sonrisas, que ellos eran musulmanes y que, como tales, también querían a Isa. Y decía Isa señalado una imagen de Jesús que había cerca.

Al salir de Santa Eulalia, vi llegar a mi amigo Juan, de la Plataforma de Refugiados, que se unía a Mussa, de Guinea Bissau, para llevar una pancarta que pedía paz para el mundo. Y vi que a Diego se le iluminaba la cara y corría a su lado para saludarle con un “me alegra muchísimo que hayas venido, de verdad”. Comenzó la manifestación y al final, ya en la Plaza, Diego le invitaba a abrir el acto reivindicativo como gesto de agradecimiento y acogida. Y Juan siguió compartiendo con nosotros la jornada festiva de la tarde.

Después llegó la lectura del manifiesto. Lo leyó Mamadou, un chico de Costa de Marfil que vive en Cáceres. Me contaron que había llegado en patera hacía nueve meses y ya leía perfectamente en español. Le acompañaban los niños sirios, de los que se había hecho amigo inseparable. Sorprendentemente, al menos para mí, ellos también hablaban un casi perfecto español después de siete meses.

La mañana terminó con una eucaristía en la que los colores, los abrazos y las sonrisas llenaron una concatedral normalmente bastante gris. Aunque nuestro querido Paco Maya, en su homilía, en ese día dedicado por el Papa a los menores migrantes, sólo pudo recordarnos las lágrimas de Dios: Dios llora sobre el mundo, llora por todos sus hijos, sin importarle su procedencia, ni su religión, ni si quiera si creen en Él o no. Dios llora por los que están muriendo de frío abandonados a las puertas de Europa, por los que mueren ahogados cruzando el Mediterráneo, por los que sólo pueden escoger entre morir en la guerra o en la huida, por los niños y niñas migrantes que vagan solos, custodiados y explotados por las mafias… Dios llora, mientras nuestros gobernantes permanecen impasibles, la sociedad mira para otro lado, y los mafiosos y desalmados se llenan los bolsillos. ¿Y nosotros? ¿Qué hacemos nosotros?

Yo recordaba algunas de las cifras que había leído para escribir el manifiesto:

  • El 51% de los más de 65 millones de desplazados en el mundo y el 40% de los solicitantes de asilo son chicos y chicas; cuatro de cada diez de los que se han quedado atrapados a las puertas de Europa son niños y niñas; y también son menores el 34%, al menos, de los más de 5000 muertos en el Mediterráneo en 2016.
  • En España hay más de 3000 menores extranjeros no acompañados, según el último registro de 2015. Muchos de ellos viven en la calle o sometidos a los horrores de las redes de traficantes.
  • Según un informe de Europol, 10.000 niños refugiados desaparecieron nada más entrar en Europa a principios de 2016. Y continúan desaparecidos.
  • En Grecia, las ONG locales estiman que el 10% de los 62.000 refugiados varados en el país son menores no acompañados, 1.610 de ellos viven en la calle por la insuficiencia de infraestructuras, custodiados por las mafias como única opción.<\li>

Unas cuantas cifras, un dolor infinito detrás de cada número, una sensación de impotencia, de angustia, de rabia, de sinsentido …

Y en esto que, finalizada la eucaristía, me di cuenta de que habían llegado algunos de nuestros amigos de la Iglesia Evangélica Española, que venían de su culto dominical en Miajadas y avanzaban por el pasillo de abrazo en abrazo. Mientras llegaban a mi altura, miré el teléfono y vi que Ángel, mi amigo judío, me había mandado uno de sus mensajes filosóficos: “todos estamos llamados a reparar y a iluminar el mundo”. Y me dio por pensar que quizá esta historia pequeña, de gente pequeña, en una pequeña ciudad de la región más pobre de España, era el cielo nuevo y la tierra nueva de aquella visión. La tierra nueva en la que será posible vivir sin miedo al diferente, con la alegría y la tranquilidad de saber que contamos unos con otros, en la que nadie se encontrará nunca solo ni indefenso, y podremos proteger siempre a todos nuestros niños, vengan de donde vengan.

Fue un instante, pero ¿y si esa visión momentánea fuera un anticipo? ¿Y si fuera cierto que los pequeños son los únicos que pueden salvar el mundo? Por si acaso, habrá que seguir tejiendo pequeñas historias, todas llenas de gente pequeña, cada uno en su pequeño entorno, unidos a todos los visionarios que se animen, mayores y niños, vengan de donde vengan.

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6 Comentarios

  1. Gracias Laly por tu testimonio. Qué bonito eso de tu visión de los cielos nuevos. Lo compartiré en las redes. Necesitamos personas como tú que nos abran la mente y el corazón a la solidaridad. Gracias! Un abrazo desde trestalentos.com

  2. Definamos:
    Región
    Pobre
    España…
    ¡No lo será Extremadura!
    (¡Vive Dios!)…

  3. Gracias por compartir ese cielo nuevo y tierrra nueva” que se teje siempre con el encuentro; una bocanada de esperanza en medio de tanto dolor en el que vivimos… hay que seguir apostando por el cambio que emerge desde lo pequeñito, cómo bien lo dice tu amigo judío: “todos estamos llamados a reparar y a iluminar el mundo”.

  4. Ay Laly que bien lo dices y que gusto leer tu sentimiento. Me emocionas

  5. Da mucho y bueno que pensé este artículo, escrito desde el sentimiento razonado.
    Muchas gracias, Laly.

  6. ¡Qué dicha, Laly, haber vivido esa experiencia! Estoy contigo; si quizá no “los únicos que pueden salvar el mundo”, seguro que los pequeños son los que mejor nos van a enseñar el camino de esa salvación, y recordárnoslo si lo olvidamos o perdemos la fe en su existencia. Habrá que seguir dejando crecer el espacio respetuoso y el silencio atento para que esas manifestaciones de restauración de la creación puedan hacerse notar.

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