Según un informe presentado en Davos, hasta el año 2020 la robotización de nuevos sectores de la economía producirá más de 7 millones de desempleos en las 17 economías más importantes del mundo (El Economista)

Hay profetas que auguran el final del trabajo porque los robots ocuparán el 50% de los puestos de trabajadores actuales (2013. Carl B. Frey y Michael A. Osborne, Univ. Oxford).

Los pronósticos también auguran que, como consecuencia de la revolución digital, el otro 50% del trabajo será muy precario. Unos pocos con trabajos estables con salarios altos, poseedores de altos conocimientos y que dirigirán las empresas digitalizadas. Algunos trabajadores poco especializados y con bajos salarios. Y una gran mayoría sin trabajo.

Yo defiendo aquí que estas profecías aciertan sobre los efectos pero no sobre las causas. Y un diagnóstico que se equivoca en las causas es muy peligroso.

Yo sigo en esto a autores como Dean Baker en USA y Vicenç Navarro en España (Diario “Público” 12-07-2016) Veamos algunos argumentos que apoyan esta opinión:

1.- De suyo, el progreso tecnológico incrementa el PIB o el tamaño del pastel a repartir, lo cual es, sin lugar a dudas, positivo. Pero el problema radica en que desde los años 80 la tendencia económica que marcó la economía mundial (con líderes como Reagan, Teacher y Blair) consiguió que a las rentas del capital les tocara cada vez mayor parte del pastel en la distribución, mientras que a las del trabajo cada vez menor.

Nada menos que la Caixa, un organismo nada sospechoso de “laboralista”, califica este desequilibrio de “factor coyuntural” en los países del “primer” mundo (Claudia Canals). Entonces la causa no es la revolución  tecnológica sino el neoliberalismo que se apropia de las tecnologías para llevar el agua a su molino.

2.- Si la revolución digital causase la destrucción de empleo y el aumento de productividad, tendríamos que haber visto también en estas últimas décadas un crecimiento muy notable de la productividad, lo cual no es cierto.

De hecho, este crecimiento en USA, fue del (1,4%) mientras que antes de la revolución tecnológica fue del 3%, y sin embargo el paro permaneció muy bajo.

Autores como Claudia Canals y Vicenç Navarro señalan que una causa importante de la destrucción de empleo es “la pérdida de poder de los sindicatos” y “la debilidad del mundo obrero, especialmente en la Europa del sur”.

3.- Las áreas de servicios públicos del Estado de Bienestar, que son las que más número de trabajadores emplean, no ahorran trabajadores a causa de la revolución tecnológica, sino por los recortes de recursos destinados al sector.

De hecho, aunque la dependencia tecnológica es mucho menor que en áreas como las informáticas o de comunicación, sin embargo crean más puestos de trabajo no sólo de personal especializado, sino también de escasa cualificación.

Por otro lado, en los sectores donde más implantados están los medios tecnológicos, más se da que el trabajador continúa su jornada laboral en su tiempo de descanso o familia.

Bienvenida la tecnología que hace el trabajo más humano, más creativo y le evita las tareas demasiado peligrosas. Pero maldito el sistema que la usa para exprimir más al ser humano.

O sea, que el problema del desempleo o de la precarización no es la tecnología, sino para qué y para quién se usa ésta. ¡Qué bien si la robotización estuviera al servicio especialmente de las áreas de atención a las personas y a los grupos más vulnerables, como los niños, los ancianos…!

Si echamos la culpa de la pérdida de trabajo y precarización a la revolución tecnológica nos puede pasar como sucedió en la primera revolución industrial con las máquinas. Algunos obreros quisieron destruirlas porque las creían causa de su empobrecimiento.  Pero confundieron los efectos con las causas.

Pongamos cuidado en acertar.