¿Turisteas o contemplas… por París?

Ver París ¿y morir? ¿O vivir?

Por Marcela Villalobos Cid. Coordinadora del Programa “Welcome” de JRS Francia

Decía mi abuelita mexicana con un suspiro entrecortado: “Ah, ver París… y después morir”. Y claro, ¿quién no ha pensado en subir a la Torre Eiffel y admirar la Ciudad de la Luz?, ¿caminar por los Campos Elíseos durante una noche decembrina con lucecitas navideñas?, ¿perderse en el barrio bohemio de Montmartre? Ah, París, capital del amor, cuna de la moda, patria de los derechos humanos. Sí, todo eso es París, pero como toda ciudad que se respeta, tiene un aspecto menos conocido, menos visible, que les voy a compartir.

Yo llegué a París hace cinco años para hacer una maestría en Solidaridad y Acción Internacional; también, porque mi esposo es parisino, pero esa es otra historia. Una vez  instalada en nuestro departamento y habiendo comenzado mis clases de maestría, me dije que una manera interesante de entender la realidad de París y de conocer a otras personas, sería haciendo un voluntariado. Fue así que un día toqué a la puerta del Servicio Jesuita a Refugiados de Francia (JRS-Francia). Me recibió el director de aquel entonces, un jesuita muy agradable, y me propuso “ser tutora de personas que piden asilo” (asylum seekers). El trabajo del JRS-Francia consiste en acompañar personas que están pidiendo asilo en Francia, es decir, que han dejado su país de origen porque son perseguidas por razones de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social o por opiniones políticas, y si Francia les concede el asilo, entonces esas personas obtienen el estatus de “refugiado”. Ser tutor consiste en darse cita una vez a la semana para platicar, para que la persona practique el francés, para que aprenda a desenvolverse en París, para que se le explique cómo funciona la administración, pero sobre todo, para pasar tiempo juntos y para descubrir París juntos. Este voluntariado es una invitación a hacerse amigo de alguien que es nuevo y acompañarlo en sus primeros pasos de integración en este país de acogida.

Las primeras personas que acompañé fueron cuatro jóvenes de Afganistán. Al principio, nos dábamos cita para tomar un café y compartir nuestra semana. Después, les propuse diferentes actividades, así, fuimos al Louvre, a la Torre de Saint Jacques, al Museo Europeo de la Fotografía y a otros lugares característicos de París. Un día, mientras conversábamos, me dijeron: “nos encanta conocer París a través de tus ojos, pero ahora queremos que conozcas París a través de los nuestros”, a lo que yo respondí que sí, encantada. Me dieron cita a mediodía, fuera de la estación del metro Barbès-Rochechouart. Y ahí descubrí otro París, el de los migrantes. Había muchísima gente vendiendo todo tipo de cosas, desde cajetillas de cigarros, hasta tarjetas pre-pagadas de teléfono, sin olvidar los móviles de reconocida marca pero no del mismo precio. Primero fuimos a comer en un restaurante turco (entiéndase por ello un local pequeñito de zonas populares) un kebab (un sándwich con carne de cordero, lechuga, jitomate, cebolla y una especia que hasta el día no sé qué es), con papas a la francesa y “salsa” argelina, y para amarrar al final, o más bien, para ayudar a la digestión un chai (té en idioma dari) de menta bien azucarado. Después nos fuimos a caminar, me llevaron a todos los mercados donde ellos hacen las compras, con los paquistaníes, con los de la India, con los árabes. Cada mercado era una fiesta de olor para mi nariz y un regalo para mis ojos, descubrí las especias, las semillas, los productos típicos de cada lugar, y hasta productos comunes del mercado de México –la jamaica, los chiles jalapeños, el azafrán-  pero desconocidos para el mercado tradicional de París. Terminamos la caminata en la estación del metro Lachapelle. Y ahí vi, por primera vez, el campamento de los migrantes. Sobre la calle, pero debajo del metro aéreo, había tiendas de campaña, colchones, sillas, mesitas, trastos, vestigios de personas que ahí viven, duermen, pasan. Nunca hubiera imaginado que en la que se dice “la patria de los derechos humanos” tanta gente pudiera estar sobreviviendo sin condiciones dignas de vida. A la vista de todos y al encuentro de nadie. Y en silencio, comprendí que estos muchachos por ahí habían pasado. Entramos al metro, nos despedimos tranquilamente y nos dijimos “hasta la próxima semana”.

Muchos encuentros de este tipo siguieron durante mi voluntariado, alternando entre los lugares que ellos me compartían y los que yo iba descubriendo durante mi estancia en París. Cada barrio lleno de otros colores y otros olores, de gente sonriente, trabajadora, ingeniosa, que se las arregla para salir adelante día a día mientras esperan la respuesta de la administración francesa. Hoy en día el campamento de Lachapelle ya no existe, fue desmantelado por las autoridades, y los migrantes dispersados por otros sitios. Sin embargo, lo que sí continúa existiendo, es el trabajo de JRS-Francia y de otras asociaciones que se comprometen para acompañar a los migrantes (los que piden asilo, los refugiados y otros más) para que tengan acceso a sus derechos y a condiciones de vida justas y dignas.

Así que ya saben, la próxima vez que vengan a París, no duden en visitarnos, así los haremos encontrar a la gente que ha sido forzada a dejarlo todo, y que con coraje y esperanza, tratan de forjarse un futuro en estas tierras lejanas.

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