¿Venir al mundo?

Hay meses en que, al llegar el momento de escribir para esta página ya tan querida, veo cómo se agolpan demasiados problemas de gran relevancia que piden algún comentario, alguna reflexión en mí y en mis lectores. Fíjense qué lista cabe reunir en cosa de un momento:

  1. De nuevo el reproche general respecto de que pueda ocurrir que, incluso personas que prometen y faltan a los pocos días a sus promesas –por tanto, gentes que merecen algún descalificativo más bien fuerte–, sean precisamente quienes presiden el poder ejecutivo de nuestro país –por desgracia, no es en esto excepcional– una y otra vez (¿dónde están las vocaciones políticas de miras elevadas, sostenidas en una cultura profunda?);
  2. El asombro ante el éxito popular que se apresuran los encuestadores a hacernos creer que tienen conductas tan poco dignas;
  3. La cuestión de los nacionalismos resurgentes;
  4. La tragedia de ese comercio humano que media la emigración desde el horror del hambre y la guerra al casi paraíso económico de Europa y Norteamérica;
  5. El penoso refrendo de apariencia democrática que recibe la tiranía en países de extraordinario peso geopolítico (el caso de Turquía hace pocos días);
  6. La aparición en el horizonte de la -eufemísticamente llamada- eutanasia sufragada por el Estado –cuando se sigue sin poner el acento (o sea, sin poner realmente los dineros y sin establecer los correspondientes programas de formación de profesionales) en el derecho universal a una muerte acogida a cuidados paliativos que puedan restarle gran parte de sufrimiento físico y le proporcionen la atmósfera que en tantos sentidos debería ser el marco de un fallecimiento de veras humano–;
  7. El abismo que se abre ante quien se ponga a considerar por qué la eutanasia pasa por delante de la extensión general inmediata de tales cuidados paliativos.
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Este abismo es lo que quizá antes se confronta con uno cuando, como me ha ocurrido a mí pocos días atrás, se celebra el bautismo de una nueva nieta. Y precisamente en estos días en que parece urgente alzar una voz más a propósito de tan formidables problemas, lo que más bien me ocurre es que no deseo sino escribir, por ejemplo, una alabanza de este rito maravilloso que es el bautismo de los niños –una evolución del antiguo bautismo que yo respaldo con toda el alma, porque me parece en perfecta consonancia con algunos de los datos reales más poderosos y hondos respecto de lo que es la naturaleza humana–.

Traer a la vida –colaborar a ello, puesto que se nace en realidad siempre de la vida divina– a un niño y doblar su nacimiento con el sello en esperanza del Espíritu; nacerlo y renacerlo, mejor dicho, verlo nacer y verlo renacer (pero tan solo en esperanza y Espíritu). No he olvidado nunca las palabras de un viejo amigo, profesor mío, a quien di la noticia de que me iba a nacer mi primer hijo acompañándola con la observación de que venir a este mundo y tener que padecer tanto (el dolor, la maldad, las ausencias, el choque con los conocimientos más graves) y que gozar tanto (pero no siempre en la clara dirección del Cielo) era una aventura que me llenaba de cierta congoja, por más fe que tuviera. Él me respondió inmediatamente que ese hijo no venía al mundo sino a Dios. Debería haber añadido que venía a la sociedad de los santos, al cuerpo de Cristo, que aún rebasa con sus bondades tan cercanas al corazón humano el don desbordante de la soledad con Dios.

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Es temible, en un grado que no puedo exagerar, la posibilidad de que el carácter santo de la sociedad cimentada en Cristo apenas brille en medio del desastre. Como además no estoy seguro de que compartan muchos este miedo, el miedo se me dobla. Pero solo para formar un contraste perfecto con la esperanza absoluta, con la vida de Dios circulando por nuestras venas (por las carnales y por las espirituales al mismo tiempo).

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