En esta ciudad (El Cairo) se ven y se viven cantidad de imágenes y situaciones que taladran la retina y llegan al corazón metiéndose por las venas como una sangre nueva que circula por todo el cuerpo.

Hay situaciones de mayores y menores dimensiones e intensidades, claro está, pero es raro el día que no vivimos una de esas que te golpean, rompiéndote algo por dentro.

Hoy no puedo apartar de mi mente a aquel hombre, con su burro, con su carro, con su carga, con su galabeya (vestido tradicional egipcio), con su turbante…Conducía por medio de una de las principales calles de esta ciudad, una avenida de seis carriles y grandes edificios como el de la Unión Europea del que yo salía en ese momento.

Al salir de este imponente edificio que la Unión Europea tiene en El Cairo, mi atención es captada por este hombre con su carro lleno de vasijas; vasijas de arcilla hechas a mano una a una, que transportaba para vender. De repente veo que el burro hace un movimiento extraño y el hombre montado en el frágil carro con la frágil carga, pierde el equilibrio. El carro se vuelca, y con él, toda la carga, el hombre se cae de espaldas y piernas para arriba, las cántaras se esparcen por toda la calle, el tráfico loco, más loco aún; en un segundo, el fluido caos se convierte en un caos tremendo y colapsado.

La gente que presenciamos la situación rápidamente nos acercamos a intentar recuperar las cántaras y ponerlas de nuevo en el carro. Pero después de unos minutos de compasión activa recogiendo cántaras, nos damos cuenta que es inútil. Las vasijas están todas destrozadas, la mercancía es irrecuperable. Continuamos recogiendo pero ya no por solidaridad hacia el hombre sino por puro civismo, tratando de que las vasijas destrozadas no molesten al resto de los coches (porque, por supuesto, en esta gran avenida circulan burros, coches y todo lo que haga falta).

Recuerdo muchas veces a ese señor que a mis ojos protagonizaba una escena a caballo entre el siglo XIV y el XXI, porque así es como veo muchas veces los contrastes que conviven y que comparten calle El Cairo. Escenas de la Edad Media junto con escenas del siglo XXI fácilmente existentes en Nueva York. Una gran avenida cairota con seis carriles entre los que fluyen burros, carros, mercedes, lamborginis y todo lo imaginable e inimaginable, ahí junto, como si fuera normal.

Me impactó ser testigo de la fragilidad de su mercancía, de su trabajo, de su medio de vida. En dos segundos se destrozó el trabajo de sus manos y su sustento. En cuanto pudo ser esquivado, los demás coches del siglo XXI lo adelantaron y siguieron hacia su camino. Una vez que conseguimos apartar de la calzada los pedazos rotos, continuamos con nuestro camino, a la siguiente reunión en agenda; él se volvió a su casa con las vasijas destrozadas.