Herman van Rompuy, que fue Presidente del Consejo Europeo entre 2009 y 2014, tuvo la ponencia inaugural de la conferencia “El papel de los cristianos en la Europa actual”, celebrada en la Capilla de la Resurrección / Capilla para Europa de Bruselas, el 20 de enero de 2016. A continuación ofrecemos la primera parte de su intervención.

La Unión Europea (UE) se creó apoyada en valores. No fue en primer lugar un proyecto económico. Fue nuestra respuesta a la crueldad y la barbarie de la Segunda Guerra Mundial y todas las guerras precedentes. La Unión se apoyó en la reconciliación entre las naciones y, así, en la restauración de la dignidad humana y el valor irreemplazable de cada persona humana. Renunciamos a la venganza. Al deshumanizar a los otros, inexorablemente nos deshumanizamos a nosotros mismos en una imparable espiral de violencia y odio. La UE detuvo esta evolución fatal.

Herman van Rompuy en la Capilla de la Resurrección. Enero de 2016

Herman van Rompuy en la Capilla de la Resurrección. Enero de 2016

La caída del Muro de Berlín también se apoyó en los valores. Fue una victoria sobre el engaño, sobre la dictadura, sobre la ignorancia de la unicidad de cada ser humano. Una persona era solo un millón dividido entre un millón. Una persona era solo parte del colectivo. Entrar en la Unión significaba unirse a esos valores, que a menudo llamado los valores europeos.

El papel de los cristianos en la creación de la Unión fue crucial. No olvidemos que las dos ideologías que fueron responsables de las mayores atrocidades en el siglo pasado no tenían nada que ver con la religión y con el cristianismo. Los cristianos deberían continuar siendo los más firmes defensores de la idea europea. En el mundo de hoy, nos enfrentamos a nuevos y enormes desafíos, con fuertes implicaciones éticas.

La llegada masiva de refugiados de la guerra provoca dos tipos de reacciones, también entre los cristianos:

  1. El reforzamiento de las comunidades musulmanas en Europa es una amenaza al carácter propio de nuestras sociedades, a nuestros valores, a la cohesión social. Es un paso más de la islamización de Europa.
  2. Los refugiados de la guerra necesitan nuestra compasión como seres humanos, como víctimas del terrorismo y la barbarie; necesitan nuestra generosidad y nuestra hospitalidad. Podemos trabajar juntos por su integración en una sociedad multicultural. Podemos mantenernos firmes en nuestros valores públicos. La solidaridad también es parte de ellos.

El primer grupo considera que el segundo es ingenuo. El segundo grupo describe al primero como egoísta, movido por el miedo en vez de por la esperanza. Una mirada sabia es trabajar con un equilibrio entre el humanismo y el realismo. Es más fácil decirlo que hacerlo.

Permítanme comentar algo acerca de estas dos aproximaciones:

  • No deberíamos caer en la trampa de generalizar. Poner a toda la gente en el mismo lote y reintroducir la noción de una culpa “colectiva”. Esto sería un camino peligroso. Una repetición de los asaltos de Colonia o nuevos ataques terroristas podrían alimentar este sentimiento de “choque de civilizaciones”. Por tanto, resulta crucial que las voces de la moderación, la lucidez, el diálogo y la firmeza se escuchen más a menudo – en el lado musulmán así como en el lado del cristianismo organizado. Si no, las cosas pueden descarrilar.

Mi eslogan es “Una civilización, muchas culturas”. Nuestra civilización occidental se apoya en la democracia, el imperio de la ley, la igualdad de género, la no discriminación, la separación entre la Iglesia y el Estado, la economía social de mercado. Dentro de este marco debería haber espacio para muchas creencias y culturas. Necesitamos las dos piernas. Una vez que se acepta este modelo, el número de musulmanes o de otros creyentes resulta menos importante. El sentimiento general es que aún no hemos llegado allí.

  • Mi segundo comentario es que, detrás de la así llamada defensa de nuestros ‘valores’, descubrimos una aversión a los otros, un rechazo de la solidaridad, el lado egoísta de nuestras sociedades cuando se vuelven hacia sí mismas, el miedo de un individuo aislado. La defensa de los valores puede ser un pretexto o una excusa para un egoísmo no admitido. Esto es una evolución peligrosa.

En todo caso, los cristianos deberían permanecer como personalistas. Los humanos tenemos una dignidad inherente que nunca puede ser relativizada o disminuida, y de la cual otros seres humanos o la sociedad no tienen derecho a suprimir o violar. Los humanos  somos relacionales y los humanos somos seres que se comprometen, es decir, seres que asumen libremente la responsabilidad de nuestras propias vidas, pero también la de otros seres humanos y la de la comunidad en su conjunto.

Los cristianos nunca deberían olvidar que sus congéneres humanos hombres son personas concretas, especialmente aquellas que están en necesidad. Llegamos a ser personas verdaderamente comprometidas, moralmente comprometidas cuando nos enfrentamos a las personas que cruzan el Mediterráneo en medio del invierno, a los niños muriendo de frío o viviendo en tiendas en Calais. La mirada de los rostros de las personas puede cambiar nuestra opinión y nuestro comportamiento.