Del Valor y la Valoración

“Mujer con sombrilla y niño” (Monet)

Miguel Pérez Morey – Autor de blog personal

Fundación Hogar de San José

La riqueza del castellano tiene como consecuencia el maravilloso mundo de los sinónimos. Pero, en muchas ocasiones, éstos pueden llevar a querer utilizar uno sólo de los significados para cualquier situación. Sirva de ejemplo la palabra Valor. En la RAE aparecen hasta trece acepciones, más once en las que va acompañada de otra palabra. Por lo tanto, la utilización de la palabra Valor en el trabajo con personas, y más concretamente, menores nos puede confundir.

A todos y todas nos gusta una palmadita en la espalda, una alabanza delante del grupo, que te valoren una idea o un trabajo. Es algo que nos permite reforzar/mejorar/aumentar nuestra autoestima, básicamente cómo nos sentimos con nosotros mismos. Pero para ello primero tenemos que formar un autoconcepto coherente de nosotros mismos, qué es lo que creo de mi mismo y qué es lo que creo que sé. La autoestima tiene una doble base  Por un lado se fundamenta en la valoración subjetiva; por el otro se apoya en la información que llega de los demás sobre uno mismo. Este es el motivo por el que la palmadita, la alabanza… nos sienta genial.

Los protagonistas son las/os chicas/os a las/os que dirigimos nuestra intervención, en muchos casos terapéutica en su inicio y socioeducativa más tarde. Nosotros servimos y acompañamos pero eso no quiere decir que no podamos valorar nuestro trabajo. Parece que con la etiqueta vocación que nos auto-adjudicamos no podemos disfrutar de esos momentos. Hasta parece que no está bien decirlo porque ya está por supuesto que va implícito en nuestro quehacer. Me puedo imaginar cómo sería nuestra tarjeta de visita: “Trabajador de lo Social, invisible y modesto”.

Pero, ¿qué es valorarte?

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Una vez me preguntaron, en mi lugar de trabajo, si me sentía valorado. Mi respuesta fue algo desconcertante para la entrevistadora ya que, supongo, esperaba una respuesta tipo: “estoy (o no) contento con mis condiciones laborales, me siento (o no) muy integrado en el equipo, me siento(o no)  respaldado/apoyado por mi superior…”. Tras unos segundos respondí que me sentía valorado por los chicos con los que convivía, ya que eran ellos quienes me daban un valor, quienes me ponían en valor.

Cuando me replanteó, la pregunta dirigiéndola hacia la organización, mi respuesta continuó por la misma línea: “Me siento valorado cuando asumo las responsabilidades que me delegan,  cuando se cuenta conmigo para afrontar las dificultades y buscar soluciones, cuando participo en la mejora del proyecto educativo de centro y la implementación  de  programas innovadores… Enseguida se activó en mí el  miedo a parecer lo que no quería, un trabajador sumiso e ideal. Yo quería compartir con la entrevistadora mi autoconcepto, y por ende mi autoestima, de una manera lo más ajustada posible pero me hice un auto-boicot y en un alarde personal de comprensión empática, que nunca pude validar, le di la respuesta que creí que ella esperaba, aunque no me hiciera quedar bien: Un escueto “el sueldo es el que es, aunque pienso que merecemos ganar más por responsabilidad, por formación continua, por experiencia, por dedicación, por…” Paré cuando observé que la entrevistadora ponía gesto de querer cambiar de tema.

Es un ejemplo simple de cómo cada uno, la entrevistadora y yo, interpretamos o escogimos varios significado de valor, sin que uno descarte al otro.

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Cuando inicias tu vida laboral y tu opción es el trabajo con y para  personas, es posible que haya una parte vocacional que debe coexistir con la parte profesional, intentando  cada una de ellas hacer valer su papel: la parte vocacional agradar y la parte profesional aprender de prisa y de manera eficaz para lograr una experiencia reconocida en el menor tiempo posible. Y volvemos a lo de antes, a que te valoren. Y no queda otra que reconocer que es un necesidad personal, realmente enriquecedora cuando son las/os chicas/os quienes te dan el valor. Pero no por ti y tu ego, aunque un poco sí, sino porque has conseguido mover el foco, pasando de que te enfoque a ti a orientarlo hacia ellas y ellos. No cuesta mucho llegar a ese punto, ni hace falta tener años de experiencia,  es suficiente con hacer un ejercicio de unos cinco minutos, retroceder en el tiempo a cuando tenías esa edad y empatizar con ellos cuando deben enfrentarse a una madre o un padre que te ignora permanentemente, a una madre o un padre que no están presentes, disponibles y no son incondicionales de sus hijas/os, a sufrir abandono emocional.

Por eso, si los chicos y chicas nos dan un valor es porque hemos conectado y, poco o mucho, estamos reparando. Que les entiendes, sin justificar. Que estás sin juzgar.

Y llega el día que te escriben por Facebook tus niñas/os, hoy ya veinteañeras/os, para decirte lo que le diste a sus once años, en el breve tiempo que conviviste con ellos. Recuerdan que rieron y se sintieron muy bien en esos momentos tan difíciles de sus vidas. Pero nada es para siempre, no somos imprescindibles, aunque en algún momento pensé que estaría ahí para siempre, como si el tiempo se parara y ellos no crecieran. Pero luego aprendes a que tu papel es acompañarlos en su proceso resiliente que les permitirá ir separándose de ti porque cada dia te necesitan un poquito menos. Te das cuenta que todo pasa y todo llega. Después de tantos años a alguno le cuesta ponerte cara y nombre (como dice la canción: “La distancia es el olvido”) Si al final será cierto lo que decía Batman: “¿Qué importa cómo me llame? Se nos conoce… por nuestros actos”. Eso es lo que perdura en la vida de cada uno de ellos y ellas.

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En mi opinión, el valor es el que te dan ellos y ellas. Fuiste importante en un momento crítico en sus vidas. Quédate con eso ¡que es la leche!

 

 

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