Esta misma mañana se ha hecho pública la esperada encíclica del papa Francisco sobre la ecología. El título, Laudato si’, está tomado del Cántico de las criaturas de San Francisco de Asís, y lleva como subtítulo “el cuidado de la casa común”. Son casi 200 páginas en la traducción castellana, agrupadas en 246 números y acompañada de 172 notas a pie de página. Es, por tanto, imposible ofrecer aquí un resumen y una valoración detallada de la encíclica. Son seis capítulos, que siguen el esquema ya clásico del ver (capítulo 1)/juzgar (caps. 2-4)/actuar (caps. 5-6). En este comentario de urgencia nos limitamos a indicar y comentar siete claves de lectura para una encíclica y una temática urgentes.

[1] La clave científica. Antes de ser publicada, la encíclica y el propio Papa han sido duramente criticados por sectores conservadores, sobre todo norteamericanos, queriendo aplicarle el dicho popular “zapatero a tus zapatos”.  Sin leer el texto, ya estaban diciendo que había errores científicos, que el Papa no sabe de cuestiones científicas y no debe meterse en cuestiones polémicas. Ahora bien, cualquier Papa en cualquier  encíclica consulta a diversos expertos, como ha sido el caso. El análisis de situación que recoge el texto se basa, de manera clara, en los consensos científicos del momento. Y las afirmaciones son matizadas, ponderadas y equilibradas. Por referirme sólo a dos de las cuestiones más polémicas, sugiero leer el número 23 sobre el cambio climático o el núm. 133 sobre los organismos genéticamente modifi­cados. Analizadas las aportaciones de la ciencia, con sus claridades y sus cuestiones abiertas, “sin duda hace falta una atención cons­tante, que lleve a considerar todos los aspectos éticos implicados” (núm. 135).

[2] La clave ético-filosófica. Si bien en el terreno científico el planteamiento es mesurado, la encíclica contiene una crítica dura y contundente al “paradigma tecnocrático dominante” (núm. 101). No porque la ciencia y la tecnología sean malas, sino porque “la humanidad de hecho ha asumido la tecnología y su desarrollo junto con un paradigma homogéneo y unidimensional” (núm. 106). Pero es que, además, “el paradigma tecnocrático también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la polí­tica” (núm. 109). Por ello, estamos “ante la urgencia de avanzar en una valiente revolución cultural” (núm. 114) que permita superar la “gran desme­sura antropocéntrica” (núm. 116), sin caer en el biocentrismo ni “colocar en un segundo plano el valor de las relaciones entre las personas” (núm. 119).

[3] La clave política es también relevante para leer la encíclica, que ha querido presentarse con suficiente tiempo antes de la Cumbre de Desarrollo Sostenible en septiembre de 2015 y la Cumbre sobre Cambio Climático, en diciembre de este mismo año. La valoración global es clara y negativa: “las Cumbres mundiales sobre el ambiente de los últimos años no respondieron a las expectativas porque, por falta de decisión política, no alcan­zaron acuerdos ambientales globales realmente significativos y eficaces” (núm. 166). Tras hacer un llamamiento a una acción política que supere la estrategia electoralista y las visiones a corto plazo, el Papa reivindica “una política que piense con visión amplia, y que lleve adelante un replanteo integral” (núm. 197) y que deje de estar dominada por los intereses económicos, evitando “una concepción mágica del mercado, que tiende a pensar que los problemas se resuelven sólo con el crecimiento de los beneficios de las empresas o de los indivi­duos” (núm. 190).

[4] La clave social. El Papa Francisco está convencido de que se “debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres” (núm. 49). Como San Francisco de Asís, sabe “hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compro­miso con la sociedad y la paz interior” (núm. 10). Por ello, la encíclica habla de inequidad planetaria o de deuda ecológica entre el Norte y el Sur, y se convierte “en un llamado a la solidaridad y en una opción preferencial por los más pobres” (núm. 158) y denuncia, una vez más, la globalización de la indiferencia. Quizá sea esta una de las insistencias del documento, que no ve la ecología como una moda snob de burgueses acomodados, sino de una cuestión clave para las poblaciones empobrecidas de nuestra Tierra.

[5] La clave cultural. Esta clave se despliega al menos en tres asuntos, que solo podemos esbozar. Primero, “reclama prestar atención a las culturas locales a la hora de analizar cuestiones relaciona­das con el medio ambiente” (núm. 143), vinculando las amenazas a biodiversidad con los ataques a la diversidad cultural, sobre todo de las minorías empobrecidas. Segundo, reconoce que estamos ante “un gran desafío cultural, espiritual y educativo que su­pondrá largos procesos de regeneración” (núm. 202), tema al que dedica el sexto capítulo, sobre educación y espiritualidad ecológica. En tercer lugar, una relevante cuestión de género literario: como ya ha hecho en otras ocasiones, muy llamativamente en la exhortación Evangelii Gaudium, el papa Francisco acoge buena parte de los documentos de diversas Conferencias Episcopales de todo el mundo. En esta ocasión, hay más de veinte referencias, de países de los cinco continentes y de entidades de coordinación como el CELAM en América Latina o la FABC en Asia.

[6] La clave teológica. Aunque la encíclica está dirigida a todas las personas, creyentes o no (y esta es otra de sus novedades), hay en ella un desarrollo explícitamente teológico. Tras el primer capítulo dedicado a “lo que le está pasando a nuestra casa”, el Papa dedica el segundo capítulo a desarrollar el Evangelio de la creación: “la creación sólo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal” (núm. 76). Desde aquí se recupera el sentido de la gratuidad y la contemplación, el destino universal de los bienes y la responsabilidad en el cuidado de la creación, entre otras implicaciones básicas. “Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad glo­bal que brota del misterio de la Trinidad” (núm. 240).

[7] La clave espiritual. En línea con Juan Pablo II, el papa Francisco llama a una verdadera conversión ecológica, y añade: “quiero pro­poner a los cristianos algunas líneas de espiritualidad ecológica que nacen de las convicciones de nuestra fe, porque lo que el Evangelio nos enseña tiene consecuencias en nuestra forma de pensar, sentir y vivir” (núm. 219). Continúa indicando que “la conversión eco­lógica que se requiere para crear un dinamismo de cambio duradero es también una conversión comunitaria” (núm. 229). Hablará después de gratuidad y gratitud, de sobriedad, de humildad, de paz y de otras “sólidas virtudes” (núm. 211). Es curioso y significativo que la encíclica termine con dos oraciones (núm. 246), una para todos los creyentes y otra específica para los cristianos. Está en consonancia con los destinatarios de la carta, pues ya desde el principio de la encíclica dice el Papa: “quiero dirigirme a cada persona que habita este pla­neta” (núm. 3). Ojalá cada persona pueda escuchar este mensaje urgente y comprometerse en el cuidado de nuestra casa común.