Universidad y sistema educativo

Esta última semana ha habido distintas noticias, entrevistas y debates en los medios de comunicación, y muy particularmente en la radio, sobre la universidad española y el sistema educativo. Contrasta con la ausencia de planteamientos en el debate político sobre este mismo asunto. Claro que tampoco lo hay sobre otras cuestiones esenciales como el empleo-desempleo, las relaciones internacionales, la compatibilidad entre mantenimiento del gasto público y reducción del endeudamiento o entre crecimiento y mejora de medio ambiente. Y hay que advertir, por evidente que parezca, que plantear estas cuestiones no es afirmar que se va a crear empleo, fortalecer la Unión Europea, mantener los gastos sociales o mejorar el medio ambiente. Eso es propaganda mala y barata o en el mejor de los casos pura retórica.

Veamos algunos de los puntos más controvertidos sobre la universidad:

  • Número de universidades. El Rector de la Universidad Juan Carlos I y miembro del Comité Permanente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), Fernando Suárez, señala en el programa de Radio Nacional Futuro Abierto: “No creemos que haya un exceso de universidades… No es cierto que estemos por encima de lo que debería ser”. El problema no es tanto de universidades como de número de centros y titulaciones. Hay 82 universidades, 42 públicas y 40 privadas, pero entre todas imparten más de 2.500 grados y alrededor de 3.500 másteres. Así lo reconoce el Rector de la Complutense: “Hay inflación de títulos”.  
  • Número de universitarios. En el citado programa, Fernando Suárez afirma: “El equilibrio entre la formación profesional y la universitaria creo que en este momento es razonable”. En ese mismo sentido se suele destacar que la tasa de paro de los titulados universitarios es notablemente inferior a la de los demás. Se oculta con ello que la diferencia relativa de la tasa de paro de los titulados superiores en España respecto a la media europea y de la OCDE es mayor que la que se da en los de titulaciones inferiores y que el diferencial de remuneraciones entre los más cualificados y los menos cualificados es también más bajo. Los datos de Eurostat y diferentes estudios muestran que el grado de sobrecualificación (distancia entre la titulación y las exigencias del puesto de trabajo) es de los más elevados del mundo.
  • Calidad de las universidades. Reiteradamente aparecen rankings de muy diverso tipo que reflejan que las universidades españolas no están entre las mejores del mundo. Como bien señala Fernando Suárez, “los rankings intentan sintetizar una realidad muy compleja”. Hay diferentes ordenaciones según los criterios que se utilizan para establecer la clasificación y además no permiten ver que hay centros y profesores de muy distinto nivel incluso dentro de cada universidad. Así lo recalca el Rector de la Universidad Complutense, Carlos Andradas, cuando afirma que la clave, como ocurre en las sociedades, está en el nivel medio, la clase media. Un factor que puede acabar siendo muy negativo en ese sentido es la constatación que hace dicho Rector: “Ha habido un aumento muy importante de la precarización…Hay investigadores que siguen en puestos muy precarios, a veces con sueldos de figuras que no les corresponden”.
  • Estructura de las enseñanzas y plan Bolonia. Como es sabido se ha dado un fuerte rechazo al intento del Ministerio de Educación de implantar un sistema de “tres (Grado) más dos (Máster)”. Con razón se ha puesto de manifiesto que “hemos querido aplicar el modelo universitario y no hay dinero” (Javier Rivera Blanco, catedrático de Historia de la Arquitectura y la Restauración de la Universidad de Alcalá”). Eso ha venido acompañado de una elevación de los precios de las tasas universitarias, un 32% de media en los Grados y un 75% en los Másteres desde 2012 hasta ahora. De ahí el rechazo estudiantil y la afirmación del Rector de la Complutense: “tres más dos, así y ahora no”. Pasar a una estructura diferente requiere previamente una depuración de materias y contenidos, que reduzca sustancialmente el número de asignaturas y horas de clase; así como una organización diferente de los centros, departamentos y planes de estudio que permita reducir las clases magistrales, introducir tutorías con grupos reducidos, y mayor tiempo de los alumnos para estar en las bibliotecas y realizar seminarios y trabajos.
  • Teoría y práctica. Con frecuencia hay una queja de que la universidad proporciona una enseñanza demasiado teórica desconectada de la realidad y de la práctica de las empresas. La cuestión no es esa sino si la teoría es una buena teoría y, por lo tanto, conecta con la práctica. La formación científica es necesariamente abstracta, pues parte de conceptos que han de servir para analizar e iluminar muy diferentes realidades y circunstancias. Una cosa distinta es que deba haber centros de formación que partan más de la práctica que de la teoría. Actualmente la formación de profesionales exige mayores conocimientos científicos, pero eso no significa que la mayoría de los profesionales deban tener una titulación universitaria. Sería mejor distinguir la formación de profesionales de la formación universitaria propiamente dicha, como hace el sistema alemán, o como hace el sistema francés diferenciando entre escuelas de altos estudios y universidades.

Hay más puntos controvertidos, como los sistemas de evaluación de centros, profesores y alumnos, pero son inseparables de los ya señalados y exceden un espacio como éste. En todo caso, lo más relevante es afrontar una reforma del sistema educativo que garantice una cultura general para todos y que vayan a la universidad los que de algún modo tienen vocación científica. Mientras tanto mejor tocar lo menos posible el sistema universitario. Como destacaba el ya citado, Javier Rivera Blanco, los alumnos “Están peor formados en lo básico, en lo elemental, peor cultura general, pero saben muchas cosas específicas”.

Los enlaces se refieren a los siguientes programas de Radio Nacional de España: Futuro Abierto y No es un día cualquiera del 8 de mayo de 2016 y A hombros de gigantes del 9 de mayo de 2016

8 Comentarios

  1. Juan Ignacio, seguro que el agua de borrajas tiene alguna propiedad favorable. Bolonia, a la española, creo que ha sido (es) un fracaso.
    En cualquier caso, creo que habría que empezar por cuestionar la obsesión por la utilidad. Casualmente, después de intervenir en este diálogo, comí con un amigo profesor de filosofía del derecho, le comenté esta iniciativa y me recomendó un libro escrito por Nuccio Ordine: La utilidad de lo inútil, en Acantilado (9,50 euros, IVA incluído) Me lo compré y he empezado a leerlo. hay un capítulo sobre la Universidad, pero por lo leído hasta ahora creo que tu propuesta sobre la necesidad de recuperar el “trivium y quadrivium” va en su dirección.
    Seguiré informado.

  2. Gracias Manolo por tu comentario. Ciertamente no hay un mínimo consenso respecto a lo debe ser la universidad hoy día. Quizá por eso mismo el especial interés del debate y la necesidad de que se den respuestas políticas a la reforma del sistema educativo, pues sin cambios en los niveles anteriores al universitario cualquier reforma de la educación superior está condenada al fracaso. Por otro lado, convendría que el planteamiento de lo que debe ser no ya la universidad y la investigación, sino el conjunto del sistema educativo, se hiciese a escala europea. El intento de Bolonia ha quedado en buena medida en “agua de borrajas”.

  3. Juan Ignacio, gracias por iniciar este debate y también por ¡oh casualidad! por facilitar otra coincidencia con Ana.
    No es ningún misterio que la Universidad española está en crisis. Los motivos son muchos y se apuntan en el texto y en los comentarios. Creo que todo son ciertos y las diferencias son razonables.
    Desde mi punto de vista, el problema principal que afronta cualquier reforma universitaria es que no logra una respuesta consensuada a la pregunta ¿Para qué queremos la Universidad?
    El conocimiento ya no se genera ni exclusiva, ni excelentemente, ni prioritariamente en la Universidad y su capacidad de adecuación a los cambios (no de mercado que quienes me conocéis podéis fácilmente pesar que no me preocupan demasiado) sino a los derivados de la velocidad con la que se está generando conocimiento, con la que se está desplazando la frontera del conocimiento) que es es muy limitada.
    Como esto es así, y nadie se atreve a proclamar el final de la universidad, se utiliza para otros fines de los que le son (eran) específicos. enseñanza superior e investigación de excelencia científica) : la movilidad social es uno, pero el prestigio político es otro.
    La educación superior (sobre todo la orientada al mercado, pero no solo) está dejando de ser un coto exclusivo, sino más bien, al contrario es un amplio espacio abierto, accesible y con mayor libertad que el que ofrecen muchos (¿todos?) los recintos universitarios. ¡Qué os voy a contar!.
    La I+D exige unos gastos que la sociedad actual solamente admite por su rentabilidad. Se ha impuesto, desde la propia Universidad la visión de lo útil. Y por lo tanto, la Universidad debe de competir y ser competitiva, luego debe de privatizarse , sino de en la propiedad del capital (la titularidad) sí en sus métodos de gestión, en la identificación de sus fines y en su su financiación.
    Será el mercado el que determine si hay muchas o pocas titulaciones, muchos o pocos centros , parados a empleados entre los egresados. La Universidad tiene que saber qué quieren las empresas, pero los empresarios no saben qué quieren (más del 90% con menos de diez trabajadores). No veo solución a corto o mediano plazo.
    En España, mientras hubo un consenso sobre el papel de la Universidad en la movilidad social, certificado en los hechos (yo mismo soy un ejemplo), nadie habló de calidad, hoy con los ajustes y el desempleo, todo el mundo critica (aunque se mantiene el objetivo de que los hijos estudien en la Universidad). Nadie quiere enterarse de que, a pesar de los pesares, la Universidad española sigue estando entre las 10 primeras del mundo en número de publicaciones científicas, solo interesa el debate sobre los sistemas de reclutamiento (endogamia) o las vacaciones.
    En todo caso y a pesar de todo, ser profesor de universidad es la mejor opción personal que uno pueda tener (si la tiene a su alcance, claro) para disfrutar de la vida (austera, eso sí).

  4. Gracias Ana (Brasil) y María Elena (Bolivia) por vuestros comentarios que abren aún más el debate. Al margen de las diferentes perspectivas que implica la situación de cada país, muy distinta a la de España, la escasa confluencia en los diagnósticos indica que sería necesario adoptar algún punto de vista que ayude a definir cuál debe ser el papel de la universidad en el mundo actual.
    Yo sí creo que el número de titulaciones de grado (antiguas licenciaturas) es importante. Si la universidad es el ámbito de lo científico, los grados debían, en mi opinión, coincidir con campos de conocimiento científico (física, química, matemáticas, biología, medicina, derecho, economía, sociología, etc.). Si nos remontamos a los orígenes de la universidad tendríamos el trívium y el cuadrivium; pero sin irnos tan lejos, a mediados del siglo XX, es decir hace nada, si existía esa coincidencia. El primer paso de la deriva que ahora nos parece natural, se dio con la titulación de Empresariales al desgajarla paulatinamente de la Economía. A partir de ahí todo tiende a adquirir carácter de titulación universitaria (científica) hasta llegar a lo que recientemente se ha considerado que no se debía admitir, un grado en ilusionismo o magia (ver noticia en el enlace con el diario El País: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/04/29/madrid/1461955617_133872.html). Dicho sea de paso a mí la magia me parece un arte fundamental. Si la universidad no es el ámbito de lo científico sino de lo profesional en general, al final todo vale. También la universidad Juan Carlos I tenía (quizás todavía la tiene) una titulación universitaria en maquillaje. No es causalidad que mientras las universidades españolas no están en general muy bien valoradas haya dos escuelas de negocios españolas que se consideran entre las diez mejores del mundo. En ese mismo sentido confluye la reflexión de Thomas Mayer en su libro “Economía: verdad o precisión”. Una cosa es que una buena teoría debe estar conectada con la práctica, otra muy distinta que una recopilatorio de “buenas prácticas” constituya un campo científico.
    Diferente es el caso de los postgrados. Sobre la base de un campo de conocimiento bien asentado, objeto del Grado o Licenciatura, pueden plantearse todas las especializaciones que se consideren relevantes y en donde se integren incluso campos de conocimiento muy diferentes. Cuando las titulaciones de Licenciatura eran de cinco años, los dos últimos solían ser de especialización, lo que ahora cubrirían los masters. Seguiremos debatiendo.

  5. En primer lugar, saludar y agradecerte, Juan Ignacio, por invitarme a este debate.
    En un tema tan controversial, por mi vivencia de más de veinte años como universitaria, docente y ejecutiva de educación superior en Bolivia, visualizo la necesidad de un gran cambio no solo de las universidades, sino de las empresas y de los propios profesionales.
    Las universidades comparten de alguna manera ciertas insuficiencias y uno de los problemas neurálgicos en la profesionalización entre muchos otros que refiere el artículo, sería la dicotomía de la teoría vs la práctica, que la primera debe privilegiarse para garantizar calidad formativa, y que en nombre de esta calidad, no todos deberían aspirar a una carrera universitaria, pero a la vez, ese profesional altamente académico, tiene dificultades a la hora de enfrentar la realidad, porque las empresas los consideran insuficientes.
    Mi respuesta a este dilema nada novedosa por cierto, es que lo académico y lo práctico en la profesionalización son indisolubles, por tanto importantes y necesarios y que sí porque no, todos podrían estudiar una carrera universitaria.
    Sin embargo, al momento muchas profesiones no encuentran un espacio de desenvolvimiento, por lo que a lo mejor dejaron de ser requeridas. Como también se puede ver profesionales desempleados, ávidos de reorientarse laboralmente en función del vaivén de una demanda, no más estudiando, sino trabajando.
    Paralelamente se aprecian necesidades no satisfechas, algunas de ellas, atendidas por especialistas no universitarios, que por lo general son pocos y aislados, que si las universidades así reconocen, podrían insertarse en su abanico de nuevas profesiones, comenzando por complementar con algo de teoría o reconocer directamente a estos profesionales formados en su práctica, como tales para ser escuchados y expandir esos conocimientos que en ocasiones se pierde con la muerte de estas personas.
    Para no desviarme del tema central, el punto es que a pesar de que se ha llegado a un límite de la insatisfacción, el anhelado cambio no se da desde dentro de las universidades, porque entre múltiples barreras, como ya se mencionó, sus intereses muchas de las veces no responden necesariamente a su encargo social o tienen estructuras rígidas e impenetrables con esos fines, pero también porque no son las únicas que tienen la responsabilidad de lo que se hace mal o dispongan de todas las soluciones en sus manos, por lo que se espera que la crisis subsecuente pueda resquebrajar lo que no funcionó para un resurgir y una renovación que tampoco sea unilateral, sino promovida y ejecutada por estos tres actores que puede iniciar con estos debates.

  6. Juan Ignacio. No vivo de cerca la realidad española universitaria, pero algunos resultados que colocas serian muy parecidos a los de Brasil. Aquí te dejo mis impresiones:

    – No creo que un excesivo número de titulaciones sea un problema. Lo de la duplicación de centros puede ser más problemático considerando que en España hay muchas universidades provinciales. Sin embargo, tampoco creo que esto sea un gran problema si se quiere reducir costes. Claro que hay un trade-off entre escala y diferenciación (esto lo sabemos muy bien los que somos de Economía Industrial), pero me parece que hay soluciones institucionales para esto (por ejemplo: convenios inter-universitarios para compartir la capacidad instalada).

    – No soy favorable a que la universidad se direccione plenamente al mercado, aunque la universidad no debe estar ajena a las necesidades de cualificación del mercado. La diferenciación entre la formación aplicada (para el mercado) y la básica (más académica) fue introducida por Bolonia a través los ciclos, pero creo que se ha producido un efecto perverso. El ciclo de formación para el mercado es más barato -en términos relativos- que el ciclo para la ciencia. Todas las tasas aumentaron, pero es que maestría y doctorado aumentaron más. Esto es un problema. Creo que la formación en estas fases, si son direccionadas para el mercado, pueden ser más caras. Si son para la formación de científicos, deberían ser subsidiadas.

    – Mucho cuidado con los rankings de universidades y con quién los hace. Normalmente, las universidades anglosajonas (de espíritu más mercantil) dominan el mundo universitario y facturan encima de los resultados de estos rankings. Las sociedades latinas funcionan con otra visión de mundo y aunque imitan a las anglosajonas no consiguen adaptar sus instituciones porque el espíritu comercial o mercadológico no existe (y eso es algo con lo que se nace).

    Un abrazo y un placer saludarte.

  7. Gracias Esteban por tu comentario, que amplía un debate que creo muy necesario

  8. Me parece muy interesante y acertado lo que dices, Juan Ignacio. Creo que muchas de las insuficiencias que tiene la Universidad pueden percibirse a la luz de una diferenciación que se establece en Management. Allí se dice que una empresa puede orientarse por criterios de oferta o en atención a la demanda. Desgraciadamente, la Universidad se organiza a veces más por intereses o criterios de ciertos “propietarios” internos que por los intereses de la sociedad o de los alumnos. Por ejemplo, a menudo los curricula formativos no suelen establecerse solo pensando en los alumnos y la sociedad, sino que en muchos casos se introducen intereses de ciertos docentes o departamentos. Algo semejante sucede con la amplitud de la oferta desde el punto de vista cuantitativo, lejos de las necesidades sociales y la demanda, ya sea por defecto por exceso. También sucede con la insuficiencia de coordinación respecto a los contenidos. A veces se invoca la libertad de cátedra como un justificante para la arbitrariedad, y en ocasiones para el egoísmo más descarnado

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