Si la acción universitaria quiere hacerse cargo de las exigencias normativas de la realidad humana y no humana, de la justicia y de la ecología, tiene que reconstruir el puente que el desarrollo cultural y científico ha roto en la Modernidad. Señalaba Benedicto XVI en 2011 en su discurso ante el parlamento alemán, que en medio de la abundancia de conocimientos científicos el conocimiento de lo justo y nuestra relación con la naturaleza “se ha hecho todavía más difícil”. La idea de naturaleza y el trato con lo natural, se ha reducido a su sentido funcional, privándola de su dimensión axiológica y ética. Desde ahí, no es posible una lectura normativa de nuestra relación con la naturaleza que habitamos ni con la naturaleza que somos en tanto que sujetos vivos. Paralelamente, nuestro ejercicio de la razón se ha reducido para realizar una comprensión puramente científica del mundo y, por tanto, capaz sólo de ofrecernos una imagen del mundo a través de los datos que nos proporcionan las ciencias, pero incapaz de alcanzar el conocimiento del “deber ser”, de las cuestiones de valor que nos permitan orientarnos normativamente y por tanto discernir entre lo valioso y lo rechazable. Este contexto cultural, que reduce la cultura al ámbito de lo científico y expulsa de ella a todas las demás convicciones y valores, nos sitúa en una condición de “falta de cultura” normativa o del ámbito del valor (Benedicto XVI).

¿Cuál es entonces el problema radical de nuestra falta de cultura normativa, por qué se ha llegado a esta agnosia cultural? Es la mirada exclusivamente positivista y funcional ante lo real. Esta posición antropológica hace del ser humano un ser para conocer, utilizar y manipular el mundo y sus estructuras y a los otros, inclusive, la estructuras que conforman su propia realidad. Desde ahí, el ser humano no es capaz de percibir nada más que aquello que es funcional. Y por ello, está cerrado a las otras dimensiones de la realidad. Esta actitud de fondo implica una soberbia utilitaria y despótica desde la que no hay límites para el uso o transformación de la naturaleza y donde se anula el tiempo del proceso evolutivo. Con ello, se desprecia todo vestigio de lo originario de cada especie, del hábitat en el que se sostiene y se da una ruptura con el tiempo de los procesos naturales. A su vez, la explotación intensiva y extensiva de todo el medio ambiente planetario no se detiene ante el ritmo propio de reproducción de la naturaleza, no hace sostenible su huella ecológica, ni reacciona eficazmente con la amenaza del cambio climático global,  ni ante los daños sociales que provoca.

Tanto la tecnología como los conocimientos científicos tienen que integrarse en un marco mayor y en una nueva sensibilidad. Es necesario “volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo” (Benedicto XVI). Ampliar nuestro ejercicio de la razón exige ampliar nuestros registros en el acceso y en el trato hacia los seres naturales y para ello es preciso modificar nuestra actitud fundamental ante lo real; acceder a una nueva sensibilidad, un “corazón dócil” hacia las enseñanzas de la naturaleza. El movimiento ecologista ha manifestado en las últimas décadas su denuncia ante los límites de la razón positivista por su incapacidad de armonizar la actividad humana con su existencia natural. Queda ahora el desafío urgente de reconstruir el acceso normativo ante lo real. Para ello, las culturas negadas como infraculturas por la Modernidad, la de los pueblos originarios y sociedades tradicionales tienen un papel que jugar. Y aquí converge la capacidad civilizatoria también de la espiritualidad cristiana en la tarea de recuperar las exigencias de justicia ante los seres naturales y la creación y ante la propia naturaleza humana en riesgo de manipulación. Por ello, la tradición cristiana tiene hoy una función tanto a nivel de la ecología política como de la “ecología humana”, esto es, ante la gestión y el respeto de la vida y la identidad humana ante el futuro. Es una tarea en la que las iglesias cristianas ya están embarcadas. La lectura creyente ante la realidad que reconoce en ella a un Dios creador y sostenedor del mundo, nos invita a respetar la naturaleza; a un particular “reencantamiento del mundo” que supera normativamente el moderno “desencantamiento del mundo”, ya que conduce a relacionarnos con el mundo que somos y habitamos desde el deber de respeto y de cuidado. De este modo, se da un espacio de convergencia desde la tradición cristiana, y en ella la tradición ignaciana y jesuita, junto con otras religiosas y seculares, que permite otro acceso normativo ante lo real y puede orientar de otro modo la actividad de la universidad.