La misión de la universidad ante la era digital

En la revolución digital que estamos viviendo se cuestiona continuamente el rol que deben jugar todos los agentes sociales. Entre ellos, también la universidad. Si la universidad es escuela de conocimiento, y éste no hace más que avanzar a una velocidad vertiginosa, no queda otra que volvernos a cuestionar qué debe representar hoy en día la universidad.

Desde que en 1930 Ortega y Gasset escribiera “La misión de la universidad” parece que ha existido cierto consenso. La universidad ha de ser un espacio para generar conocimiento, sí, pero también para formar profesionales. La principal aportación del filósofo madrileño fue señalar que la formación superior del individuo debía completarse de una forma integral.

Así, tres eran, para Ortega, las misiones de la Universidad: la enseñanza para la formación de profesionales, la investigación (científica y humanística) y la difusión de la cultura. No se han cuestionado mucho estas tres funciones obvias, si bien es cierto que el peso otorgado a cada una de ellas varía sustancialmente de una institución a otra. Hasta tal punto que en algunos casos, la investigación o la cultura quedan reducidas a la mínima expresión. Sin embargo, prácticamente todas las instituciones universitarias, al menos en el mundo occidental, se han convertido en auténticas escuelas profesionales.

Por las aulas universitarias han pasado los políticos, empresarios y directivos de nuestra sociedad. Personas cuya labor profesional les ha convertido en destacados ciudadanos con un papel preponderante. No merece la pena ni siquiera comenzar a enumerar; no terminaríamos. Ello nos hace concluir que, efectivamente, al menos esta función de la universidad se ha cumplido con creces.

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Sin embargo, en el último Foro de Davos se afirmó que el 65% de los chicos que actualmente están escolarizados terminarán trabajando en puestos que hoy ni siquiera existen (ver noticia). Esto hace difícil vislumbrar la visión de la universidad. Ya ni hablemos de su misión futura, si el foco se pone en el fomento profesional como lo veníamos entendiendo.

El futuro profesional es ciertamente incierto. Resulta complicado planificar formación cuando no sabemos en qué trabajarán nuestros alumnos. No porque no lo sepan, que en muchos casos también es ésta una constatación real. Pero es que aún sabiéndolo, la evolución que vivirá el mercado laboral nos lleva a diseñar los planes de estudio desde otra perspectiva.

Dejo aquí de lado la inclusión de cultura y la ampliación de la frontera de conocimiento. No por importancia escasa, más bien al contrario. Sino por enfocarnos en la misión profesionalizante de las carreras universitarias.

Lo que las empresas ya comienzan a identificar es que más que necesitar a un profesional formado en una u otra profesión, es formar perfiles muy versátiles, con gran capacidad de adaptación al cambio. No podía ser de otro modo. No conocemos en qué trabajarán los ahora jóvenes estudiantes. Pero sí podemos adivinar ya qué conocimientos mínimos serán necesarios, qué habilidades serán requeridas o cuál debe ser su actitud en estos entornos VUCA –volátiles, inciertos, complejos y ambiguos.

Esas competencias requeridas deben ser foco de atención en la universidad. La formación por competencias ayuda, al mismo tiempo, a formar investigadores, profesionales resilientes y flexibles, y ciudadanos comprometidos con su sociedad.

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En realidad, no estamos contradiciendo a Ortega y Gasset ni a sus fieles seguidores.  Sólo estamos afirmando aquí que, efectivamente, la formación que debemos proporcionar no puede solo centrarse en formar en una profesión, sino en muchas profesiones. Porque los jóvenes de hoy se verán continuamente forzados, o puede que incluso motivados, a cambiar de trabajo, de profesión y de forma de vida. Raro sería que fuera de otro modo. Pero, en todo caso, sea de la forma que sea, no la podemos siquiera adivinar, así que mejor formemos en aquello que realmente sea útil y certero: en el cambio.

Imagen: www.farodiroma.it

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