De un tiempo a esta parte he escuchado en varios cursos decir que necesitamos construir una utopía como horizonte colectivo, un relato alternativo al modelo social actual. Sobrepasada por datos y noticias de un mundo que le hace la guerra al ser humano y a la tierra, hoy me sale esto.

Lo primero por lo que lucho es por una sociedad libre, ciudadanos y ciudadanas libres. ¿Qué es la libertad? Quizá una de las cosas más difíciles de conquistar, podemos morir en el intento, pero sin duda es uno de los deseos más maravillosos del ser humano, aquel que te permite VIVIR. Para mi ser libre en esta Europa del SXXI es entre otras cosas que en nuestro sistema educativo se incorpore la reflexión, la actitud crítica, la creatividad y la espiritualidad.

Ser libre significa ser plenamente tú mismo desde tu especificidad, y para ello creo en una sociedad donde la diversidad no sea castigada sino cuidada y escuchada, donde las fronteras sean naturales y donde las artificiales no sean signo de sufrimiento, sino punto de encuentro.

Sueño una democracia participativa, inculturada, donde las personas elegidas, hombres y mujeres a la par, puedan ejercer un liderazgo al servicio de las personas y de la vida. Veo una ciudadanía activa, formada, que marque el camino en la construcción de barrio, pueblo, región, país, continente y mundo.

Quiero vivir en un mundo donde la mujer al marcar el paso lo que veamos no sea un objeto sexual ni una cuidadora, sino un ser humano con una capacidad enorme de entrega, fuerza, rabia, inteligencia, espiritualidad y amor profundo. Quiero vivirme como mujer tanto si soy madre como si no, quiero que las personas que sean padres y madres puedan vivir ese milagro con plenas capacidades y disfrute, libres de estereotipos y miedos.

Sueño con niños y niñas que tengan la oportunidad de crecer en libertad, paz y desarrollando sus capacidades, aportando a la sociedad desde su risa, imaginación, inocencia y ternura. Niños y niñas que vayan a la escuela, que no reciban miles de regalos de basura material y publicitaria estereotipada, y jóvenes no sólo con derecho a soñar, sino a hacer realidad su sueño, jóvenes con futuro.

Que los niños, personas mayores o las que necesitan especial cuidado por enfermedades, capacidades diferentes o porque tuvieron que dejar atrás su país, sean razón de todos y todas, y no sólo de sus familias, que todos nos sintamos responsables de la vida. Que la vejez sea sagrada y la arruga admirada.

Quiero una economía donde el dinero sea un instrumento y no un fin, donde la persona sea el centro, donde el trabajo, la naturaleza, el alimento, los cuidados y la vida misma no sean objeto de mercado ni de codicias. Quiero un sistema económico que incorpore indicadores de calidad de vida.

Veo posible un mundo donde el consumo se vuelva un gesto consciente y fraternal, no libre de esfuerzo, pero basado en necesidades y no en caprichos, un mundo donde al consumir no veamos solo el precio, sino la huella ecológica y de personas que hay detrás de cada compra.

Y podría seguir, pero estas líneas no dan para más. Este mi aporte a un relato común por construir, un horizonte a la vez utópico, a la vez real. Un relato que se construye con la confianza de saber que hay millones de personas en movimiento, que ha habido millones de personas a lo largo de la historia que no sé preguntan si quieren cambiar el mundo, sino que actúan para cambiarlo desde su consciencia personal y de ciudadanía global.

Personas que con su fuerza, sueños, dignidad, valentía y sentido común han cambiado el relato y el mundo. Aquí va uno de esos relatos que cambiaron el mundo.