Fijaos, por favor, queridos amigos lectores, en estas palabras de cierta carta que estos días he recibido:

“Según entiendo, lo que pasó con nuestro buen y querido amigo fue producto de un continuo desencanto de las instituciones que parecían regular y definir su vida: la universidad politizada y usada en función de intereses económicos; la filosofía como recurso de legitimación de esta dirección universitaria; la Iglesia, que en lugar de hacer frente a la corrupción parece fomentarla; sistemas bancarios y de prestación de servicios públicos que continuamente estafan a los usuarios; causas revolucionarias traicionadas constantemente; y, finalmente, el matrimonio que parecía refugio seguro y, lamentablemente, terminó para él en un divorcio doloroso. Ante esto, decidió alejarse de los grupos de contacto, primero dejó de usar el teléfono móvil y luego se alejó de los grupos de amigos.  Parece que esas situaciones terminaron por empujarlo al abismo y la filosofía no pudo contenerlo…o acabó de arrojarlo, en verdad no sé. El fin de semana pasado llamó a su familia y le dijo que iba a suicidarse en un lugar de nuestra ciudad y así fue. Lo buscaron durante varios días hasta que lo encontraron sin vida en un paraje solitario.”

Ese amigo bueno y querido, con el que he recorrido tres de las más hermosas ciudades del mundo –sin cuidado de adentrarnos ambos por los vericuetos menos recomendables para paseantes, porque él las conocía como la palma de su mano– era, en efecto, una de estas personas de veras interesadas por la realidad y el bien; y por eso mismo, había llegado a ser extremadamente vulnerable. Hasta en su físico se hacía patente esta apertura a lo que nos rodea, en la que van combinados el amor a todo lo que naturalmente es y, muchas, demasiadas veces, la repugnancia a lo que la voluntad torcida de los seres humanos ha montado luego por encima de las cosas de verdad –este teatro del mundo en el que se quiere dar a entender que se ha introducido cuanto de realidad existe, de modo que no quepa a nadie y a nada permanecer al margen, libre, pura criatura de Dios–.

Mi amigo estaba enrolado, como lo estamos todos, en una larga serie de instituciones que parecían regular y definir su vida. Ahí está el punto doliente. No nos entreguemos a ninguna de tales instituciones tan insensatamente que quepa también decir esto mismo de nosotros; atengámonos al texto lucano del evangelio del domingo en que escribo: Quien no “odie” [a todo este montaje que se superpone a la verdad]…

Por supuesto, de lo que realmente se trata es de postergar, ordenar, entender qué es primero y en qué se debe poner el corazón si aún no está puesto en ello. Hay que atenerse al unum necessarium; hay que aferrarse a él con todas las fuerzas; hay que amarlo con todo lo que somos, para entonces, después, amar al resto con justicia.

La filosofía de mi amigo, pese a estar fundada en gran medida en la de cierto pensador católico hoy célebre, no daba para sostener la esperanza más allá del desaforado dolor de tantas y tantas decepciones… Pero lo esencial es que jamás pueda decirse de la Iglesia –ni de la institución en general ni de ninguna iglesia local– lo que mi informante ha escrito. Que jamás pueda decirse tampoco de la Universidad, de ninguna universidad, lo que ahí arriba habéis leído.


Photo Credit: <a href=”https://www.flickr.com/photos/123851005@N06/16294375371/”>Álvaro Reyes</a> via <a href=”http://compfight.com”>Compfight</a> <a href=”https://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.0/”>cc</a>