Una sociedad con parálisis histérica

¿Somos una sociedad paralizada? La impotencia de mucha gente ante el cambio social parece dejarnos presos de la inacción, desconfiados de las alternativas, sin comunidad con la que comprometernos en construir otras opciones. Padres que no saben qué hacer con las pantallas de sus hijos, gente que no encuentra alternativa al consumismo, parejas que no se entregan uno al otro por si acaso aparece otro al que entregarse. Estamos paralizados ante falsos dilemas.

Los psicólogos Neal Miller y John Dollard realizaron antes de la II Guerra Mundial un experimento que se hizo célebre. En su laboratorio dieron a unas ratas la opción de acceder a una comida que suponía también una descarga eléctrica. La clave era que las ratas se encontraban que el premio de la comida y la carga de castigo estaban equilibrados, dudaban si compensaba. A veces era poca comida y poco castigo, mientras que otras veces era una comida muy buena y un castigo mayor. La conclusión era que la mayoría de las veces la contradicción llevaba a que las ratas se colapsaran y cayeran en la inacción, la impotencia de elegir.

Nuestra sociedad está llevándonos al Síndrome de las Ratas de Miller y Dollard. Por un lado el consumismo e individualismo nos castiga con fracasos familiares, insostenibilidad del planeta, estrés,  vacío, etc. Pero por otra ofrece la cantidad suficiente de comodidad, vanidad, adulación, sensación de poder y placer para que compense. Una parte se niega, otra parte acepta y mucha gente se siente paralizada ante el falso dilema. No opta por alternativas más sanas, sostenibles y morales, y tampoco se mete a hocicar en el utilitarismo consumista. Está paralizada entre la confusión y la impotencia.

Tanto el modelo utilitarista del capitalismo como el modelo populista del estatalismo siguen el paradigma de las bebidas súperazucaradas. La bebida es dulce, sabrosa y adictiva pero nunca sacia, es cara y perjudica la salud. Somos a la vez autores y víctimas de una cultura súperazucarada que con frecuencia es cínica, en gran parte pornográfica y otras veces melodramática. En los contenidos de las redes sociales uno se puede encontrar todo ello en cantidades desbordantes. Las redes sociales son en su mayor parte relaciones súperazucaradas; cuesta encontrarlas de buena calidad. La cultura súperazucarada perjudica a la salud mental, destruye la cultura profunda y hace una sociedad insostenible, pero muchas ratas siguen paralizadas, dudando si aceptar el castigo o comer.

La parálisis histérica expresa la incapacidad de un sujeto para afrontar un conflicto. Es tal la duda e impotencia de la persona, que físicamente sufre una parálisis. No la causa voluntariamente ni la disimula, pero tampoco hay una causa corporal que la justifique. El propio cerebro para al individuo; es una afección de verdad. Con frecuencia la persona se ciega, ensordece, no puede hablar, entumece su sentido del tacto, los movimientos se ralentizan, tarda en responder. Pero incluso llega a paralizar de forma más radical la capacidad de andar, le impide sostenerse en pie o le paraliza todo el cuerpo dejándole detenido.

Una sociedad que no mira, oye, siente, carece de tacto, no reacciona ni responde, no se mueve e incluso parece totalmente paralizada, es la que nos encontramos ante hechos como la crisis de los refugiados, el avance del populismo, el regreso del capitalismo desregulado o la gran desvinculación comunitaria y familiar que sufrimos. En una parte obedece al síndrome del avestruz que esconde la cabeza para no mirar ni moverse. Pero en su mayor parte expresa esa sociedad de Miller y Dollard que está paralizada en la inacción, dudando si dejarse castigar o seguir consumiendo y consumiéndose.

Me contaban unos buenos amigos el caso de una mujer agobiada por un marido acosador del que no llegaba a decir separarse pese a que los hijos se lo pedían. Finalmente se quedó paralizada de todo el cuerpo, solamente podía mover los ojos, miraba desesperada de aquí para allá. La llevaron al hospital sin poder doblarle la cintura ni las piernas, absolutamente recta. Su marido lo gestionaba todo, la seguía teniendo presa y ella miraba desesperada sin poder decir ni decidir. Incapaz de afrontar el verdadero conflicto y la solución.

La parálisis histérica puede durar días o semanas. Se alivia parcialmente cuando se logra dar ánimos a la persona. Con frecuencia remite súbitamente de una manera espontánea.

Puede que Jesús se encontrara con un caso de parálisis histérica cuando le trajeron a aquel hombre yacente que hicieron descender en una camilla tras romper el techado de una casa. Aquel hombre no podía moverse pero aún sufría otro mal mayor, no podía perdonarse a sí mismo. Tras alcanzar el perdón, la parálisis remitió, pudo mirar de frente, tomar su camilla en sus propias manos y ponerse a andar de verdad. Discernir es hallar cuál el verdadero dilema donde se juegan las cosas.

A veces nuestras formas de sociedad se basan en que dejemos de consumir como ratas o que nos resignemos a aguantar sumisamente el castigo. Pero la única solución radical es romper las jaulas o romper los techos de cristal para llegar a Jesús. Como en la película de Buñuel, nos daremos cuenta de que no había puertas cerradas sino mentes paralizadas: la peor jaula es la tenemos dentro del corazón. ¿Cuál es la inflexión que hará que superemos la parálisis? ¿Quién es esa inflexión radical en nuestra vida?

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