Una revolución asombrosa

¿Qué era lo que hacía que ese restaurante fuera tan especial?
¿Sería esa música suave que sonaba de fondo, o lo cuidado y limpio que estaba…?
¿Sería la asombrosa amabilidad de los camareros o ese vino tan excelente?
¿O sería quizá esa deliciosa empanada cocinada por el mejor chef de la ciudad?

Había algo más distinto. Allí todas las personas trabajaban gratis de forma que la comida se servía gratis a cualquier persona que quisiera comer allí. Ese era el secreto de que todo saliera tan bien y de que hubiera colas de meses para comer allí.

Todo comenzó con un grupito de personas privilegiadas, que conscientes de que lo tenían todo y de que por mucho que trabajaran y se esforzaran era imposible tener más, decidieron trabajar gratis. Después de todo, pensaban, lo más grande que tenían lo habían recibido también gratis.

Como éso era todo tan loco e idealista, se consiguió atraer a personas también locas e idealistas. Era un misterio el porqué ese restaurante concentraba a las personas más encantadoras de la ciudad, que se ofrecían gustosa y voluntariamente como camareras. Nadie entendió por qué había licenciados y doctores ofreciéndose a dejar los baños perfectamente limpios, sin cobrar nada por ello. Nadie comprendía por qué había siempre gente dispuesta a cocinar gratuitamente o por qué los proveedores de vino, hortalizas, carne y postres reñían entre ellos con tal de que sus productos se ofrecieran en ese restaurante sin contraprestación alguna.

A los pocos días de abrirse, el restaurante fue noticia a nivel mundial. Al principio se tomó como algo original y pintoresco, pero al poco tiempo comenzó el sistema a reaccionar. Esto era peligroso, era un bombazo a la línea de flotación. Si el dinero dejara de ser útil, ¿para qué les serviría a los ricos toda su fortuna?

Los primeros en reaccionar fueron los restaurantes vecinos que protestaron diciendo que se quedaban sin clientes y que era ilegal ofrecer ese magnífico servicio gratis. Alegaban que se trataba de una estratagema para hacerles cerrar y que una vez que cerraran, ese restaurante gratuito comenzaría a poner un precio a sus productos, pero ya en régimen de monopolio.

Este argumento que utilizaron fue muy “astuto”, así que la cosa llegó a los tribunales. Algunos vecinos organizaron manifestaciones en defensa del restaurante y otros muchos, invadidos por el miedo, se manifestaron en contra de él. Pero mientras esto sucedía, nuevos restaurantes gratuitos comenzaron a aparecer como “champiñones” en esa ciudad y en todas las ciudades del mundo. Y no sólo restaurantes, también panaderías, ferreterías, taxistas y toda clase de industrias y servicios.

Así comenzó. Así fue cómo el “trabajo voluntario”, que hasta ese momento solo se había dado en el sector de las ONG y en el desarrollo del software libre, pasó a la economía general. Era el inicio del fin del dinero y de cualquier tipo de derecho sobre el trabajo de otros. La nueva manera de acceder a los productos y servicios era gratis, simplemente dando las gracias por ello.

La economía mundial se dividió en dos: una economía tradicional que funcionaba con dinero y otra alternativa que funcionaba sin dinero. No eran dos bloques con una división geográfica como en el pasado, sino dos bloques divididos por un salto cultural.

En todas las ciudades había de todo:

  1. –    Personas que trabajaban horas y horas en la economía alternativa de manera gratuita, en los trabajos más pesados, y prácticamente no consumían nada, ofreciendo así un gran superávit al sistema alternativo.
  2. –     Otras consumían gratis cantidades importantes de productos y servicios y, por distintas razones, casi no trabajaban, consumiendo así gran parte del superávit generado por los anteriores.
  3. –       Otras trabajaban por dinero en el sistema tradicional y consumían gratis en el sistema alternativo. Muchas de ellas, con el único objetivo de desestabilizar al sistema alternativo recién creado.
  4. –      Finalmente, había personas que no salían del sistema tradicional. Trabajaban por dinero y pagaban un precio por todo aquello que consumían. Necesitaban seguir pensando que aquello que consumían lo consumían porque se lo merecían, porque se lo habían trabajado y tenían derecho a ello. No les gustaba dar las gracias.

Pero algo mágico y misterioso hacía que lo gratuito creciera y creciera. Era como si los trabajadores del nuevo sistema fueran conscientes de que con su trabajo no solo servían a los que consumían sus productos sino que ponían los cimientos para un mundo nuevo. Esa enorme motivación de trabajar y trabajar permitía que el sistema fuera sostenible a pesar de las enormes dificultades iniciales que generaron los excesos de consumo de algunas personas.

El dinero tenía los días contados… la economía alternativa gratuita lo acabaría invadiendo todo.

Desde un punto de vista estrictamente económico, para mucha gente no supuso un gran cambio. Seguían trabajando en cosas muy parecidas a las que trabajaban antes y consumían los mismos productos y servicios que consumían antes. La única diferencia es que no trabajaban por dinero ni consumían pagando dinero, simplemente trabajaban y servían a otros y consumían para ellos.

Sin embargo, para los excluidos del sistema tradicional, esto fue como un milagro. Pudieron trabajar, educarse, sanarse, alimentarse y participar con alegría y orgullo en este nuevo mundo, sin duda mucho más humano e integrador que el anterior.

Pero esto no implicó necesariamente que todos fueran felices. La felicidad seguía dependiendo de cosas que nada tenían que ver con el sistema económico, sino que seguía dependiendo, casi en exclusiva, de la calidad de las relaciones personales. Los egoístas y soberbios estaban alegres por fuera pero seguían profundamente solos y vacíos por dentro, mientras que los altruistas y humildes siempre estaban rodeados de gente y con una profunda alegría interior.

Se había arreglado el sistema pero aún quedaba muuuucho por hacer.

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