Una remuneración justa para los pequeños agricultores

(c) Pablo Tosco / Oxtam Intermón

Por Gabriel Pons Cortès. Departamento de Cooperación Internacional. Oxfam Intermon

Que los pequeños agricultores reciban una remuneración justa por su precioso trabajo. ¿Cuáles son las opciones de que esta afirmación pueda hacerse realidad? ¿Es posible encontrar una solución a este problema? ¿Qué retos éticos y técnicos deberían contemplarse? ¿Cómo acotar y aplicar un precio justo?

La determinación de un precio justo para los pequeños agricultores es un complejo problema técnico de base ética. Aristóteles, Tomás de Aquino y muchos escolásticos ya hablaron de la especulación y de los intermediarios, con la principal conclusión de que es un problema moral difícil de solucionar.

Si existe un precio justo es materia de discusión desde hace siglos. Que sea un problema moral no significa que se pueda solucionar a través de la iniciativa pública. Decía Shakespeare que si hacer fuera tan fácil como saber qué hacer, las ermitas serían grandes templos y palacios de príncipe las cabañas del pobre.

Desde un punto de vista técnico, la determinación de un precio justo en agricultura es algo muy complejo. Los agricultores no tienen salario: viven de lo que venden. Y el precio de los productos varía enormemente porque la producción también varía. En cambio, lo que se consume es bastante constante: uno no come el doble porque la comida esté a mitad de precio.

Oxfam Intermon

No existe un precio justo que incorpore los costos de producción. El precio es una construcción social: la productividad de los más grandes es la que fija los precios. Las grandes explotaciones son más productivas que las pequeñas gracias a la mecanización. Si una granja tiene cien vacas y puede producir leche a 30 céntimos el litro, a un campesino con tres vacas ni este precio ni ningún otro le va a sacar de la pobreza. La primera conclusión es que, sobre todo, es la desigualdad en la propiedad de los medios de producción lo que más influye, no el precio.

Pero aunque existan agricultores que cuentan con suficientes medios para vivir, y que sus derechos son respetados (sobre todo porque no les robaran la tierra), incluso en este caso, sería posible no recibir buenos precios por razones que no dependen de la justicia: si hay excedentes los precios son bajos y sólo eliminando los excedentes –ay, eso implica ir contra la tradición de que la comida no se tira-, se consiguen subir los precios a su nivel remunerador. Esto es lo que está ocurriendo en los últimos años: estamos en un ciclo de precios bajos porque se ha producido demasiado.

En cambio, muchas situaciones vienen del abuso de poder y son evitables con regulaciones fundamentadas en una visión ética del problema. Los agricultores tienen poco poder de negociación porque con frecuencia están dispersos y desorganizados. Pero todo el mundo sabe lo difícil que es juzgar y reprimir por parte del gobierno el abuso de posición dominante en el mercado.

Habrá mejoras en los precios que dependerán de la buena voluntad de las empresas que compran la producción, o de lo presionadas por el público que se sientan para obligarlas a pagar buenos precios. Son acuerdos difíciles de vigilar, que funcionan raras veces y sólo en países ricos, y que ayudan a mitigar el problema de la desigualdad pero no a solucionan el problema técnico de los precios bajos por excedentes.

En mercados abiertos, las empresas siempre pueden elegir importar de donde sea más barato. Pero si propusiéramos como solución cerrar las fronteras –mala idea como se demostró durante la crisis de 2008-, siempre lo pagaría el campesino que quede al otro lado sin poder vender.

¿Qué hacer?

No son moralmente aceptables las soluciones técnicas sin fundamentación ética, ni viables las decisiones éticas ajenas a conocimientos técnicos.

Los Estados tienen que apoyar a aquellos pequeños productores que tengan posibilidades de producir más y mejor, de manera que quede compensado por las ayudas lo que no recibirán a través de un precio “justo” que no existe. Y para aquellos que no pueden seguir el paso de la productividad, hay que garantizarles un ingreso mínimo a través de la protección social que les garantice su derecho a una vida digna.

Aquí os dejamos el enlace al vídeo del Papa sobre esta intención:

http://thepopevideo.org/en/video/small-farmers.html


Fotografía; Victoria Romero, secretaria de la Asociación de Agricultores Oñondivepá, en Paraguay. (c) Pablo Tosco / Oxfam

1 Comentario

  1. Se plantea una cuestión fundamental. Efectivamente no hay soluciones fáciles. Sobre todo porque la alta rentabilidad de muchas empresas de sectores industriales y de servicios requiere precios bajos de los alimentos para sostener su rentabilidad. Si se elevase mucho el precio de los alimentos básicos las empresas tendrían que aumentar sus costes al tener que elevar salarios o si no lo hiciesen acabarían por producirse graves desequilibrios y conflictos sociales. Los pequeños y medianos agricultores, que suelen ser los que cultivan alimentos de más calidad y más respetuosos con el medio ambiente, están sometidos a una fuerte competencia por parte, principalmente, de los que más se benefician en sus respectivos mercados de la falta de competencia. La mayor productividad y rentabilidad de muchas empresas se apoya en la escasa competencia a la que están sometidas, a los efectos directos o indirectos sobre el medio ambiente que generan sus modos de producir y a la presión que son su poder de mercado ejercen sobre las pequeñas y medianas empresas y en particular sobre buena parte de los agricultores. Nos escandaliza que suba el precio de un alimento básico, pero somos capaces de comparar un coche, muchas veces poco necesario, cada pocos años, cuyo coste equivale al coste de los alimentos de varios años.

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