Una pesadilla inasumible

Es dantesco amanecer cada día en esa pesadilla inasumible en la que un loco misógeno, racista y LGTBfóbico gobierna el país que, hoy por hoy, sigue marcando el destino de mundo.

El pasado 9 de noviembre, cuando se nos atragantó el café con el anuncio de la victoria de Donald Trump, se empezó a mover en redes un cierto halo de crítica hacia el ‘activismo digital’ que cuestionaba su valía por el mero hecho de que Trump se convertía en el nuevo presidente de los Estados Unidos. La explosión del #ImWithHer, con miles de personas famosas apoyando, nos hacía sentir a Hillary Clinton ganadora y, desde el prisma de su estrategia digital, varias voces la daban como clara triunfadora. Además, que ganara Trump era un escenario distópico imposible.

Hay que tener en cuenta que, tras la explosión digital de las campañas de Barack Obama, con su cueva llena de freaks y geeks analizando métricas y tejiendo contenidos, las y los republicanos también han aprendido cómo generar campañas de activismo digital a su favor.

El activismo digital no solo es el que persigue la justicia social y busca dejar el mundo mejor de como lo encontramos. Ojalá. También es el que aboga por construir muros xenófobos o restringir los derechos de las mujeres. Precisamente por ello Trump contrató como director de campaña a Steve Bannon. Después de dirigir una web racista y machista famosa por sus campañas de acoso digital, asumió el reto de llevar al líder republicano a la Casa Blanca. Y, para desgracia del planeta, lo logró.

Las estrategias digitales de Hillary y Donald contenían tácticas similares y una fuerte apuesta por el análisis de las métricas que arrojaban las webs y las redes. Si atendemos al número de seguidores, Trump tiene cinco millones más de seguidores en Facebook y cuatro en twitter, aunque las seguidoras de Hillary Clinton presentan un mayor compromiso, son mucho más activas en redes y generan más interacciones que los de Trump.

Se parecen tanto las campañas que, en su recta final, el foco de ambas se ha centrado en la figura de Hillary Clinton, aunque unas para vanagloriarla y otros para abatirla. Los esfuerzos digitales de Trump en las últimas semanas se centraron en destruir los apoyos de Hillary en lugar de captar nuevos votantes. Tratar de disuadir un voto que parecía claro. Todo aderezado con el apoyo del Gobierno ruso, que filtró a Wikileaks unos documentos que expusieron públicamente las vergüenzas y desvergüenzas de la candidata.

Pero una de las razones fundamentales por las que Hillary Clinton no es la primera mujer presidenta de los Estados Unidos es que ella no ha ilusionado tanto como Obama. De hecho ha desilusionado. La piedra angular de las victorias de Obama no estaba tanto en su campaña digital, como en su estrategia de ‘organización para la acción’ asentada en el ejército de Obama, miles de personas dedicando su tiempo, su dinero y su energía a convencer a sus amigas y vecinos de lo importante que era ir a votar y hacerlo por Barack. Y propagaban el mensaje porque se lo creían, porque lo sentían, porque tener a Obama de presidente emocionaba.

La baja participación de la población estadounidense en cualquier cita electoral hace clave llegar a todas partes y entusiasmar a las y los votantes. Hillary no lo ha logrado y por ello no ha impulsado tanta movilización ciudadana. Todas nos preguntamos qué hubiera pasado si, en lugar de Hillary Clinton, la candidata hubiera sido Michelle Obama. Como en su día nos preguntamos cómo habría sido el resultado electoral con una Ada Colau al frente de Unidos Podemos.

Mientras seguimos llorando por la transición más abrupta de la historia democrática de Estados Unidos, tenemos cuatro años por delante para convencer a Michelle Obama de que dé un paso al frente, que nos llene de nuevo de ilusión, nos haga recuperar la esperanza y ponga fin a esta pesadilla.

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