Una ola de empatía que inundó el mundo

Cuando la fotógrafa turca Nilüfer Demir accionó su objetivo y pulsó el disparador en una playa de Bodrum, no sabía que la desgarradora imagen que tenía antes sus ojos provocaría un alud de emociones y acciones que hacía tiempo que no vivíamos. La instantánea de Aylan Kurdi, el niño sirio víctima mortal de nuestra inacción, se viralizó de tal manera que logró que una guerra ya olvidada como la de Siria volviera a ocupar las portadas de todos los medios, y que una ola de empatía inundara los corazones de todo el mundo.

Que hayamos tenido que esperar a una foto desgarradora para ponernos en marcha ante la barbarie dice mucho de la falta de valores de la sociedad en la que vivimos. Como bien dice Juan Ramón Lucas, “si tenemos que esperar a ver niños muertos para entender el dolor ajeno y ejercer la solidaridad es que nuestros valores andan a la deriva con muy poquita cimentación”. Pero también es cierto que hemos podido comprobar que cuando una fotografía como la de Aylan se hace viral, igualmente se viraliza la indignación que nos provoca.

Después de que 4 millones de sirios hayan abandonado su país para tratar de salvar su vida, y de que casi 3.000 inmigrantes, refugiados y refugiadas hayan muerto en el Mediterráneo en lo que va de año, ha tenido que llegar Aylan para colocar en la agenda europea la crisis de refugiados más grave que ha existido en nuestra historia, solo por detrás de la de la Segunda Guerra Mundial. Ni si quiera lo había conseguido Angelina Jolie, que presionó en abril a Naciones Unidas para hacer algo ante este drama.

Se dice que la imagen del cuerpo inerte de Aylan ha tenido el poder de generar una crisis en la Unión Europea, de hacer que la mayoría de sus países cambiaran radicalmente de actitud, de llenar nuestras ciudades y las redes de proclamas al grito de #RefugiadosBienvenidos o de conseguir que la ciudadanía empezara a organizar el alojamiento de las miles de personas que empezaban a llegar.

Sin embargo no es la fotografía per se la que ha provocado este cambio, sino la fuerza ciudadana que ha transformado la indignación y repulsa por la muerte de Aylan en acciones de presión y organización a través de las herramientas de Social Media. Una presión digital que ya no puede ser obviada por nuestros gobernantes, que les obliga a escuchar lo que desea y reclama su población.

A través de una página de Facebook, un 4% de la población islandesa exigía a su Gobierno la acogida de más refugiados, llevando a Sigmund David Gunnlaugsson a replantearse su decisión. Cameron también tuvo que coger el mensaje, después de que en tan solo 24 horas más de 200.000 personas hubieran firmado para exigirle que aceptara la cuota que le correspondía y diera la bienvenida a los refugiados. Esperemos que Mariano Rajoy sea capaz también de escuchar la presión en las redes, el idioma del siglo veintiuno.

Cada día mueren miles de niños como Aylan, pero no tenemos foto desgarradora que nos lo muestre, o no empatizamos tanto porque no se parece a nuestro hijo o hija. Necesitamos recuperar de manera urgente los valores que nos hacen ser humanos, indignarnos ante las injusticias, estén donde estén, y actuar para cambiar la realidad que nos rodea. Solo así podremos dormir tranquilas.

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Zinnia Quirós
Jurista y economista experta en campañas, cooperación al desarrollo, migraciones y género que ha trabajado con distintas organizaciones como CEAR, IECAH, Oxfam Intermón o Unicef. Firme entusiasta de la búsqueda de la justicia social, amante de las propuestas arriesgadas e innovadoras, las nuevas tecnologías y la revolución de las redes sociales. Actualmente es Responsable del Programa Doméstico en Oxfam Intermón.

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