¿Una noche redentora para Europa?

Ante la continua avalancha de tristes noticias –mejor dicho, de dramáticas realidades– sobre los refugiados que intentan llegar a Europa por todas las vías posibles, me invade un sentimiento de derrota.

Derrota por:

  • ·       El drama humano sufrido por tantas personas.
  • ·       Por el espectáculo de ver una clase político-burocrática negociando cuotas de reparto como si se tratara de negociar cuotas de reparto de, por ejemplo, basura radiactiva.
  • ·       Por la impotencia de las iglesias, que parecen más efectivas en los grandes pronunciamientos públicos que en la capacidad de movilizar a favor de los refugiados a sus supuestos millones de feligreses.

Y no sólo es sentimiento de derrota; es la confusión de estar en medio de una noche que no se sabe interpretar. No he encontrado mejor expresión de este sentimiento que la escrita por el poeta ‘realista’ (dicen unos) o ‘escéptico’, dicen otros, Joaquim Mª Bartrina (1850-1880):

Si miro al cielo en estas noches bellas

En que mi alma se eleva al infinito,

En caracteres mágicos de estrellas

Nunca el nombre de Dios sé ver escrito.

Creo que si a alguien Dios dejó encargado

Trazar algunos versos alusivos, no supo qué escribir, poco inspirado,

Y lo llenó de puntos suspensivos.[1]

Pero me resisto a quedarme en los «puntos suspensivos» y resuena en mi cabeza otro escrito, en este caso del sacerdote Carles Cardó (1884-1958), que veía en la noche una iluminación esperanzada y redentora:

La noche no es la oscuridad, como el vulgo se empeña en creer. Al retirarse la cortina de la luz solar, se opera en nosotros una gran liberación: los colores de la tierra se detienen, toda detonación cromática se apaga, y hasta el rumor de los vivientes se ahoga en el silencio ….  La tierra pierde toda su pujanza seductora, y si en esos momentos el hombre no acude a otras seducciones alumbradas por efímeras luces, puede recibir la revelación de la tiniebla transparente.

 Porque, por una divina paradoja, la tiniebla es transparente y la luz es opaca. De día, el manto de luz con el que el sol envuelve el hemisferio es muro impenetrable a las finas punzadas de las estrellas: es necesario que el manto se repliegue arrastrado por el sol en su caída, para que la transparencia de la tiniebla deje pasar, acariciando, los rayos estelares.

La noche es nuestra iluminación. Ella nos descubre otras luces y otros mundos, siempre viejos y siempre nuevos, que nos hablan del gran silencio sideral, desde el misterio de la más remota lejanía, reservándonos cada vez  más maravillas y más profundidades insondables y más mundos apenas percibidos en el fondo de la tiniebla clara.  Sin la gran revelación de la noche, nos creeríamos que la tierra es todo, que no hay más universo que este terruño que, en definitiva, es el sepulcro de todos los vivientes.[2]

CuadroQuizás la vieja Europa encuentre su redención en esta noche de masas de refugiados en sus puertas. Sólo hay una condición: «no acudir a otras seducciones alumbradas por efímeras luces», es decir, no echar mano de medidas de cara a la galería, sino de mirar de frente el drama que ya no puede negar. Pero quizás, como Pedro (como nosotros) ante el Jesús al que negó tres veces, estemos ahora ante quienes traen la redención a una Europa más preocupada por el equilibrio de sus intereses internos que por arriesgarlo todo por un simple sentido de lealtad a la simple e inapelable verdad del sufrimiento humano.

 



[1] Cirilo Ibáñez Alonso (Ed.), Poesía del realismo. Antología. Ediciones Orbis: Barcelona, 1985, pág. 276.

[2] Carles Cardó, La nit transparent. Barcelonesa d’edicions: Barcelona, 1989, págs. 7-8. Traducción de la cita por P. Zamora.

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