Una alarma envuelta en arte: Dunkerke

Una de las características del arte auténtico es su capacidad de innovación ilimitada. Esto que precisamente falta de modo escandaloso en la música popular contemporánea y aun muchas veces en la llamada música culta; eso que hace tediosas demasiadas exposiciones de pintura y escultura actuales y que aburre de tal modo en la novelística orientada con descaro a que el escritor gane su vida con ella; esto mismo que nos cansa en el urbanismo mediocre, que hace indiferenciables las ciudades de las más alejadas regiones del mundo… Desde luego, también esa plaga que nos expulsa de las salas de cine y nos duerme en los sillones de casa ante la pantalla del televisor.

Todo se repite con ínfulas de originalidad. La vulgaridad de una parte considerable de la vida cotidiana se imita y aún se rebaja y se vulgariza más en las pretendidas artes para las masas. Vamos a morir todos ahogados en estupidez y en repeticiones malvadas de intentos de divertirnos un poco. Hasta los ensayos filosóficos producidos en serie tienen que tener la misma estructura todos y pasarse la mitad de su texto anunciándonos con orden estupendo lo que van a irnos diciendo en la otra mitad -una segunda mitad que suele defraudarnos, y no solo porque nos haya sido ya referida torpe y no argumentadamente en la primera-. En fin, no insistiré más, pese a la natural contaminación de todo esto que también yo sufro, desde luego.

Pues bien, atrévanse a ir al cine aún una vez más. No a Spiderman 14, Cars 27, La jungla de cristal 11, Harry Potter 321… Vean la última película de Nolan -uno de los tres o cuatro directores vivos que merecen sin duda la pena, junto a Yimou o Eastwood, por ejemplo-. Verán algunos aspectos de un acontecimiento famoso de la Segunda Guerra Mundial, pero no exactamente una batalla, sino un esfuerzo dramático por sobrevivir y por salvar a quienes quieran aún sobrevivir. Verán morir, verán suicidios, verán cobardías criminales; no verán sangre ni caras de enemigos. No hay derrota ni victoria, sino que el triunfo es seguir viviendo, pero no a toda costa sino con sentido. Y como hay en esta misma intención de fondo algo de verdad original y originaria, actual y primitiva, verán imágenes que nunca antes vieron y escucharán algo semejante al rumor de la sangre en nuestros cuerpos, pero como nunca antes lo oyeron dentro de ustedes.

Creo que caben dos errores básicos en la acogida de esta obra de arte. El primero es suponer que se trata de una diatriba apasionada contra la guerra, contra toda forma de guerra. Naturalmente que las personas a las que sigue la cámara con más insistencia suelen ser chicos muy jóvenes que no nos parece que aspiren más que a salvar su pellejo; pero hay otros para los que acudir al espanto de la guerra a ayudar a vivir es saltar a un nivel superior de su existencia, que justifica cuanto ha habido de gris en ella, incluso si la empresa termina en lo que por fuera se diría que es un completo fracaso. Hay en mitad de los naufragios, entre torpedos e incendios, heroísmo que también acabará sacrificado. Cuando la violencia se ha impuesto ya, el ser humano se encuentra en una encrucijada para su libertad, y no solo está moralmente determinado a huir -a huir del mal-.

El segundo error es no pensar que quien justo ahora da al público esta asombrosa película tiene con ello una honda intención política. ¿A qué viene evocar en este momento precisamente el copo de los ejércitos aliados en las playas de Dunkerke, la misteriosa contención de los alemanes no aniquilando a aquella muchedumbre y la reacción de la gente corriente de los puertos ingleses del Canal de la Mancha? Es inaceptable suponer que sencillamente Nolan ha querido lucirse a través de un tema que, vaya usted a saber por qué, le permitía explayar su talento mejor que en las obras anteriores -entre las que destaca, por cierto, la sorpresa de El caballero oscuro, o sea, Batman 5 o 6-. Si así ocurriera, todo el sentido de Dunkerke se vendría abajo y la experiencia que nos proporciona no llegaría ni siquiera a la condición de cosquilleo estético.

Nolan no llama a ninguna nueva cruzada, evidentemente. O sí, pero a la única que tiene valor y realidad: al cultivo del coraje personal, de la virtud cardinal entre las cardinales que es la valentía; a la experiencia ética de la confrontación con la alteridad del otro ser humano; a no perder nunca el hilo de oro del sentido hondo de la vida individual, que tiene la dificultad añadida -la inmensa dificultad- de hallarse sumido en la historia de una sociedad concreta, que se halla en red con todas las demás que hoy pueblan la Tierra.

Cuando oigo contar a mi hija, que vive en los arrabales de París, cómo sus vecinos no van ya a la gran ciudad maravillosa por miedo a que el terrorismo los alcance, entiendo mejor el arte de Nolan.

Los grandes buques los echa a pique el enemigo; los barquitos escapan de los torpedos.

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1 Comentario

  1. Un detalle más o menos literal (es spoiler, pero creo que no importa mucho): en una de las pequeñas embarcaciones que va al rescate, el hijo del patrón se dirige a los soldados que acaban de rescatar y habla del amigo que los ha acompañado: “Tened cuidado”. “Pero si está muerto”. “”Pues por eso; tened cuidado”. A partir de aquí, el llanto se desborda de pura maravilla ante este milagro de (dura/pura) belleza y empatía que se te clava en lo más hondo, y ahí perdura.

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