Un poco de teología política

“Allahu akbar”. El grito es tremendo y, para los que somos creyentes, muy hiriente. Lo podemos mantener en árabe o pasarlo al castellano: “Dios es el más grande”. Aunque nos cueste, hay que reconocer que es más correcto eso que traducir sólo a medias, “Allah es el más grande”. No vamos a caer en el error totalitario de Malasia, que quiere impedir a los cristianos referirse a Dios con ese nombre. En todo caso, los terroristas yihadistas usan el nombre de Dios en vano. Dicen, sí, que Dios es grande. Pero olvidan otros nombres de Dios, como Ar-Rahman (el más misericordioso), Ar-Raheem (el más compasivo) o As-Salam (la fuente de paz). ¿No es necesaria una auténtica teología política ya mismo?

No han sido las únicas palabras que, en estos días, mezclan política con religión. Hemos leído, por ejemplo, unas supuestas declaraciones de Vladimir Putin en las que afirmaba: “A Dios le toca perdonar, a mí me corresponde mandarlos a Dios”. Aunque se ha mostrado que son declaraciones falsas, lo curioso es que sí resultan creíbles. La laica Francia se ha visto sorprendida por la espontánea campaña #PrayForParis, que luego se amplió a orar por todo el mundo, incluyendo a las víctimas del terrorismo y la violencia en otras partes del globo. Pero el hecho es que da la impresión de que Francia sigue sin saber cómo relacionarse con la religión en el espacio público. Y quizá ese es parte del problema: se intenta privatizar a la fuerza una potente realidad humana… y ésta reaparece por otro lado, de otro modo. También Angela Merkel se ha referido a la religión en estos días, para subrayar que los atentados terroristas son una invitación a volver al evangelio de Jesús de Nazaret. En el mes de octubre, Merkel reivindicó «el valor de ser cristianos, saber fomentar el diálogo [con los musulmanes], volver a la iglesia, sumergirse de nuevo en la Biblia».

No en vano Merkel es hija de un pastor protestante y dirigente de la CDU, la Unión Cristiano Demócrata (CDU en sus siglas alemanas). La democracia cristiana ha quedado fuera del mapa político español contemporáneo, quizá con una presencia residual en Cataluña y, aún menor, en el País Vasco. Pero es un ejemplo que ayuda a reflexionar sobre las relaciones entre religión y Estado, entre fe y política.  No porque los cristianos seamos más listos o mejores que otras personas, sino simplemente porque la historia nos ha llevado a elaborar una práctica y un discurso más matizado, más complejo y más equilibrado. Uno que reconoce el pluralismo eclesial (no hay una única opción cristiana) y el pluralismo social (no se puede imponer nuestra visión a todos).

Una cosa es la voluntad de estar presente en el debate público, desde las propias creencias y convicciones (religiosas o del tipo que sean), e intentar contribuir así a mejorar la sociedad. Eso hacen los demócratacristianos y también los islamistas. Y también otro grupos sociales o políticos: socialdemócratas, anarquistas, trostkistas, liberales, conservadores, comunistas, nacionalistas, feministas, ecologistas… Eso es legítimo y enriquece la convivencia y la deliberación pública.

Pero otra cosa, muy distinta, es la voluntad de imponer las propias ideas en el espacio público, expulsando a los demás del mismo. Eso han pretendido los “guerrilleros de Cristo Rey” o los yihadistas del DAESH o de Al-Quaeda. Y también los nazis, los estalinistas, ETA y todos los grupos totalitarios. En su tanto, también, ciertas formas de laicismo impositivo que intentan recluir lo religioso a la sacristía, casi como si las personas religiosas fuesen ciudadanos de segunda categoría. Vamos, que una cosa es proponer y otra es imponer.

Hablando de Cristo Rey (cuya fiesta celebramos el domingo 22 de noviembre), conviene recordar que, según los evangelios,  Jesús es proclamado y reconocido como Rey precisamente en la Cruz. El suyo, pues, es el Reino de la noviolencia, del servicio radical a los excluidos del sistema, del amor gratuito e incondicional que abraza a toda la Humanidad. En la Cruz, se revela que Dios es el más grande… porque se hace el más pequeño. Ahí empieza toda una teología política.

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