Un Medio que lo es todo

Por Paz Olivares Calvo. Bióloga.

Cuando mis hermanos y yo éramos pequeños, íbamos a pasar la tarde a casa de unos amigos de mis padres. Tenían un bonito jardín y recuerdo las tardes de comienzo de verano en las que, sin buscarlas si quiera, según oscurecía, iban apareciendo las luces de las luciérnagas. Era a la vez un espectáculo habitual, natural, sencillo y maravilloso. Luciérnagas, un animal que es capaz de emitir luz. ¿Te has parado a pensar lo maravilloso que eso es? Insectos de pocos centímetros que… ¡generan luz! Hace unos meses me encontré de nuevo con nuestros amigos y recordamos los veranos juntos en el pirineo, las partidas de cartas, las excursiones. Les pregunté por su casa, los almendros y el jardín. Y al preguntarles por las luciérnagas su respuesta fue sencilla: Ya no hay.

Esa respuesta tan rotunda no me produjo ningún malestar, seguramente porque de alguna manera la esperaba. Mi profesión me tiene al día de esta y otras muchas situaciones similares. Días más tarde, cuando me propusieron escribir este artículo con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente, al pensar qué quería transmitir, fue cuando la respuesta que me dieron los amigos de siempre empezó a tener el peso de toda su contundencia. Ya no hay. 

Y eso es lo que os quiero contar: Vivimos en un planeta maravilloso. Todos necesitamos tres cosas imprescindibles para poder vivir: agua, aire y alimento. Cuando nacemos, estos tres elementos ya están aquí, esperándonos, dándonos la posibilidad de vivir. Si somos afortunados, nacemos y vivimos en algún lugar donde están a nuestro alcance. Y la tierra no solo nos proporciona lo imprescindible para vivir, sino que nos da mucho más. De ella obtenemos las materias primas y la energía necesaria para el desarrollo técnico y tecnológico al que hemos llegado. Nos da tanto que incluso nos hace sentir. No conozco a nadie que al disfrutar de un bonito paisaje, una caminata por la montaña, un baño en la playa, un paseo a orillas de un río no se sienta reconfortado, alegre y algo maravillado.

La especie humana se diferencia del resto, entre otras cosas, porque en vez de adaptarse al medio en el que vive es capaz de modificar su entorno para vivir mejor en él. Y este hecho que comenzó al plantar las primeras semillas hace miles de años, seguimos haciéndolo ahora a una velocidad vertiginosa desde hace doscientos años. Y como todos sabemos, esta manera de vivir tiene consecuencias. Ese “ya no hay” se puede aplicar a un montón de seres vivos. Y con seguridad dentro de poco ya habrán desaparecido otros miles. Las aguas, los mares y el aire estarán más sucios.

Esas consecuencias han llenado de palabras y conceptos nuevos las noticias: contaminación, cambio climático, especies en peligro de extinción, calentamiento global, pérdida de biodiversidad, lluvia ácida, deforestación, desertización… Son tantos, y van acompañados de imágenes tan desoladoras, que a veces nos desgasta el solo hecho de pensar en ellos. Nos vemos incapaces de ser David ante Goliat.

A la vez, también han llegado a nuestra vida otras palabras cargadas de color: los prefijos bio y eco, las palabras verde, sostenible, eficiencia energética, energía limpia, etc., cuyo mal uso ha tergiversado tanto su verdadero significado que han devaluado su real contenido antes de que la sociedad lo fuera conociendo. ¿Cómo puede ser “inteligente” y energéticamente eficiente un edificio de cristales al que no se le pueden abrir las ventanas y necesita una ventilación artificial que consume mucha energía? Y ya tenemos otro motivo que nos desalienta. La falta de confianza en las supuestas buenas intenciones.

A mi edad, la que creo -y espero- que sea solo la mitad de mi vida, voy entendiendo la transcendencia real de la madurez. Y una parte de esta consiste en conocer y en saber elegir. Sabemos que nuestras decisones tienen repercusiones en otros y por esto, elegimos las pequeñas acciones y las palabras adecuadas a cada momento. Con veinte años, las decisiones son “caiga quien caiga”. Con el doble de años, eliges ser cuidosa con aquellos que te rodean para hacerles el menor daño posible.

Igual que la madurez es una cualidad que admiro en las personas, aspiro a que entre todos logremos alcanzar una sociedad madura, y que por tanto tenga conciencia de la relación hombre-desarrollo-medio ambiente y elija a base de pequeños, y también de grandes gestos, la alternativa menos dañina para los que nos rodean y para el medio en el que vivimos. Para que las afirmaciones “ya no hay” dejen de ser la respuesta. No os desalentéis antes de tiempo, somos muchas las personas que nos dedicamos al cuidado del medio ambiente que estamos dispuestas a contribuir, enseñar, divulgar, diseñar, proyectar todo lo que se nos demande.

Miro hacia otros continentes y otros países, lugares rebosantes de vida, de agua limpia, de naturaleza salvaje, y veo que están a tiempo. Tengo esperanza. Ojalá nos miren y vean lo que no deben hacer y elijan otra alternativa, la que los países hoy más desarrollados no tuvimos opción porque no la conocíamos. Muchos técnicos estamos preparados para ella. Para esa otra manera de hacer las cosas. Y para demostrar su viabilidad económica.

Ahora que, después de miles de años de existencia, por fin hemos conseguido alcanzar a las plantas y obtenemos, como ellas, energía a través del sol, puede que haya llegado el momento de hacer las cosas de otra manera. Os aseguro que es posible, nos hará mejores personas y sociedades, viviremos en un entorno más saludable, nuestra propia porquería no nos cercará y los que vengan después de nosotros, lo agradecerán.

Para acabar, os dejo con el lema de este año con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente: “Siete mil millones de sueños. Un solo planeta. Consume con moderación”. Por favor, dedícale unos segundos a pensarlo. Muchas gracias por tu atención y tu reflexión.

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