Por Jean-Marc Balhan. Jesuita e islamólogo. Reside en Ankara (Turquía) desde 2001.

Las relaciones entre “turcos” y “europeos”, históricamente, nunca fueron simples. En tiempos recientes, por más que a los europeos les haya gustado ir a Turquía a pasar sus vacaciones (antes de que la región se inflamara), nunca han estado dispuestos a reconocer a sus habitantes como verdaderos alter ego. Si lo que solía pretextarse era más bien la diferencia religiosa, la razón que ahora prima es el creciente autoritarismo de su presidente. Hasta tal punto, que después del golpe militar del 15 de julio, que dejó 250 muertos y el parlamento bombardeado, bastantes europeos casi se lamentaban de que no hubiera tenido éxito, prefiriendo enfatizar la feroz represión que le siguió. Eso no ha sido muy apreciado en un país que se siente malquerido y donde abundan las teorías de la conspiración. De modo que la autoridad moral de Europa ha sufrido un golpe.

Para comprender lo que pasa hoy en Turquía, es preciso tener en cuenta la historia del país y la antropología de sus gentes. Después del atentado con coche bomba de marzo de 2016, perpetrado en el centro de Ankara por disidentes curdos del PKK, el periodista Mustafa Akyol escribía que el círculo vicioso del combate entre fuerzas violentas y radicales con un Estado arrogante y autoritario es una película que Turquía ve cómo se reproduce cada década, solo que con actores distintos. Este círculo vicioso -añade- continuará “hasta que un día nos demos cuenta de que no hay ‘fuerzas del mal’ en el seno de nuestra nación, sino más bien un cierto grado de mal en cada uno de nosotros”. Reconocer eso es uno de los grandes retos de este país.

Turquía es uno de los países del mundo donde hay menos confianza entre las personas, dividido entre grupos que se desprecian, tienen miedo unos de otros, hablan sobre los otros, pero nunca con los otros, ya sean kemalistas “laicos”, sunníes piadosos, alevíes de izquierdas, curdos o armenios. Más aún, la sociedad en su conjunto (familia, escuela, partidos…) es conservadora (patriarcal, autoritaria, jerarquizada e imbuida de una ética del honor). Casi no existe el sentido de llegar a un acuerdo en el que hayan cedido las partes, y como atestiguan numerosos diplomáticos destinados en Ankara, “los turcos no saben negociar”.

No les ayuda un Estado del que no se fían apenas, el cual, cuando se ve puesto en cuestión, manipula las divisiones existentes, reaviva los miedos del complot interior o exterior (cosa que, de momento, hace muy bien), y repolariza la sociedad para alcanzar sus fines. Puesto que el Estado turco, esté en manos de quien esté, se propone dirigir la sociedad en todos sus aspectos, de manera piramidal. De ahí que el Estado sea objeto de deseo para los diferentes grupos que forman la sociedad turca. Todos los medios valen para hacerse con él o para tener influencia: el golpe de los militares, la infiltración de los gülenistas (lo cual es real) o las elecciones: nos encontramos en el régimen de “la ley del más fuerte”. El régimen político actual en Turquía se denomina “democracia mayoritaria”. Para bien y para mal, es una “mayoría” la que ahora tiene el poder en Turquía y lo hace sentir a los demás.

Turquía es un país joven, que no llega aún al siglo, nacido y construido en la violencia. ¿Querríamos ahora que Turquía sea una democracia pluralista cuando esta violencia aún atormenta a cada quién? Por más que, desde el comienzo, Turquía haya caminado “dos pasos adelante, un paso atrás”, no ha dejado de progresar. Los avances más recientes se sitúan a comienzos de los años 2000, cuando se vio bascular el poder lentamente entre las manos de nuevas élites políticas, económicas y culturales y de un segmento de la población hasta entonces despreciado por las élites del momento, con la ayuda de reformas acometidas en el marco de las negociaciones con la UE. Pero, con la ralentización de dichas reformas, los obstáculos sentidos por otros grupos, las evoluciones geopolíticas de la región y la personalidad el actual presidente, el poder establecido se ha radicalizado llevando hasta el extremo la ley del péndulo, aplastando a los demás, puesto que más vale aplastar a los demás que dejarse aplastar.

La solución no se encontrará sino en un proceso de verdadero diálogo entre todos los componentes del país y con un nuevo contrato social. Pero, para eso es preciso que cada cual deje de tener miedo del otro buscando su propia seguridad a expensas del otro. Para lo cual, sería muy deseable un apoyo exterior imparcial. El proceso de integración en la UE habría podido servir de catalizador, pero para ello hubiera hecho falta que los países europeos superaran sus propios miedos y se comprometieran verdaderamente con el pueblo turco. Cosa que, desgraciadamente, no pasará mañana.

Nota: artículo publicado simultáneamente en la revista Europe-Infos. Traducción del original francés: Josep Buades, SJ