Por Claudio Zonta, SJ

Muchas personas viajan a Roma por su historia, por el encanto de sus gentes, por las ruinas…  pero en la misma ciudad de Roma existe otra realidad que no todos llegan a conocer. En el centro de la ciudad, detrás de la Iglesia del Gesú, precisamente en las salas del sotano, entre el Palacio Grazioli, uno de los más importantes edificios del siglo XVI, y el Altar de la Patria hay un comedor para refugiados. Cada día casi 400 jóvenes, hombres y mujeres con niños, hacen cola para poder comer una comida, a veces bajo el sol, a veces bajo la lluvia. En la misma calle se puede encontrar gente de diferentes nacionalidades: Afganistán, Kurdistán, Marruecos, Somalia, Eritrea, Senegal, Bangladesh, Sudán, Mali, Costa de Marfil, Siria…

Así, andando por la ciudad, entre las ruinas de la antigua Roma, los edificios aristocráticos del Renacimiento y las iglesias barrocas, se encuentra esta pequeña calle en la que se reúne casi un mundo entero: un mundo en el que hay conflictos armados, injusticias, persecuciones, violencia, falta de libertad política, religiosa y social. En esta pequeña calle, pavimentada con los célebres sanpietrini, típica pavimentación de la ciudad de Roma, se encuentra el terrible resultado de las numerosas guerras que se están combatiendo en el mundo de hoy. La comida empieza a las 2 y acaba a las 4.30, y se sirven platos que no contienen carne de cerdo para respetar la alimentación de numerosos musulmanes. En el sótano de la iglesia no solo está el comedor, sino que la gente puede conseguir algunos días asistencia médica, unas medicinas genéricas, o recibir correo, ducharse y otros pequeños servicios. Aquí los refugiados pueden encontrar información sobre los servicios que la ciudad de Roma ofrece: cómo pedir la documentación para el reconocimiento de la condición de refugiados, dónde se puede dormir, dónde hay un equipo de futbol o una escuela de italiano. A veces, a través de la escuela de italiano, se organizan visitas guiadas, al Coliseo, en la “via dei Fori”, a las “Terme di Caracalla”, o al “Circo Massimo”. Por esta razón no es difícil encontrar grupos de jóvenes africanos que contemplan con estupor y alegría la belleza de Roma, al lado de grupos de chinos, estadounidenses o europeos. La visita al Coliseo siempre suscita mucho interés. La grandeza de las piedras con las que se ha construido este Anfiteatro que tiene 50m de altura, casi 200m de largo, no puede dejar indiferentes a los visitantes. Y mucho más cuando se empieza a explicar la historia de este monumento, cómo se hacían los espectáculos con los gladiadores, que con espadas y escudos luchaban contra leones, tigres o entre ellos. La historia nos dice que solo en los primeros cien días de inauguración (durante el imperio de Tito, en el 80 d.C.) se mataron 5000 fieras.

Estas visitas guiadas ayudan a entrar en una cultura distinta, a conocer un poco más la ciudad, a sentirse un poco menos solos, a no ver solamente centros de acogida, comedores, o la estación central de los trenes donde los refugiados suelen pasar mucho tiempo, esperando poder empezar a vivir como todos. Además es muy importante que sientan la oportunidad de darse cuenta de que la vida puede empezar de nuevo, que pueden tener la esperanza de encontrar trabajo para vivir y tener una familia, que pueden estar en una ciudad donde no hay guerras y se respetan los derechos fundamentales, que son el éxito de una larga historia.