El Trumpismo es el populismo disruptivo de los más ricos en el Estado para enriquecerse más. Es decir, el Trumpismo es el populismo que rompe el establishment y los códigos de respeto público, para entregar los medios del Estado a otra élite alternativa de ricos poderosos cuyo fin es enriquecerse aún más.

Se abre un nuevo ciclo político del mundo. Sucedió en tiempos anteriores, como a finales de los años 1970s.

  • Entonces, estábamos inmersos en una crisis económica internacional. Como ahora.
  • La geopolítica en el próximo y medio Oriente había dado un salto por la revolución iraní. En estos años el Daesh (ISIS) también lo ha hecho.
  • Reino Unido había girado su política por la elección de Thatcher. Ahora Reino Unido lo ha hecho con el Brexit.
  • Y poco después fue elegido Reagan. Ahora han puesto Estados Unidos en manos de Trump.

No estoy afirmando que estemos ante una repetición de los años 1970s porque muchas otras cosas son hoy distintas. Pero sí que probablemente nos hallamos ante un giro de dimensiones similares a lo que supuso aquella época.

¿Y qué es lo que va a pasar? Es difícil hacer pronósticos cuando alguien tan impredecible como Trump toma el timón de la nave, pero podemos esbozar dos rasgos del futuro Trumpista.

  1. La inmigración puesta en el centro del debate público

La inmigración se ha convertido en el centro del debate político. Ya sabemos que la inmigración no es una fuente de problemas sino principalmente una solución a problemas demográficos y productivos de los países. Y además es uno motor básico para que los países y ciudades de internacionalicen. Pero, a falta de otro relato creíble, el populismo de derechas ha logrado convertir la inmigración en el problema central.

Y lo ha logrado porque lo cierto es que la gran mayoría nativa blanca se siente abandonada. Frustrada por un sistema económico que actúa sin responsabilidad y por un sistema político que no tiene voluntad de hacer cambios cualitativos. Y la gente siente esto de una forma intensa y todos los signos que ve refuerzan esa dirección. Han visto cómo las comunidades vecinales se deshilachan, las familias se debilitan y sus posiciones laborales se hacen más precarias. En las últimas décadas se han inyectado litros de riesgo en sus vidas y venas. No encuentran cauces por los que esté fluyendo el caudal cambios que ellos necesitan.

Por otro lado, el discurso político de las izquierdas y derechas convencionales se dedican al menudeo. Para diferenciarse ponen el acento en las micropolíticas, generalmente asociadas a alguna minoría. Y eso radicaliza la sensación de que la mayoría de la gente no cuenta.

La migración tiene costes sociales, claro que sí: millones de personas entran en puestos muy precarios del mercado laboral y tienen que vivir en situaciones de alta vulnerabilidad. Abren nuevos barrios para residir en viviendas más que discretas, ocupan casas que nadie quiere, crean espacios de exclusión social. Y quienes conviven con ellos no son los mismos que les emplean. Los nativos de los barrios perciben que se inflan grandes bolsas de pobreza a su alrededor y eso crea una profunda depresión frente al futuro. Es más, la inmigración vulnerable es un espejo en el que el sujeto se ve y percibe su propia penalidad frente a la que cada vez está menos protegido.

Cuando expresan su malestar, estos nativos reciben un rechazo frontal sobre todo de la sociedad que no vive en esos barrios: les llaman xenófobos, racistas, ultras y la gente se calla. No les es fácil hallar un cauce por el que explicarse y canalizar ese malestar. Calla una, dos y tres veces hasta que llega un momento en que dice bien alto, ¿y qué? Se resiente contra los extranjeros pero también contra mujeres o minorías étnicas de su propio país (afroamericanos, indios, chicanos…) que han visto progresar en términos relativos más que ellos.

El Trumpismo ofrece egoísmo intolerante. Por supuesto que todos sus votantes saben que la Presidencia hará a Trump inmensamente más rico de lo que ya era. Pero eso es lo que quieren permitirse muchos de sus votantes: hacerse más ricos que las minorías con las que conviven.

Los votantes de Trump han pasado mucho miedo ante los grandes poderosos y ricos. Ahora les devuelven el miedo. Trump es querer apagar un incendio con una bomba. Ahora les toca a muchos poderosos pasar miedo, piensan y votan. Los votantes sienten que tengan poco que perder. Trump es la elitización del miedo; es la socialización del miedo hacia arriba.

La inmigración fue el tema del Brexit, es el tema de la ultraderecha en toda Europa y ha sido clave en la victoria de Trump. ¿Cuándo actuaremos como si esto fuera cierto?

  1. Política extrema

En segundo lugar, el mundo se extremará. Frente al Trumpismo surgirán movimientos pendulares en la dirección contraria. El Trumpismo creará movimientos de igual fuerza en todo el planeta. Ahora, todos tienen licencia para extremarse. Lo que no va a aumentar es el número de personas centradas, que militen en la moderación y la razonabilidad. No es tiempo para discernimientos sofisticados ni ponderación. No es tiempo de prudentes.

Porque la prudencia no emociona sino que templa. No habla al corazón exaltado sino que quiere apaciguarlo. La figura de Trump lo justificará todo para quienes sólo esperaban una excusa para extremarse. Lamentablemente, ahora ya se podrá satanizar a Estados Unidos –y Occidente- sin límite. Trump ofrece a cara descubierta todas las razones para la extensión del odio: él lo convoca con aspavientos. Ya decíamos que la victoria de Trump era el mayor deseo de los enemigos de América.

¿Y qué va a hacer Europa y nuestro país frente al Trumpismo? No me refiero a la política internacional: por supuesto que las instituciones y las relaciones entre pueblos están por encima de sus dirigentes. No se trata de volver a sentarse cuando pase la bandera de Estados Unido. No: el Trumpismo tenderá a extenderse como nuevo paradigma político y tiene en Reino Unido, Europa y el mundo árabe terreno abonado para ello.

La alternativa al Trumpismo no es enredarse aún más en el ovillo burocrático de Bruselas ni hacer como si no pasara nada en las cortes europeas. Es necesario liderar cambios profundos con fuerza y visibilidad, que la gente más común los sienta intensamente y haga suyo un relato de progreso. Si no ofrecemos cambios sistémicos a la gente, podemos esperar que el elefante del Trumpismo entre en nuestras naciones.

Para eso es urgente que haya liderazgos internacionales y, especialmente, en Europa. Y es urgente volver a recuperar la voz europeísta como un relato que dé confianza, esperanza e identidad a la ciudadanía. Esta Europa sin corazón ni rosto ni voz es insostenible en un mundo Trumpista. Si no lo hicieron por pena ante los millones de personas con vidas empobrecidas por la crisis, las élites asentadas en las democracias europeas deberían hacerlo al menos por miedo.

Un efecto directo es que se va a forjar una nueva alianza mundial antiTrump. El mundo al que llega Trump no es el mundo al que llegó Reagan. Es un orden mundial multipolar de países emergentes y en el que China tiene comprada gran parte de la deuda estadounidense. No es lo mismo. Mi pronóstico es que lejos de fortalecer a USA, Trump va a hacer emerger con mucha fuerza los foros multilaterales y va a dar mucha motivación a la opinión pública mundial para autoorganizarse. Tras desaparecer un tirano las organizaciones se lamentan irónicamente de que contra el tirano estaban más unidas, “contra Tal vivíamos mejor”: tenían más afiliados, movilizaban masas, todo se activaba más fácilmente y había mucho mayor interés público y mediático. Bueno, pues ahora puede ser la sensación de mucha gente: “contra Trump vivimos mejor”.

Se abre un ciclo para recrear la democracia y el Estado de Bienestar, los partidos y los grandes proyectos civilizatorios. Es posible hacerlo. Si no, el Trumpismo no tiene límites y muchos comenzarán a echar de menos un Trump en su barrio. Quizás tomarnos en serio a Trump sea el modo más rápido de tomarnos en serio a nosotros mismos.