Tránsito sin salida

A Europa llegan y preocupan las noticias de quienes se acercan a sus orillas y a sus fronteras. Pero, ¿qué hay de los tránsitos migratorios más allá de nuestras fronteras, más allá de lo que nos toca directamente?, ¿qué pasa aquí en África? ¿qué ocurre con quienes inician su tránsito y ni siquiera logran acercarse a la costa norte africana para cruzar el mar?

De esto nos llegan menos noticias pero son muchísimas las personas que emprenden el viaje en algún lugar de África o Asia huyendo de los conflictos y/o de la pobreza y que nunca llegan a cruzar el Mediterráneo, ni siquiera asomarse. Viajan a países vecinos con la esperanza de que sean una etapa más en el camino, enfrentándose a la dura realidad de que esos países, lejos de ser de tránsito se convierten en lugar de destino.

Egipto es sólo uno más de la larga lista de países que a menudo se convierte en ese dilatado tránsito que nunca acaba.

En términos de inmigración, Egipto acoge a un limitado flujo de personas migrantes trabajadoras pero a un número en aumento de personas refugiadas y en búsqueda de asilo procedentes principalmente de Siria, Sudán, Sur Sudán, Siria, Irak, Somalia, Eritrea, Etiopía, Palestina.[1]

Además, después de estallar la situación en Libia en 2011, comenzó también el flujo hacia Egipto a través de la frontera de Salloum incluyendo ciudadanos libios, egipcios retornados, así como nacionales de terceros países y refugiados que habían sido enviados a Libia.

Con más de noventa millones de habitantes, Egipto es el más poblado de los países árabes. En un país inmerso en una grave crisis económica, sofocado por el desempleo y la superpoblación, la población migrante y refugiada es vista con recelo y en la mayoría de los casos invisibilizada. Además, las barreras estructurales a servicios como salud, educación, vivienda y empleo, obligan a las personas refugiadas y migrantes a vivir al margen de la sociedad como en un limbo que pareciera no existir…, pero que de hecho existe y va en aumento.

Por otro lado, las cuotas de reasentamiento se han reducido y los sueños de una vida en un tercer país disminuyen, por lo que los refugiados y migrantes se enfrentan a la realidad de que Egipto no será una etapa más en su camino sino su lugar de destino.

La familia de Shawell conoce bien la experiencia de este tránsito dilatado que ha terminado por convertirse en un callejón sin salida.

Procedentes de Sur Sudán, llegaron a El Cairo en 1999. Llegaron su madre, su padre, y los siete hermanos (tres niñas y cuatro niños). En El Cairo efectivamente encontraron un lugar más estable, alejado de la violencia y los conflictos que amenazaban su día a día en Sur Sudán.

Sin embargo, siendo extranjeros, sin documentación, -añadido a el alto nivel de racismo que experimenta la comunidad sudanesa en Egipto- y con la falta de oportunidades económicas en el país, se les sumaron demasiados obstáculos y les resultó imposible encontrar un medio de subsistencia en Egipto. Con miedo a exponer de nuevo a toda la familia a la insostenible situación de violencia de la que huyeron, tuvieron que tomar la dura decisión de que el padre retornara para buscar en su país de nuevo un trabajo con el que poder hacer envíos de dinero a la familia en El Cairo.

Así, mantendría a la familia a salvo del conflicto a la vez que conseguirían un medio de subsistencia. Como no era suficiente, unos años después se unió el hermano mayor, y entre el salario de ambos logran que la familia sobreviva hasta ahora.

Después de diecisiete años, la madre y seis hermanos siguen viviendo en El Cairo y sin poder acceder a un trabajo, se mantienen gracias a los envíos de dinero que les llega de su padre y el hermano mayor les envían desde su país.

Al no contar con la documentación de refugio, o residencia, los hijos no tienen acceso al sistema educativo egipcio. Por suerte, fueron admitidos en una de las escuelas que los Padres Combonianos tienen en El Cairo. Una escuela al margen del sistema educativo oficial pero que es a día de hoy un espacio seguro donde crecer, aprender y donde ubicarse en esta supuesta situación de tránsito que probablemente no encuentre otros refugios.

Inicialmente fui a visitarles a su casa porque una de las religiosas que la escuela nos había dicho que uno de los hermanos, -Shawell- necesitaba apoyo médico del proyecto de la ONG, porque se quedó sin visión y ahora sufre fuertes dolores de cabeza. Una vez en su casa, tuvimos la oportunidad de hablar largo y tendido con cada uno de los miembros de la familia y pudimos descubrir que cada uno y cada una de ellas sufre en su cuerpo las huellas de este tránsito que les ha desprovisto de sus derechos fundamentales, entre ellos, el básico de acceso a la sanidad.

En el próximo post, continuaré narrando la historia de esta familia a la que bien merece la pena acercarse para entender este callejón sin salida en el que se encuentran tantas personas que viendo abortado su sueño de cruzar a Europa, tampoco pueden volver a sus países.

[1] Las últimos datos recogidos por UNCHR señalaban que había un total de 187,753 solicitantes de asilo y refugiados registrados: 131,892 sirios, 34.407 sudaneses 7.184 somalíes, 7.126 iraquíes, 6.278 etíopes, 4.038 de Sudán del sur, 3.536 eritreos, 1.117 Nigerianos, 464 Yemenís. Sin embargo, hay que destacar la dificultad para recoger dichas cifras en el país, por lo que se estiman bastante más bajas de la realidad.

*Francoise De Bel-Air; Migration Profile: Egypt

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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