La transformación digital es un proceso que no afecta únicamente a las empresas y organizaciones sino a las formas más básicas de acción personal, interacción social y transformación cultural. Hasta ahora se había planteado como un factor de cambio que facilita o agiliza la vida de las organizaciones porque la tecnología digital optimiza los sistemas de producción, organización y administración. Sin embargo detrás de la tecnología digital emerge un cambio radical en el mundo laboral, es decir, formas radicalmente nuevas de entender todas las actividades humanas, incluidas las ocupaciones, los empleos, las profesiones y, sobre todo, el trabajo humano.

Aunque algunos lo entienden en términos instrumentales como una evolución y cambio en las herramientas, la transformación digital afecta a fines, valores y personas. De la misma forma que nadie puede negar que la mecanización en los sistemas de producción supuso una revolución en las relaciones laborales, tampoco podemos negar que la digitalización de sistemas, procesos y productos está cambiando la forma de concebir el trabajo. En este sentido, la transformación digital puede plantearse en términos únicamente instrumentales como un desafío laboral o sindical porque se reducen los puestos de trabajo y las máquinas terminan sustituyendo a las personas.

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En el ámbito de los servicios y la administración pública nadie hecha de menos las largas colas que antes se hacían para entregar los impresos y colocar las famosas pólizas. Todavía siguen existiendo ciudadanos que cuando acceden a la administración electrónica y cumplimentan sus impresos desean la voz de alguien con un teléfono que funcione las 24 horas al día 365 días al año, anhelan el rostro de alguien que les atienda personalmente en una ventanilla o recuerdan románticamente las ojeras de alguien que con paciencia maquiavélica pueda evocarles la famosa máxima Larra: “vuelva usted mañana”.

Esta nostalgia de voces, rostros y miradas sólo se manifiesta cuando entendemos la transformación digital en términos instrumentales. Si la entendiéramos en términos estructurales nos daríamos cuenta que debe plantearse en términos experienciales, antropológicos y éticos. No es suficiente plantearla como un desafío tecnológico, debemos plantearla como un desafío cultural, es decir, estamos asistiendo a un desafío que debe plantearse desde las personas y no desde las herramientas, desde el núcleo de las funciones en las que somos analizados y no desde la periferia conductual. El principio y fundamento de nuestros roles como usuarios, clientes, pacientes, usuarios, residentes o ciudadanos está en la persona.

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Además de las grandes consultoras, los observatorios de las tecnologías de la información advierten que los cambios que se están produciendo en las relaciones laborales son imparables. Quienes crean que la transformación digital consiste en tomar posiciones en las redes sociales o desarrollar el comercio electrónico están equivocados. Aunque las organizaciones están respondiendo a perfiles de nuevos consumidores, el problema está en el nuevo mundo de estos “nuevos consumidores” que también sienten, entienden e imaginan de maneras nuevas y diferentes.

Además de los cambios en las formas de negocio tienen que cambiar las formas de plantear el trabajo, la ocupación, el empleo y la profesión. El carácter de las personas y las relaciones humanas tienen que ser repensados con otros términos y categorías. Hacen falta nuevas narrativas y nuevos relatos para repensar los vínculos humanos. La digitalización puede reforzar las tendencias a la atomización y el individualismo, pero también puede ser una oportunidad para fortalecer, crear y establecer nuevos vínculos humanos.

corrosión del caracterTenemos una oportunidad de oro para evitar el habitual concepto defensivo de comunidad y repensar los vínculos humanos en términos de responsabilidad, solidaridad y carácter. El desafío de la transformación digital a las relaciones laborales está relacionado la necesidad de seguir pensando la interdependencia, la confianza y, sobre todo, la necesidad de fortalecer relatos, narrativas y tradiciones morales donde los seres humanos no nos avergoncemos de sentirnos vulnerables y dependientes. Estos desafíos del nuevo capitalismo no pueden pasar por alto a Richard Sennett cuando terminó La corrosión del carácter con estas palabras: “…un régimen que no proporciona a los seres humanos ninguna razón profunda para cuidarse entre sí no puede preservar por mucho tiempo su legitimidad”.