“El negrito del batey” es un merengue de Alberto Beltrán, que puedes oir en internet. Comienza con unos versos con los que introducimos este post:

A mí me llaman el negrito del batey
porque el trabajo para mí es un enemigo.
El trabajar yo se lo dejo todo al buey
porque el trabajo lo hizo Dios como castigo.

Nuestros bueyes, valga el update, son las máquinas. En un post reciente Juan Fernández de la Cueva nos alertó contra el determinismo tecnológico en materia laboral. En un cierto sentido estoy de acuerdo con él; en otro no tanto. Me gustaría aquí recontar cómo veo la cosa en unos flashes:

  1. El crecimiento tecnológico permite cada vez más sustituir trabajadores con máquinas suficientemente inteligentes para hacer las mismas tareas, para las que pronto son más baratos, más fiables y más eficientes que las personas (“robots” en el sentido en que dice Juan Fernández, que puede inducir la confusión de pensar en “humanoides”). Esto no es ciencia ficción, sino algo en marcha desde hace algunas décadas.
  2. Es posible y de hecho ocurre en cada vez más sectores, que el número de empleos disponibles disminuya al mismo tiempo que aumenta la producción, conforme más de esta sea realizada por máquinas y menos por personas. A tecnología constante, más producción requiere más trabajo; pero ahora la tecnología se desarrolla tan deprisa que eso ha dejado de ser verdad salvo en los plazos cortos. El input Trabajo de muchas funciones de producción pierde peso frente al input Capital, que incluye las máquinas.
  3. El intento de “competir” precarizando el trabajo, es vano, porque antes o después las mejoras tecnológicas producirán máquinas con ventajas económicas sobre los trabajadores más precarios. Tampoco puede pensarse en un desplazamiento de la fuerza laboral a nichos donde las máquinas no puedan entrar, porque de nuevo la mejora tecnológica reducirá esos nichos; y en todo caso, la capacidad de las máquinas de destruir empleos no será compensada con la apertura de nuevos nichos.
  4. En principio, sin embargo (y ahí nuestro merengue inicial) un mundo en que las máquinas hagan el grueso de la producción, y las personas puedan disfrutar de ella para desarrollar cualquiera de los demás aspectos de la existencia (creativo, lúdico, relacional, contemplativo…) no tiene por qué ser una mala noticia. De hecho, la idea de que lo esencial humano se realiza en el trabajo, es relativamente reciente (del siglo XIX). Antes, cualquier pensador y cualquier clérigo nos diría que lo esencial humano se desarrolla en la contemplación. Si el trabajo lo hace el buey, el negrito del batey puede dedicarse a las demás cosas que dice en el resto del merengue.
  5. Pero si la producción se hace cada vez con más Capital y con menos Trabajo, es necesario un esquema de propiedad muy distinto al actual para evitar el desastre social, y para que el desarrollo tecnológico despliegue sus potencialidades humanizadoras.

Dos elementos clave de la dinámica actual son:

  1. La parte del Trabajo en la creación de valor disminuye y la del Capital aumenta. En consecuencia, cada vez más valor es apropiado por los dueños del Capital y cada vez menos por los proveedores de Trabajo.
  2. Como estos últimos deben comprar para que el sistema siga rodando (es una sociedad de consumo), pero cada vez ganan proporcionalmente menos, se endeudan para adquirir. ¿De quién toman el dinero prestado y a quién pagan intereses? A los mismos dueños del Capital. Estos ganan entonces por los dos capítulos: la producción y el consumo. Por eso la “financiarización” de la economía: el Capital es ahora lo decisivo para mantenerla en marcha.

Los dueños de Capital y los proveedores de Trabajo no necesitan ser distintas personas. Pero quienes sean, van a apropiarse cada vez más valor en tanto dueños del Capital y cada vez menos valor en tanto proveedores de Trabajo. Así que una distribución de la propiedad donde haya muchos proveedores de Trabajo sin acceso a apropiarse de la riqueza creada por el Capital casi por sí solo, será una distribución de gran desigualdad social e inestabilidad política.

Entonces, el gran desafío de nuestro tiempo no es, en mi opinión, detener el progreso tecnológico para salvar al Trabajo, sino revisar los esquemas efectivos de propiedad del Capital, para facilitar a todos el acceso a la riqueza producida cada vez más con máquinas.

Una idea posible (cooperativas, economía social, etc.) es difundir la propiedad del Capital entre los trabajadores. Otra idea (ingreso ciudadano, pago de Seguridad Social por los robots, etc.) consiste en pechar con fuertes impuestos y/o contribuciones al Capital que no cree empleo, para financiar a quienes tienen fundamentalmente su Trabajo para vivir, pero encuentran cada vez más difícil venderlo.

A diferencia de las dos anteriores, una tercera idea ya ha demostrado ser catastrófica: estatalizar el capital. Pienso que no conviene insistir más en ella, sino explorar los otros dos caminos.


Imagen: panoramio.com/photo/12432287