Noticia: Metro de Madrid eliminará el 1 de abril la figura de los taquilleros. Con el anuncio de su marcha desaparece otra profesión más por culpa de lo que algunos llaman “el azote de la tecnología”. Nueva advertencia a los trabajadores.

¿Tan mala es? Pues no, claro. La tecnología no es mala; se desarrolla para “facilitarnos la vida”. No hay nada nuevo en ello. Vivimos la mecanización de procesos desde la revolución industrial, hace ya más de doscientos años.

Pero este siglo XXI está acelerando los cambios. Hasta tal punto que ni podemos hacernos idea de qué forma de vida definirá nuestras comunidades de aquí a cinco años. Yo desisto ya de hacer vaticinios certeros.

Ahora nos resulta impensable y ni recordamos cómo vivir sin la invasión tecnológica en todos los ámbitos. Para comprar, para diagnosticar nuestras enfermedades, para viajar, para ver una película –perdón, que no se llevan; una serie- o para trabajar. En todos los casos lo digital, como aplicación tecnológica más innovadora, está transformando el modus operandi.

Muchos trabajos van a desaparecer, no sólo el de taquillero. Y otros nuevos aparecerán, también lo sabemos. Ya estamos preparando a las nuevas generaciones de profesionales para ello, para afrontar nuevos retos. Entenderemos que les tocará orientar sus carreras hacia esas nuevas profesiones vinculadas a la digitalización.

Pero, ¿y qué va a suceder en medio de este movimiento pendular? ¿Cómo va a ser esa dolorosa transición? ¿Cómo lo van a sufrir quienes se apeen de un carro y aún no estén preparados para subir al siguiente? ¿Qué papel tienen aquí las empresas? ¿Pueden facilitar la reconversión?

Cuando la organización no puede asegurar la recolocación de sus trabajadores, no es culpa de sus empleados. O al menos, no sólo. ¿No debiera el empleador replantearse qué pasaría si todos tratáramos a los demás como un objeto de usar y tirar? ¿No debiera la empresa haber ido adecuando las competencias de su gente? Si a la empresa le pilla esta revolución con el pie cambiado, ¿no debe asumir su responsabilidad y no poner todo el peso de las consecuencias en parte de su plantilla –o en toda–, despidiendo a los trabajadores? ¿Quién ha de pagar la factura de esta miopía o falta de cintura?

Evidentemente, la empresa tiene la opción de desentenderse de estos profesionales de los que ya ha podido obtener todo cuanto necesitaba. Las habrá, y muchas, que simplemente despidan a antiguos empleados y no se preocupen por cómo éstos puedan readaptarse. Esos, para quienes  creen que “no es mi problema”, esperamos que no tengan que enfrentarse a una situación similar. Esos, que en lugar de innovar pensando en transformar lo que tienen, tiran por la borda el esfuerzo y compran lo más nuevo, que se pregunten: ¿es eso Sostenibilidad?

Otros, de quienes nos sentiremos orgullosos, entenderán que es su responsabilidad preparar con tiempo a sus empleados, formarles y reconvertirles hacia nuevas posiciones dentro de la organización. Puestos que precisarán una transición y profesionales que deberán ser re-formados para asegurar un óptimo resultado. Parece, por la noticia que comentamos, que es el caso de Metro.

La responsabilidad de empresarios y directivos es inmensa ante este desafío de la tecnificación del trabajo. No debieran lavarse las manos y abandonar a su suerte a quienes tienen mayores dificultades de reconversión. La administración pública, de nuevo, absorberá parte del coste, con prejubilaciones y prestaciones por desempleo. Pero si no se puede articular ningún mecanismo desde la legalidad para forzar a la alta dirección a asumir su responsabilidad, sólo nos queda una: apelar, de nuevo, a la ética.

Pronto desaparecerán no solo los taquilleros, también los maquinistas  –noticia-. La tecnología nos lleva a ello. Pero no podemos permitir que les arrolle la vorágine de la digitalización; habrá que propiciar que se puedan subir al tren… tecnológico. Como a todos los trabajadores.

 

Imagen: www.vivireltren.es