Todo se juega en la percepción

Hay que pararse para ver. Foto de la autora.

Sigo a vueltas con Pablo D´Ors, deteniéndome ahora en alguno de los mensajes de “Biografía del silencio”, mientras me siguen llegando recomendaciones de este libro suyo. Es como si el propio libro me enviara mensajes para que siga a su lado. Y aquí a mi lado lo tengo. Nos estamos conociendo un poco más, viendo si podemos ser amigos.

La última recomendación que he visto es de Carlos del Valle, en pastoralsj.org y, sorprendentemente para mí, conecta al libro directamente con la Pascua. Una señal de que es buen compañero para esta etapa en la que, como él mismo dice, “todo se juega en la percepción“.

Su enseñanza es que “cuanto más se medita, mayor es la capacidad de percepción (…). Se deja de vivir embotado, que es como suelen transcurrir nuestros días. La mirada se limpia y se comienza a ver el verdadero color de las cosas. El oído se afina hasta límites insospechados, y empiezas a escuchar -y en esto no hay ni un gramo de poesía- el verdadero sonido del mundo.

Todo se juega en la percepción que nos aleja de las propias quimeras, la percepción de lo real, lo concreto y lo presente, la que se abre a la sorpresa y desemboca en el asombro y en la compasión. Más aún si el camino te obliga a dejar atrás paisajes conocidos, certidumbres aprendidas, cómodas seguridades. Porque cuesta mucho no mirar atrás y no ver si quiera el mundo nuevo que tienes delante.

Cuesta elaborar la pérdida, no alojarse en ciertas sensaciones (percepciones distorsionadas tantas veces): sensación de injusticia, de fracaso, de miedo, de incertidumbre de no saber qué va a pasar o qué hacer con lo que has ido guardando en la maleta. Y todo esto nos causa una tremenda desazón, porque lamentablemente, todos solemos estar demasiado enamorados del drama” y “buena parte de lo que vivimos es puramente ilusorio.

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Lo hablaba hace poco con mi amiga Piedad, cuánto daño nos hace seguir sumidas en nuestras ensoñaciones, tantos mundos idealizados que nos defraudan sin medida, porque “su esencia, es precisamente la decepción“, porque nos apartan de lo real, que es lo único que cuenta. Y resulta que “para vivir en la realidad, debemos demoler los sueños que nos han encarcelado“. Quizá aquello que creíamos más puro y auténtico, sólo era un prejuicio que no nos dejaba vivir.

Voy descubriendo que tengo mucho que desaprender si quiero pegarme a la vida y percibirla en todos sus matices, también en todo su dolor, en todo su misterio. Es la mejor opción porque “la realidad nunca defrauda, somos nosotros los que huimos de ella“. Por eso “todo se juega en la percepción”, en lo que logremos captar de todo lo que nos rodea, en que nada (ni nadie) nos sea ajeno y podamos recibir lo que la vida ha inventado para nosotros, y luego, eso sí, dárselo a los otros“. ¿Que otra cosa puede tener más sentido?

 

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