Desde que escuché hace algo más de una semana al ministro del Interior, Jorge Fernández-Díaz, decir en el programa televisivo “Salvados” que “El buenismo, en este punto (se refería a la inmigración), tiene su límite”, me ando preguntando si el buenismo tiene cabida en la política.

Unos días antes, en Telecinco, Fernández-Díaz decía a raíz del enfrentamiento que tuvo con la Iglesia tras haber publicado la Conferencia Episcopal a finales de 2014 un comunicado donde pedía la retirada de la reforma que legaliza las ‘devoluciones en caliente’, que entiende que “la Iglesia ponga el acento en la misericordia y el aspecto humanitario, pero no puedo aceptar que parezca que los demás no tenemos sensibilidad con los Derechos Humanos”.

Dándole vueltas a esto me venía a la cabeza una y otra vez esa lectura de la realidad que proponían Ignacio Ellacuría y Jon Sobrino. Ellacuría hablaba de hacerse cargo de la realidad (dimensión intelectiva), cargar con la realidad (dimensión ética) y encargarse de la realidad (dimensión práctica). Jon Sobrino añadió, más por intuición y experiencia que por reflexión teórica, dejarse cargar por la realidad (dimensión de Gracia)[1]

Para mí, ese dejarse cargar por la realidad, el dejarse tocar y transformar por ella de Sobrino, es clave, es lo que yo llamaría opción preferencial por la vulnerabilidad. Es algo que se nos regala.

Pero si realmente optamos y queremos que se nos regale, tendremos que empezar por ponernos a tiro, ponernos en actitud de búsqueda, de apertura, pero sobre todo una buena dosis de humildad, de dejarse hacer y dejar de controlar. Después de ahí, si se te regala que esa experiencia, esa persona, esa historia vivida, esa imagen te transforme de una manera tan brutal que sientas todo tu mundo moverse y desmoronarse para volver a construirse sobre la base más sólida posible, la de la vulnerabilidad que te conecta con el dolor del otro, entonces, seguramente, llegues al buenismo, y posiblemente sin retorno.

Lo que intento explicar es que el buenismo de Cáritas, del Servicio Jesuita a Migrantes, de Monseñor Agrelo, de José Palazón (PRODEIN) o las vedrunas en las fronteras de Ceuta y Melilla, nace no sólo porque han tocado y tocan la realidad, sino porque sobre todo se les ha regalado el dejarse tocar por ella.

Hasta aquí puede que todos de acuerdo. La pregunta que me planteo es si el buenismo tiene lugar en la política y en nuestras leyes, o si eso se queda para las ONG, Iglesia o plataformas ciudadanas. Me pregunto si es buenismo que FRONTEX rescate a inmigrantes, personas que navegan a la deriva en el Mediterráneo, o es humanidad; me pregunto si las concertinas de nuestras vallas son malismo o es justicia; o si es buenismo defender el derecho a la salud de inmigrantes, ciudadanos, residentes en situación administrativa irregular.

La investigadora Brené Brown decía en un Ted titulado “el poder de la vulnerabilidad” que para insensibilizarnos una de las cosas que hacemos es convertir lo incierto en cierto, y así no hay nada que conversar ni que dialogar. ¿Ciertos los datos de empleo, de tarjetas sanitarias o de becas que estos días dieron nuestros políticos en el debate del estado de la nación? ¿Los de Rajoy o los de Sánchez? Como no hay diálogo, se entregan a la acusación al otro y así eliminan toda culpa o incomodidad.

En este mundo de estadísticas, encuestas y datos parece que los rostros y las historias no son suficientemente sólidos ni válidos. Para mí que sí lo son, hago mías las palabras de Brown, las “historias son datos con alma”.


[1] SOBRINO, Jon “Fuera de los pobres no hay salvación”. Editorial Trotta.