Tiempos de contaminación digital

Esta semana he contemplado tres escenas inspiradoras. En la primera de ellas, una familia numerosa estaba en el césped próximo a la piscina utilizando infinidad de artefactos tecnológicos. El padre había sustituido la novela veraniega por el e-Book, la madre rastreaba las ofertas de privalia o gruopon en su iPad y los cuatro hijos tenían cada uno su correspondiente teléfono móvil con el que, probablemente, estaban conversando entre ellos a través de la red. No se inmutaban por el caloret epidérmico, cada uno disfrutaba de su artefacto cómodamente porque la canícula veraniega no afecta al wi-fi de la piscina.

La segunda tuvo lugar unas horas más tarde cuando observaba una pandilla de 6 adolescentes en chanclas, toalla en ristre y hormonas en modo de siesta. Habían hecho un corrillo en la piscina y mantenían interesantes conversaciones todas ellas por Whatsapp. Las únicas palabras que conseguí oír después de varias horas de amenas conversaciones entre ellos fueron, “¿Me lo envías?”, “Ya me ha llegado”, “Tengo poca batería”, “Me ha sacado del grupo”… Aquí por lo menos había una amena conversación entre semejantes que había desaparecido en la anterior escena familiar. Nadie le prestaba atención a los contrastes de azules que se percibían cuando se levantaba la mirada hacia la costa, nadie se preocupaba por el nivel de cloro y la temperatura del agua, nadie era capaz de agradecer al jardinero el cuidado con el que mantenía el césped, nadie se sorprendía por la caras que los bebés de escasos meses tenían al ser bañados por primera vez fuera de la micro-bañera de su casa.

Es probable que algunos expertos en las nuevas pedagogías digitales, algunos blogueros analfabetos y los advenedizos especialistas en el aprendizaje de las Flipped classroom (vuelve tu clase del revés) justifiquen ambas escenas como ejemplos de entrenamiento y prácticas para adquirir las competencias digitales que necesitamos en la era digital. No creo que la adquisición de competencias digitales y, sobre todo, el adiestramiento en las mismas dependa del embrutecimiento comunicativo, del ensimismamiento tecnológico y de la falta de la más mínima sensibilidad neuronal para discernir entre actividades, espacios y ambientes.

A esta omnipresencia de los medios del mundo digital en todas nuestras vidas se refería recientemente el Papa Francisco en la reciente encíclica sobre el cuidado de la casa común. Deberíamos preguntarnos si el uso de estos artefactos durante el tiempo de verano y las vacaciones nos ayudan a vivir sabiamente, a pensar en profundidad y amar con generosidad. Aunque en la encíclica se refiera al “ruido dispersivo de la información”, también podríamos calificarlo de contaminación digital. Aunque aún no esté diagnosticada o catalogada en la carta de servicios de las compañías de seguros, esta contaminación digital puede ser enfermiza y tóxica. Esta omnipresencia y abuso del mundo digital puede llegar a ser tóxica y generar lo que ya se llama “infoxicación”. 

Este párrafo en el que Francisco plantea la omnipresencia del mundo digital está lleno de sugerencias interesantes y nos invita a promover un nuevo desarrollo cultural esforzándonos para que no se deterioren las profundas riquezas que hemos adquirido. Cuando el mundo digital dificulta la reflexión, el diálogo y el encuentro generoso con los otros puede llegar a producirse una especie de contaminación mental. Además, y esto es lo más grave en la reflexión de Francisco, “tienden a reemplazarse las relaciones reales con los demás, con todos los desafíos que implican, por un tipo de comunicación mediada por internet. Esto permite seleccionar o eliminar las relaciones según nuestro arbitrio, y así suele generarse un nuevo tipo de emociones artificiales, que tienen que ver más con dispositivos y pantallas que con las personas y la naturaleza.”

Los excesos de ruido y la omnipresencia o saturación cognitiva que genera la cultura digital cambiará progresivamente las categorías antropológicas con las que debemos interpretarnos. Además de las emociones artificiales aparecerán sentimientos artificiales, pasiones artificiales, gustos artificiales y temperamentos artificiales. De manera progresiva nuestras categorías más básicas romperán sus raíces con el mundo físico y natural para ser abducidas por el mundo virtual y artificial. Con ello, es probable que sea educativamente complejo lidiar con la negatividad de la experiencia, es decir, con las resistencias que la vida, los otros o nuestro propio cuerpo nos plantean.

 La tercera escena estaba protagonizada, en la misma piscina, por un matrimonio de jubilados. La señora leía con pausada fruición la edición de bolsillo que San Pablo ha preparado de la encíclica de Francisco. Buscaba el minúsculo lápiz de Ikea que todos llevamos en el bolsillo porque quería subrayar unas líneas del texto que estaba leyendo. Cuando dejó el libro en la tumbona descubrí lo subrayado: “Los medios actuales… a veces también nos impiden tomar contacto directo con la angustia, con el temblor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal. Por eso no debería llamar la atención que, junto con la abrumadora oferta de estos productos, se desarrolle una profunda y melancólica insatisfacción en las relaciones interpersonales, o un dañino aislamiento.”

Twitter: @adomingom

http://marineroet.blogspot.com

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